La crisis económica y financiera que sacude sobre todo el denominado mundo occidental propicia, es lógico, reflexiones y consideraciones acerca del futuro. Por un lado, desde la constatación de lo que ha fracasado y, desde otro, planteando nuevas doctrinas o construcciones intelectuales desde las que vislumbrar un mundo mejor. Unos solicitan un mercado más regulado, otros piensan que es menester una vuelta al Estado. Y, como suele acontecer, hay quienes ofrecen nuevos esquemas desde posiciones de síntesis, desde perspectivas de integración. Es lo que viene haciendo, desde no hace mucho, un profesor de economía austríaco, Christian Felber, con su Economía del bien común (EBC).
En efecto,  desde la EBC se plantea que en los balances de las empresas, además de los elementos cuantitativos, se midan también determinados parámetros como el comercio justo, la incidencia del trabajo infantil, la protección del medio ambiente o la cooperación con la investigación universitaria. Las empresas que promuevan estos valores serían premiadas con incentivos fiscales y con  la concesión de créditos a intereses más reducidos.
En este contexto, también se debería medir factores relacionados con los valores constitucionales como la solidaridad, la transparencia o la participación. Las puntuaciones se obtendrían con la aportación de trabajadores, clientes, proveedores y accionistas. Es decir, se trata de que tales índices se puedan confeccionar contando con la presencia de todos quienes forman parte de algún modo de la vida de la empresa.
La EBC trabaja en el marco de la empresa tradicional del sistema de mercado. Por supuesto, pero de un mercado en el que los balances financieros que realizan las empresas ahora deben estar fundados en la producción real, no en un capital que se multiplica por sí solo como ocurre en la economía globalizada anónima (Felber). Es decir, el concepto de sociedad anónima que maximiza el beneficio en el menor plazo de tiempo posible empieza a ser criticado, como también la idea del lucro como ganancia obtenido sin ninguna contraprestación.
Felber plantea, además, que la población en general, a través de referéndums, tenga participación en determinadas decisiones capitales como puede ser la relativa al salario mínimo y al máximo. Busca sustituir la idea del afán de lucro por la contribución al bien común. Por una gran razón, buscando el bien de todos y de cada uno se alcanza el bien general. Y, como se sabe, cuándo un empresario discurre por derroteros de este estilo todos ganan más. El propio empresario, los trabajadores, proveedores, clientes, todos los que hacen cada día la empresa.
Según Felber, la EBC no es un proyecto social aislado. Es un proyecto que se enmarca en cambios y transformaciones también de orden político que afectan a la democracia en el interior de  los partidos políticos, a la separación de los poderes o al reconocimiento de los derechos fundamentales de las personas.  En los primeros dos años de vida de esta iniciativa ya se han sumado 935 empresas de más de doce países. Poco a poco, se trata de hacer posible que a través de referéndums la economía pueda enlazar de verdad con los valores constitucionales. Si de verdad tal iniciativa sirve para democratizar la democracia y desmercantilizar el mercado, sea bienvenida.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es