Una de las expresiones que más molestan al pensamiento único de este tiempo es la de dictadura del relativismo, idea acuñada tiempo atrás por Joseph Ratzinger para caracterizar una de los perfiles de la modernidad en la que nos ha tocado vivir. La democracia, ciertamente, es el mejor de los sistemas de gobierno inventados hasta ahora. Se trata, como señalara acertadamente  Friedrich, de un sistema de vida en el que existen una serie de valores que prevalecen a las mayorías. Tocqueville lo describió magistralmente al analizar la democracia en América cuándo sentenció que, en efecto, las mayorías tenían un límite: la justicia. Los límites son bastantes claros: la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales, hoy fuertemente pisoteados, sobre todo los de los débiles y de los carentes de defensa por la sencilla razón de que el relativismo imperante ha traído consigo el dominio de los fuertes, de los que tienen el poder y el dinero.
 
En efecto, si la mayoría no tuviera límites se podría justificar, sin más problemas, algunas de las más execrables y abyectas prácticas del nacional-socialismo de Alemania o, incluso, por qué no, la esclavitud. Hoy, guste más, guste menos o no guste nada, los sistemas ideológicos que, como siempre, tratan de dominar y controlar la vida social, vuelven a la carga con la cantinela del dominio de los procedimientos, de la absolutización de las formas, desposeyendo de todo valor a los contenidos a los mismos valores. Un conocido dirigente de la izquierda radical  sin rubor en un prólogo reciente  que los principios, que la lógica no es inherente a la deliberación en el espacio público.
 
Pues bien, el relativismo, del que existen muchas modalidades y variaciones, sea contextual, reconstructivo o teológico, plantea, desde la perspectiva cultural, que todo vale igual, que no hay diferencias. Es más, llega a postularse una especie de multiculturalismo axiológico en cuya virtud se asume como postulado, efectivamente, que todo es igual: tal o cuál práctica cultural, por venir de una determinada cultura,  debe respetarse, importando menos si esa costumbre lesiona o no, por ejemplo, los derechos humanos. ¿Es qué se puede justificar que el hombre pegue a la mujer?. ¿Es ética, por ejemplo, la ablación de clítoris en las mujeres?.
 
Estas y otras preguntas que podrían hacerse nos sitúan, se quiera o no, en el mundo de los límites. Por mucha teoría pura del Derecho kelseniana que se destile, la mayoría tiene límites. Quizás, por eso, Rorty, por ejemplo, admitiendo como categoría que la mayoría es la fuente del Derecho terminó por asumir, bajo el rango de las intuiciones, que podría haber algunas limitaciones. Se refería, por ejemplo, a la esclavitud. El problema es que si no sentamos con claridad  esos límites infranqueables, acabarán siendo fijados al albur de las mayorías, y si la éstas deciden cualquier barbaridad, del género que sean, entonces, cómo son la fuente del poder, adelante con los faroles porque, santa palabra, lo ha determinado la mayoría, más bien, la representación de la mayoría.
 
Ciertamente, casi todo es relativo. En la mayoría de las cuestiones de la vida social y política es posible encontrar diversas soluciones, seguramente todas ellas razonables y bien fundadas. Ahora bien, cuándo están en juego los derechos fundamentales de la persona o la dignidad del ser humano, los poderes públicos han de ser conscientes de que su función no es sólo respetarlos sino promoverlos y protegerlos.
 
Sin embargo,  cuándo el poder actúa sin límites la arbitrariedad está servida. Justo lo que ocurre con frecuencia en el tiempo presente entre nosotros.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.