La editorial  Página indómita acaba de publicar un nuevo libro de Hannah Arendt, Verdad y mentira en política,  en el que se recogen dos breves trabajos de la famosa filósofa judía. El primero, Verdad y política, escrito en los años sesenta del siglo pasado,  trae causa de la polémica en torno a Eichmann en Jesusalén. El segundo, La mentira en política, a raíz de los llamados Papeles del Pentágono de principios de los setenta, también del siglo pasado.
 
Es verdad, como recuerda Hannah Arendt, que en ocasiones, no pocas, resulta inevitable en política, el contraste entre la verdad y la mentira, algo que no parece preocupar demasiado a los actores políticos, obsesionados ordinariamente por conseguir que los medios reflejen como verdades sus puntos de vista. En este sentido, se llega incluso a intentar convertir los hechos, la testaruda realidad, en simples opiniones, muchas de ellas condenadas a salir del espacio público.
 
En este contexto, Arendt llama la atención acerca de una realidad indudable: la mentira no es solo patrimonio de las dictaduras. También en los regímenes democráticos se nos presenta como un factor bien destructor con capacidad de violentar las conciencias de los mismos ciudadanos en la medida que provoca imposiciones ideológicas dirigidas a transformar la misma realidad con el fin de justificar las propias decisiones.
 
Arendt siempre censuro la tendencia tecnocrática del poder político así como el dominio de la acción política por el marketing. Hoy, como se aprecia cotidianamente, tanto la dimensión tecnocrática del poder como, por otro lado, la conversión en espectáculo de la política,  campa a sus anchas por una razón que Arendt ya entreveía en su tiempo.
 
Efectivamente, si el ciudadano y las asociaciones comunitarias articuladas por la espontaneidad social no son el centro del espacio público, éste es dominado, como ahora acontece, por los partidos políticos, por la ideología y la propaganda. Si a eso añadimos la alianza estratégica orquestada por los poderes mediáticos, los poderes financieros y los políticos, entonces nos encontramos con lo que Fukuyama denomina privatización del espacio público.
 
Pues bien, en este escenario la mentira, el engaño, el cálculo, se adueñan del ejercicio de la política, que se acaba convirtiendo, en una actividad desvinculada del interés general y asociada, a veces hasta groseramente, con la dictadura de lo privado, que tiñe de corrupción todo lo que toca.
 
En este contexto, denunciado por Arendt décadas atrás, se crea el caldo de cultivo idóneo para la emergencia del populismo y la demagogia que, jaleados por esa visión marketiniana, de espectáculo político, conduce al esperpento que contemplamos. Una situación que reclama el protagonismo ciudadano y la consiguiente liberación del espacio público de tanto dominio de intereses privados.
 
La filósofa judía es un ejemplo de rebeldía inteligente frente a la imposición del pensamiento único y de lo políticamente correcto, venga de donde venga.  Hoy, personalidades como las de Arendt están de gran actualida , pues precisamos librar ese   combate por la libertad y la verdad en el que ella destacó con gran sentido de la coherencia.
 
En fin, la lectura de nuevo de Arendt en este tiempo constituye una bocanada de aire fresco en un mundo en el que la dictadura de lo tecnoestructural  y la conversión de lo político en puro divertimento y entretenimiento, confirman el peligro de la banalización de una actividad orientada y dirigida, nada menos, que la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos en un ambiente de centralidad de la dignidad del ser humano.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana