Dignidad humana


Los derechos humanos, los derechos fundamentales de la
persona, vienen siendo interpretados, también en este momento tan inquietante
de la historia del mundo que nos ha tocado vivir, desde una perspectiva
individualista. Tal orientación, presente en legislaciones de muchas latitudes,
no es más que la expresión en clave jurídica de una ola de profunda
insolidaridad que atenta, y gravemente, al bien común, al interés general. La
dimensión subjetiva de los derechos prima de forma casi absoluta mientras que
la dimensión social brilla por su ausencia. No es ninguna casualidad. Las
tecnoestructuras dominantes imponen, también las populistas por supuesto, determinados
esquemas de comportamiento y de estilo de vida que convierten a una población
indefensa en masa dócil y sumisa ante los dictados de quienes realmente mueven
los hilos y se benefician, y de qué manera, de estas operaciones de control y
manipulación. No hay más que ver las relaciones y estilos de vida de los
conversos a la casta,


En este contexto, cada vez es más urgente llamar la atención
acerca de la necesidad de armonizar la dimensión individual, personal, con la
consideración social, con el empeño por la mejora de las condiciones de vida de
todos los ciudadanos. Si prevalece la perspectiva individualista, cada persona
termina por convertirse en la medida primera y última de todo y de todos
abriéndose un espacio de insensibilidad social de letales consecuencias. Ahí
tenemos en nuestras ciudades especialmente una legión de personas solas, de
ciudadanos abandonados a su suerte, de vecinos sin lazos comunitarios que
quizás puedan vivir cómodamente pero que han perdido la capacidad relacional
tan importante para el libre y solidario desarrollo del ser humano.


La exaltación del lucro, del beneficio, del resultado, de la
eficiencia, conduce, desde la instauración del pensamiento único, a la
conversión del ser humano, sea del que está por venir, del que es pero vive en
malas condiciones y del que está a punto de dejar de ser, en puro objeto de
usar y tirar. Ahí está, por ejemplo, el caso de las retribuciones de muchos
becarios y jóvenes profesionales que viven encerrados en jaulas de oro, ahí
está esa brecha cada vez más amplia entre los que tienen salarios altos y
bajos, y ahí está, sobre todo, esa globalización de la indiferencia que tanto
daño hace al tejido social y a la calidad de vida de las personas.


El dominio de la técnica y de la eficiencia suele llevarnos
a ambientes en los que la persona es reducida a un mero engranaje de una
estructura que la convierte, como mucho, en un bien de consumo que cuándo ya no
sirve a la causa, es desechado sin reparo, descartado por que ya no es útil a
la corporación. Ahí están los enfermos terminales, los ancianos abandonados y
sin cuidados y, sobre todo, los niños a los que se condena a no poder existir.


Por eso, la dignidad humana debería volver a ser el centro
de las políticas, el centro y la raíz del orden social, político y económico, no
ese sucedáneo que queda tan bien en discursos y escritos pero que a nada
compromete. Afirmar la supremacía de la dignidad humana es hoy cada vez más
importante, y más desafiante, sobre todo cuando quienes patrimonializaron este
espacio de compromiso se han convertido como en relevantes,  rutilantes miembros de la casta.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Una estrategia anticorrupción

Las reacciones frente a una corrupción general y sistémica,
que inunda la vida social, privada y pública, han estado presididas por la
promulgación de normas y normas jurídicas, por la declamación teórica, que, sin
embargo, no consiguen detener el paso firme y constante de esta colosal lacra
social que mina los fundamentos éticos y morales de nuestra sociedad y abre una
brecha inquietante entre ciudadanos y políticos, sobre todo.


En este contexto es menester poner en marcha políticas y medidas
más concretas en las que participen los funcionarios y autoridades públicas,
las empresas, la sociedad civil y los ciudadanos para superar la desconfianza
reinante en la vida pública, en las necesarias inversiones y, sobre todo,
restaure una cultura democrática que, aunque no queramos reconocerlo, se está
diluyendo al socaire de la moda populista y demagógica.


En este sentido, es necesario reformar, a fondo, el régimen
de la contratación pública, no para complicarlo hasta el paroxismo inundándolo
de una multitud de exigencias formales absurdas, sino profundizando en la
transparencia, en la objetividad y en la rendición de cuentas, que, con un uso
inteligente de las nuevas tecnologías, son verdaderamente los asuntos clave.
También se precisa reformar el régimen de la financiación de las campañas
políticas para que el dinero no sea el gran protagonista y si lo sea la
argumentación y exposición de propuestas de las distintas formaciones y de sus
candidatos de manera que puedan llegar con facilidad a los electores.


El sistema de justicia penal, sobre todo en Iberoamérica,
debe modificarse para evitar la captura del Estado por las élites políticas y
financieras. El Consejo asesor anticorrupción del BID plantea en esta materia
que se exploren acuerdos de culpabilidad, incluyendo la negociación de cargos y
la cooperación internacional que contribuya a acelerar la resolución de estos
casos.


Obviamente, la estrategia anticorrupción debe incluir
integralmente medidas como las comentadas sin olvidar la dimensión educativa,
pues si las personas en la escuela y en el colegio se familiarizan con los
valores y entienden bien la importancia de las prácticas éticas es más fácil
que las medidas formales cumplan su función. Si la sociedad en su conjunto, y
las personas en particular, no están convencidas de la relevancia de actuar
siempre bien, poco o nada se podrá conseguir.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Europa y sus raíces

La salida de Inglaterra de la Unión Europea, tras la
victoria de Johnson en las recientes elecciones generales, es una buena ocasión
para repensar Europa y en lugar de caer en el pesimismo, recuperar las señas de
identidad de un continente que se han ido perdiendo con el paso del tiempo y
que conviene recuperar.


En efecto, a la vista de los derroteros por los que camina
la hoy enferma Europa, es menester que volvamos nuestra mirada hacia ese puñado
de estadistas que fueron capaces a mediados del siglo pasado de levantar este
magnífico escenario de integración cultural, política y económica que hoy se
llama Unión Europea. En efecto, Schuman, Adenauer y De Gasperi fueron los tres
abanderados de un gran proyecto de concordia, unidad y paz que, sin embargo,
sus sucesores, llevaron al más rancio capitalismo, y de ahí, a un ambiente de
dominio de los fuertes sobre los débiles carente de los más elementales valores
morales.


Es verdad, la Unión
Europea, tal y como fue concebida por estos tres estadistas,
era sobre todo una unión política en una serie de valores comunes forjados a lo
largo del tiempo en el solar del viejo continente. La integración económica
siempre se concibió cómo un medio adecuado para transitar por esa senda de
humanismo compartido en torno a los derechos fundamentales de la persona, que
es el gran legado de tantos años de historia por mantener la primacía de la
dignidad del ser humano como fin de la acción pública. A día de hoy, a pesar de
los esfuerzos que se realizan, la percepción ciudadana en el continente europeo
es la que es, la que todos conocemos y la que todos hemos experimentado
elección tras elección al Parlamento europeo, y especialmente en los
referéndums sobre el proyecto de Constitución. Un proyecto artificial,
tecnoestructural, alejado de la vida de los ciudadanos y manejado por una serie
funcionarios en su propio beneficio.


Probablemente, una de las causas de la salida de Inglaterra
del proyecto europeo se deba a la falta de compromiso de las autoridades de la Unión precisamente en lo que
es y en lo que representa en el mundo la identidad europea. Identidad que está
inexorablemente vinculada al profundo y rico contenido de las raíces de una
civilización montada sobre la libertad y la igualdad de los seres humanos.
Derechos y libertades que encuentran su fundamento en el cristianismo. Así lo
decía Schuman en 1959 dirigiéndose al Parlamento europeo: “La democracia ha
nacido y se ha desarrollado con el cristianismo, ha nacido cuando el hombre,
fiel a los valores cristianos, ha sido llamado a valorar la dignidad de la
persona, la libertad individual, el respeto de los derechos de los demás y el
amor al prójimo. Antes de la era cristiana estos principios no habían sido
enunciado jamás; el cristianismo ha sido el primero en valorar la igualdad
entre todos los hombres, sin diferencias de clase o de raza”.


Las raíces cristianas de Europa son una realidad histórica
que explica el sentido y la funcionalidad de los valores que impregnan la
cultura europea. El cristianismo, en este sentido, ha jugado un papel muy
relevante porque, entre otras cosas, ofrece un fundamento a la dignidad de la
persona que en otros contextos se concibe de manera inmanente. La igualdad
ontológica de todos los hombres tiene, en la cultura cristiana, una fuerza
especial que hace de ella un principio general sin excepciones. Mientras, en
las orillas del positivismo, la desigualdad es posible si es que la norma lo
permite. Algo que, como podemos observar en este tiempo, ocurre con demasiada
frecuencia en este tiempo de fuertes desigualdades que nos ha tocado vivir.


De Gasperi también trató sobre este tema en más de una
ocasión porque sabía que los valores europeos son esencialmente valores del
cristianismo. En efecto, estas son sus palabras con las que termino el artículo
de hoy: “El origen de la civilización es el cristianismo. Con ello no pretendo
introducir un criterio confesional exclusivo ni una evaluación de nuestra
historia, sino el de una herencia europea común, de una ética compartida por
todos que exalta la idea de la responsabilidad de la persona humana, con su
fermento de fraternidad evangélica, con su sentido del derecho heredado de la
antigüedad, con su culto de la belleza afinado desde hace siglos, con la
preocupación de la verdad y la justicia fundados sobre una experiencia
milenaria”. Es decir, reconocer la realidad ni es confesionalismo ni es
fundamentalismo. Es, sencillamente, eso: reconocer la realidad.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


El Estado de Derecho

En el Estado de Derecho el ejercicio del poder público,
también el financiero y el económico por supuesto, está sometido plenamente a
la ley y al derecho. En efecto, el principio de juridicidad, junto a la
separación de los poderes del Estado y al reconocimiento de los derechos fundamentales
de la persona, los individuales y los sociales, componen el trípode sobre el
que asienta ese modelo cultural y político que conocemos como Estado de
Derecho. Un modelo que se pisotea y transgrede, sutilmente las más de las veces,
groseramente de vez en cuando, cuándo se permite que la voluntad de mando, de
poder, se convierte en canon único y exclusivo, sin límites, de la actuación de
quienes están investidos de alguna suerte de potestades, sean de la naturaleza
que sean. El que manda, en un Estado de Derecho de calidad, suele ser ejemplar
también en la disposición de someter a la ley y al derecho sus decisiones, ya
que el control del poder es consustancial a la democracia.


En efecto, a pesar de que los Ordenamientos constitucionales
someten a la ley y al derecho las manifestaciones del poder político, económico
y financiero, con frecuencia, en España estos días, comprobamos como quien
manda procura escapar del control de los tribunales de justicia, especialmente
cuando intuye que la independencia del poder judicial es un obstáculo para sus
objetivos de consolidar el poder.


Tal forma de actuar es deudora nada menos que de Hobbes, que
antepuso la voluntad a la razón, la fuerza al derecho. Es decir, se sustituye la
razón por la voluntad como principal elemento de la norma jurídica, de forma y
manera que la adecuación a la razón de las leyes del parlamento apenas tiene
relevancia. La voluntad de dominar, de doblegar, de vencer, se impone a la
razón, que es preterida, tantas veces postergada. Un claro ejemplo lo tenemos
en esos parlamentos en los que no se razona, en los que únicamente tiene cabida
el dominio asentado en la estadística, una ciencia que, como dijera tiempo
atrás cínicamente Kissinger, es la base de la democracia, que así concebida, no
sería más que una cuestión de esta naturaleza.


La voluntad se impone a la razón y, por ende, el equilibrio
aristotélico entre materia y forma se transforma, por mor de la mayoría de los
votos, en una dictadura que renuncia a los principios tratando de dominar es
escenario social. Y si hay opiniones que no interesa que afloren, se busca la
forma de presentarlas como dañinas para el régimen que se instaura.


El Estado de partidos, que sustituye al Estado de derecho,
convierte a las formaciones partidarias, especialmente a las cúpulas, en la
fuente del poder y de las normas de los distintos poderes del Estado. Los
diputados deben seguir a pies juntillas los mandatos de una dirección que
normalmente solo piensa y actúa en términos de control. En este marco, pues, el
derecho, la justicia, acaba siendo, como mucho, un eslogan o argumento con el
decorar ciertos discursos, pero nada más. Y a veces, hasta es un estorbo que
debe eliminarse a base de fórmulas más o menos edulcoradas que tratan de
domesticar los residuos de autonomía e independencia que pudiera haber.


Como es bien sabido, los dictadores usaron en su provecho el
propio Estado. Hitler, sin ir más lejos, utilizó, y de qué manera el Estado,
sorprendentemente el llamado Estado de “Derecho” del momento, como arma
arrojadiza contra el propio derecho hasta conseguir anularlo, laminarlo,
dominando a su antojo a la sociedad. Los alemanes, por eso, en la Constitución
de Bonn dejaron esculpido en uno de sus preceptos más relevantes que el poder
público está sometido a la ley y al derecho. A la norma elaborada en el parlamento
y a ese humus o conjunto de principios que han de respirar las normas para
orientarse derechamente a la justicia.


La recuperación de la razón como norte de la ley es una
tarea urgente. Se lleva hablando, y escribiendo desde hace tiempo, pero no se
afronta esta cuestión de verdad porque el dominio de lo tecnoestructural, de la
razón positivista, es tal que impide contemplar la realidad en su esencial
dimensión plural y abierta. Los postulados del pensamiento abierto, plural,
dinámico y complementario cada vez tienen más importancia y cada vez son más
necesarios si es que de verdad queremos asentar el solar de nuestra democracia
sobre bases sólidas.


Quienes nos dedicamos a la enseñanza del Derecho tenemos la gran responsabilidad de poner a disposición de la sociedad juristas, no simples conocedores de leyes, hombres y mujeres comprometidos con la justicia, con la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo suyo, lo que se merece, no simples mercaderes de intereses que se compran y venden al mejor postor, sea en el ámbito político, económico o financiero. Los principios del Estado de Derecho, de la razón, son cada vez más importantes. El problema es que el primado de la eficacia, de lo conveniente, de lo útil para la tecnoestructura, todo lo invade, todo lo arrasa. Por eso, el tiempo en que estamos es un tiempo en que de nuevo la batalla entre los principios y el pragmatismo, entre la dignidad y la utilidad, vuelve al primer plano de la realidad. En España, especialmente.


Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo y miembro de la Academia Internacional de Derecho Comparado de La Haya.


Pensamiento complementario

Los tiempos que corren son tiempos, desgraciadamente, de
pensamiento único, de esquemas de confrontación, de enfrentamiento. Pareciera
que el pensamiento abierto, plural, dinámico, realista y complementario fuera
de otra época. Y, sin embargo, ahora, precisamente ante la forma en que se
plantean muchas cuestiones, hemos de reconocer que el pensamiento
complementario y compatible es una solución a muchos problemas de este tiempo.


En efecto, frente a una mentalidad positivista que viene
despreciando desde hace demasiados años las humanidades y el humanismo, resulta
alentador constatar que tal perspectiva está siendo puesta en cuestión. El
pretendido conflicto entre las ciencias y las letras, más teórico que real
ciertamente, que generó dos saberes antitéticos, hoy parece que debe resolverse
desde los postulados del pensamiento complementario y compatible.


Summit y Vermuele, autores de “The two cultures fallacy”, señalan
en un artículo publicado recientemente en The Cronicle of Higher Education, que
es un tópico artificial suponer que existe una divergencia insalvable entre el
saber aplicado de las ciencias y el denominado conocimiento inútil o
improductivo de las letras, como se ha denominado deliberadamente el
conocimiento propio de las Humanidades. Es necesario, dicen estos profesores,
superar este antagonismo interesado para reconocer la necesidad de un diálogo
fructífero y enriquecedor.


No se trata de discutir acerca de que saber es de más
categoría o disfruta de mayor prestigio académico, sino, desde los postulados
del pensamiento complementario, estudiar cómo se pueden unir mejor las ramas
del saber para proporcionar, dicen estos profesores, un conocimiento más
integrado y articulado a los estudiantes. Porque no es cuestión de discusiones
bizantinas sino de pensar en educar mejor a los alumnos.


Tradicionalmente se ha pensado que las ciencias aplicadas
facilitaban un saber más técnico que permitía a los estudiantes integrarse
perfectamente en la vida activa, mientras que los alumnos de letras eran tachados
de dedicarse al disfrute de un conocimiento meramente especulativo y
contemplativo. En realidad, tal apreciación no es cierta pues en la primera
fase de la Edad media el estudio de la historia, la literatura, la filosofía o
la retórica, proporcionaban un saber valioso y contribuían a la mejora y al
progreso social, mientras que las ciencias se identificaban con un saber
desconectado de la práctica.


Sumit y Vermuele demuestran en su estudio algo que hoy llama
la atención: el ámbito que primero se vinculó con la vida activa fue
precisamente el de las humanidades, cuya utilidad para el bien común las hizo
imprescindible para la formación de los burócratas. En efecto, antes de que
surgiera la ciencia como conjunto específico de disciplinas los llamados “studia
humanitatis” constituían el modelo del saber útil del que luego se apropió la
ciencia. En el siglo XVII, dicen estos profesores, fue cuando las cosas
cambiaron y los eruditos empiezan a reclamar los beneficios sociales y
empíricos del saber empírico natural. Ya en el siglo XX, las humanidades
quedaron constituidas como el ámbito propio de lo humano en contraste con el
campo deshumanizado de las ciencias.


Sin embargo, tal dualidad irreconciliable debe superarse por
elevación, pues hay que reconocer que a través de las ciencias tenemos una
mejor comprensión del ser humano y desde las humanidades se pueden mejorar los
saberes aplicados. Por eso, la interdisciplinariedad, es hoy de gran relevancia
en el ámbito académico y en la constitución de los grupos de investigación de
vanguardia. Hoy no podemos ocultar que los distintos campos del saber, señalan
Sumit y Vermuele, incorporan cada vez más conocimientos pertenecientes a áreas
de conocimiento de ciencias y de humanidades pues las líneas de investigación
relacionadas, por ejemplo, con la bioética o las humanidades digitales convocan
este esquema de complementariedad.


Claro, este diálogo reclama nuevas formas de enseñanza y
aprendizaje, así como superar el mito y el dogma de la especialización. Es
tiempo, pues de ser humanistas y científicos superando divisiones de otros
tiempos. Como siempre, la realidad, tarde o temprano, muestra la realidad, una
realidad que cuando es dinámica y complementaria, resuelve los problemas,
mientras que cuando es estática y pétrea, no hace más que provocarlos. He aquí
un botón de muestra.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Moderación y razón

En los
últimos tiempos se observa una peculiar e inquietante tendencia a la ausencia
de explicaciones y argumentaciones en relación a ciertas decisiones y a ciertas
políticas, sobre todo en el ámbito público. Todo lo más, como si fuera una
fórmula mágica polivalente, se esgrime, con ocasión y sin ella, la referencia
abstracta al interés general. Por cierto, un interés general que
ordinariamente, ni se concreta ni se justifica, como si el solo uso de esta
taumatúrgica expresión eximiera de toda explicación o argumentación.


La
política es, sobre todo en la democracia, todos lo sabemos, una tarea de
rectoría de los asuntos públicos orientada a la mejora de las condiciones de
vida de las personas, de los ciudadanos. En la medida en que la política
descansa sobre el Estado de Derecho, la racionalidad y la objetividad han de
presidir la confección y elaboración de las políticas públicas, así como su
comunicación y explicación a los ciudadanos. Comunicación y explicación son dos
funciones bien relevantes de los nuevos espacios políticos que han de
realizarse pedagógicamente, dedicando tiempo a exponer las argumentaciones y
las razones que justifican la acción de gobierno o de la oposición política.


Sin
embargo, la realidad demuestra, más bien, que la pedagogía y la argumentación
brillan por su ausencia.  Estos días lo
hemos visto.  Probablemente porque
reclama trabajo y esfuerzo, porque no es nada sencillo colocarse en la piel de
quienes escuchan, de las personas a quienes van dirigidos los mensajes. Sin
embargo, es una exigencia de la política democrática, especialmente en los
momentos más delicados.


          Los nuevos espacios políticos traen consigo
una particular exigencia de pedagogía política. Efectivamente, en el desarrollo
de sus políticas, las formaciones inspiradas en la moderación, en el uso de la
razón y de la argumentación, deben atender de modo muy particular a la
comunicación con el entorno social, con toda la sociedad. El trabajo de
pedagogía política no es, de ninguna manera, una labor de adoctrinamiento, de
conversión ideológica, sino precisamente de transmisión de los valores de las
políticas que se proponen o que se realizan. El respeto a las posiciones
ideológicas diferentes, a los valores que individualmente cada ciudadano
defiende, debe conjugarse con la insistencia en la convocatoria a abrirse a la
realidad de las cosas, y a su complejidad, haciendo ver que las soluciones
simplistas no son soluciones, que la prudencia es una buena guía en las
decisiones políticas, y que esta no está reñida –antes al contrario- con las
metas sociales ambiciosas. Importa más el trabajo serio y consolidado que los
gestos superficiales y sin fundamento. A veces, ahora lo comprobamos, bajo la
apariencia de progreso se esconde un progresivo deterioro de la vida económica
y social e incluso de la ética, que nunca tardará demasiado en ponerse en evidencia.


      En este tiempo en el que algunos
confunden la moderación y el ejercicio razonado de la política con la
ambigüedad, la pusilanimidad o la indiferencia, la exigencia de explicación y
de pedagogía es, si cabe, más relevante. Si así no se hace, la gente se siente
decepcionada, frustrada, se aleja de los políticos y, es lógico, empieza a
abrirse a nuevas propuestas populistas y demagógicas que orecen el oro y moro y
un nuevo mundo plagado de toda suerte de beneficios y opciones.


       Desde la moderación, que significa
apertura, pluralidad, dinamismo y complementariedad, es menester que se
transmitan al pueblo las políticas a emprender acompañadas o precedidas de las
razones de su formulación, así como de las consecuencias que de ellas se van a
desprender.


La
pedagogía política impide la demagogia porque la racionalidad es su principal
manifestación. Cuando las propuestas o las medidas se pueden explicar porque
son razonables, lógicas, con argumentaciones al alcance de cualquier fortuna,
es probable que el pueblo soberano pueda comprender mejor el alcance y sentido
de esas políticas. Y cuando esas políticas se hacen para todos porque son
exigencias de la centralidad del ser humano, entonces se transita por el buen
camino y no es difícil explicar las causas y las razones de tal proceder. En
cambio, cuándo domina el silencio, la ausencia de explicaciones y la rendición
de cuentas es una falacia, la misma democracia va perdiendo enteros. Entonces
asoman las demagogias, los populismos, los salvadores de la patria, los
manipuladores sociales, todo un conjunto de oportunistas especializados en
manejar el descontento y la indignación. Hoy, desde luego, bien presentes, y de
qué forma, en nuestra realidad política. Al final, sin embargo, el pueblo los
ubicará en su lugar natural porque la gente normal, la mayoría, normalmente,
salvo que la manipulación alcance proporciones colosales, se da cuenta
perfectamente de lo que pasa. Sin duda.


                                                                                                             Jaime
Rodríguez-Arana


                                                                                                                       @jrodriguezarana


Corrupción sistémica

A estas alturas del tiempo en que estamos, y tras los
recientes acontecimientos de corrupción que golpean sin excepción la mayor
parte de los países, la institucionalización de la corrupción o, mejor, su
naturaleza sistémica, parece fuera de dudas. Así, por ejemplo, lo ha señalado
el informe del consejo asesor de expertos anticorrupción del BID en un reciente
informe.


Pues bien, frente a una corrupción sistémica es menester una
respuesta sistémica. No son suficientes las regulaciones anticorrupción. Menos
todavía las declamaciones teóricas y abstractas. Es menester una acción
integral que involucre al sector público, al sector privado y a los ciudadanos
para recuperar la confianza y los valores democráticos. Para eso es necesario
reformar inteligentemente la legislación de contratos, la urbanística, y, sobre
todo, decidirse de verdad a establecer nuevas reglas para la financiación de
los partidos políticos que impidan el espectáculo actual dominado y en manos de
los grandes financiadores.


La clave está, claro que sí, en la transparencia en las
adjudicaciones de los contratos, en las revisiones de los planes urbanísticos o
en el cambio de uso del suelo, en los presupuestos públicos y en su ejecución,
en la formulación de los conflictos de interés, así como en el uso innovador de
las nuevas tecnologías de la información. Además, y sobre todo, se debe mejorar
el acceso a la información de interés general, garantizar la independencia del
poder judicial y un sistema penal que impida la captura del Estado por las
élites tecnoestructurales.


Sin un sistema educativo solido que transmita los valores
del servicio público y del papel de la empresa en un Estado social y
democrático de Derecho, poco podrá hacerse. Si nos quedamos en lo formal, como
hasta ahora, las normas no solo no cumplirán su objetivo, sino que se
convertirán en las grandes aliadas de una corrupción que no cesa porque no cesa
la desmoralización y la falta de principios en la sociedad y en la vida de los
ciudadanos. Por eso, precisamos una lucha sistémica aderezada con una vuelta a
los principios. Casi nada.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Concordia y división

Los valores democráticos, las llamadas cualidades
democráticas, parten del respeto profundo a las personas. En democracia es
normal la crítica de las ideas, la promoción, defensa y protección de dignidad
que le es inherente o toda mujer, a todo hombre, y el reconocimiento,
protección, promoción y defensa de los derechos humanos. Hoy, sin embargo,
estos principios básicos del Estado de Derecho vuelven de nuevo a estar en el
candelero precisamente por la obsesión, derivada del pensamiento ideologizado,
de hacer política para dividir, para fraccionar, para abrir heridas y para
cerrar puertas. Este comportamiento político y social es bien conocido y
obedece al dominio de ciertos criterios ideológicos que se definen
dialécticamente a través de la continua y permanente metodología de la
contraposición y el enfrentamiento.


Una vez definido y aclarado el modelo desde el que asaltar
la sociedad con la ayuda de las minorías imprescindibles para mantenerse en la
cúpula, lo demás es perfectamente congruente con tal modelo o esquema de
pensamiento bipolar. Pues bien, frente a tales planteamientos, existen
fundamentalmente dos maneras de reaccionar. Una, de orden negativo, que se basa
en la continua denuncia de los atropellos y violaciones de derechos a que tal
proceder conduce. Y, otra, de orden positivo, complementaria de la anterior
pero más inteligente, y por ello más difícil de practicar, orientada a fomentar
y robustecer precisamente los valores democráticos. Es posible que el segundo
camino sea una senda presidida por la ingenuidad, pero no es menos cierto que
desgastarse a base de denunciar continuamente los desaguisados del que manda
sin propuestas razonables termina por agostar y consumir la capacidad de
liderazgo.


Por ello, frente a la división de las dos España que el
próximo gobierno pretende resucitar con ayuda de determinados grupos de todos
conocidos, es menester, llamando a las cosas por su nombre, apelar a la
vitalidad y la fuerza de la gente normal, personas que queremos vivir en un ambiente
de concordia, de crítica razonada, de respeto a las personas y de
reconocimiento y promoción de los derechos de todos, no de los una parte o
fracción.


Pienso que la gente normal, la mayoría, desea vivir en una
ambiente de estabilidad que propicie un crecimiento real y sostenido de la
economía, que haga posible gobiernos fuertes y oposiciones igualmente sólidas,
que facilite un ambiente social en el que se valore el sacrificio, el mérito,
la capacidad, la vida familiar, el trabajo. Es decir, una gran mayoría de
españoles espera mensajes entendibles, en positivo, menos tensión, menos
crispación, más acercamiento entre unos y otros, más concordia y más capacidad
de entendimiento. La crispación en si misma es mala para el conjunto, aunque
beneficie a los promotores y a quienes se lucran de ella.


Hoy necesitamos nuevas políticas que impliquen un compromiso
real entre lo que se afirma y lo que se practica. Preciamos de liderazgos en
los que la mentalidad abierta, la capacidad de entendimiento y la sensibilidad
social brillen por su presencia. Y, sobre todo, políticas confeccionadas desde
la realidad, desde la razón y desde el humanismo. Ya está bien de tanta
manipulación, de tanta ideología. Es momento para escuchar a la gente normal,
para abrir las puertas, para destensar un ambiente que tanto daño nos hace como
pueblo, como nación y como parte de Europa.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Cultura europea

La cultura europea tiene, como sabemos, unas raíces, una
tradición, un patrimonio que hemos heredado y que debemos acertar a comprender
para saber quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Un cuadro de Rubens,
una sinfonía de Mozart, una tragedia de Sófocles, un discurso de Castelar o una
escultura de Bernini tienen sentido en la medida en que conozcamos bien el
contexto histórico y cultural en que tales manifestaciones se produjeron. En
este sentido, sin el conocimiento de la Biblia y de los Evangelios no es posible
comprender el sentido, no ya de la identidad misma de Europa, sino de cada una
de las principales manifestaciones del arte.


Quien así se expresa no es un Papa, un Cardenal o un Profesor
de Teología. Se trata, nada más y nada menos, que de Umberto Eco, un
intelectual italiano bien conocido en todo el mundo, tanto por su contribución
a la semiología como por su famosa obra El nombre de la Rosa. Pues bien, este
profesor universitario, bien conocido por su posición sobre el fenómeno
religioso, señala en un artículo titulado “Los Reyes Magos: esos desconocidos”,
fiesta que celebramos estos días, que más allá de cualquier consideración
religiosa, es necesario que los alumnos en el colegio reciban una información
básica sobre las ideas y tradiciones de las distintas religiones. La razón de
tal propuesta es obvia: “es imposible entender digamos tres cuartos del arte
occidental si no se conocen los hechos del Antiguo y Nuevo Testamento y las
historias de los Santos”.


El conocimiento de la religión es una manifestación cultural
evidente. Sin el cristianismo, por ejemplo, no es posible entender la abolición
de la esclavitud, la separación del poder temporal y el espiritual o la
centralidad de la dignidad del ser humano. Es más, sin el pensamiento griego,
el derecho romano y el cristianismo Europa no habría sido lo que es. Hoy, que
se olvidan los orígenes, y en algunas latitudes se reniega de la historia,
Europa está como está: triste y sola, consumida por la lógica de la dominación
del dinero o de los votos. Mientras, es lógico, los derechos humanos, los derechos
de la personal, se compran y se venden según lo que en cada momento sea más
propicio para permanecer en la cúpula.


El conocimiento de la Biblia y del Nuevo Testamento, dos grandes textos
desde los que justificar la liberación de quien no quiera vivir vinculado a las
nuevas esclavitudes, es, insisto, fundamental para comprender las variadas y
magníficas expresiones del arte europeo y global. Otros pensadores que lo tenían
muy claro fueron, por ejemplo, Kant o Goethe. Para Kant el Evangelio es la
fuente de dónde surgió toda nuestra cultura. En opinión de Goethe, las Sagradas
Escrituras son la lengua materna de Europa.


En España, país con uno de los mayores índices de fracaso
escolar de Europa, las humanidades han ido desapareciendo de la palestra y la
religión suele plantearse con acento ideológico. Este desprecio de la dimensión
religiosa y espiritual de la persona, sobre todo si es católica, no sólo es
expresión de sectarismo y negación de la libertad, es, sobre todo, incapacidad
de comprender la naturaleza real y completa del ser humano. La dimensión
cultural, si es genuina, interpela al hombre acerca de su libertad y de su conocimiento
en orden a forjar un itinerario vital coherente e iluminado por la dignidad de
la condición humana.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Valores humanos

Hoy
vivimos tiempos de cambios y transformaciones evidentes. Los valores de la
sociedad tradicional han quebrado, pero no lo han hecho los valores humanos,
los valores sobre los que descansan la civilización y la cultura que de alguna
manera constituyen valores permanentes inscritos en la misma condición humana y
en sus derechos inviolables. Por eso, la construcción de una civilización o de
una nueva cultura no podrá hacerse sin volver sobre ellos.


Sin
embargo, no se trata de hacer una repetición mimética, sin más, no se trata de
fotocopiar o de clonar. De lo que se trata es, en relación con los valores
humanos, remozarlos, renovarlos, y dotarlos de una nueva virtualidad. Para ello
es imprescindible disponer las técnicas y los procedimientos al servicio de la
dignidad humana y de sus derechos fundamentales, no al revés, como se viene
practicando desde hace tiempo, hoy más que nunca, en que el dominio
tecnoestructural aliena y narcotiza a tantos millones de personas en todo el
mundo a través de las más variadas técnicas de manipulación social.


Por
eso, frente al reto productivo, al reto técnico y al reto tecnológico, debemos
añadir el auténtico reto de fondo que es el reto ético, ínsito también, y sobre
todo, en el Derecho en cuánto ciencia social consistente en la realización de
la justicia. Se trata de un reto o desafío que interpela a todas las ciencias
sociales y que intenta contestar a la gran pregunta acerca del sentido de la
vida del hombre, y de la mujer, y de su carácter medular en la realidad
jurídica, económica y social.


El
estudio y la investigación en las distintas áreas que conforman las ciencias
sociales, o proporcionan una mayor calidad de vida a las personas, o no son
dignas de tal nombre, al menos en un Estado que se califica como social y
democrático de Derecho. Eso quiere decir, ni más ni menos, que a su través, a
través de este modelo de Estado, por medio del Derecho, la Economía, la
Historia, la Sociología… deben diseñarse técnicas y procesos orientados y
dirigidos a la defensa, protección y promoción de los derechos fundamentales de
la persona y, cuando sea el caso, a remover los obstáculos que impidan su
realización efectiva en la cotidianeidad.


En
otras palabras, o se consigue una mayor calidad de vida, unas mejores
condiciones de vida para los habitantes del planeta, especialmente para los más
necesitados, o las ciencias sociales se habrán convertido en fines, que no en
medios al servicio de la mejora de la vida de los ciudadanos. Y, hoy, con la
que está cayendo, el dilema no es complicado: defender, proteger y promover la
dignidad humana, sí su solución. Una solución que no viene de las ideologías
cerradas como se ha experimentado en el pasado, ni de los liderazgos cesaristas
de un lado o de otro. Al final la clave está en el compromiso de los ciudadanos
por construir una sociedad más abierta, más sólida, más humana en la que la
política ocupe el lugar que le corresponde y en la que las iniciativas sociales
generadoras de libertad solidaria lleven la voz cantante. Casi nada.


Jaime
Rodríguez-Arana    @jrodriguezarana


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