Defensa de derechos y libertades

En un tiempo de
incertidumbre, de crisis, de dominio de lo mediático, de consumismo insolidario,
de excesos del intervencionismo y del capitalismo, y de baja intensidad del
pensamiento crítico, conviene subrayar la centralidad y radicalidad de las
libertades, de los derechos humanos y de la dignidad personal como valores que
preceden al poder y al Estado. Sabemos, y muy bien, que los derechos humanos y
las libertades no son, ni mucho menos, de creación estatal. Menos todavía los
otorgan discrecionalmente los gobernantes: son derechos y libertades innatos al
hombre y, por lo tanto, no sólo deben ser respetados por el legislador y el
gobierno, sino promovidos por los poderes públicos y los privados. Tienen la
configuración jurídica de valores superiores del Ordenamiento y deben inspirar el
entero conjunto del Derecho positivo.


Los derechos
fundamentales son derechos que derivan de la dignidad del ser humano y
fundamentan la propia condición personal. Son, por ello, intocables,
inviolables, indisponibles para legisladores y gobiernos. Son valores que nadie
puede ni debe manipular, que nadie puede, ni debe, violentar. El derecho a la
vida, la libertad de expresión y tantos otros derechos y libertades
fundamentales de la persona han de ser la garantía de la preservación y respeto
de la libertad solidaria del ser humano y el ambiente natural en el que los
ciudadanos convivan pacíficamente. Alexy los ha llamado derechos subjetivos de
especial relevancia porque no dependen de las mayorías ni de las minorías.


No hace mucho asistimos
sobrecogidos a los horrores del nazismo, del fascismo o del comunismo, y de su
concepción totalitaria basada en la quiebra absoluta del predominio universal
de los derechos humanos. Hoy, cuando el horizonte se vislumbra con tonalidades
oscuras y ciertamente tenebrosas, estamos dominados por la dictadura de lo
correcto y eficaz, tenemos miedo a la verdad y vivimos casi presos del dogma
mediático, en manos de los sumos sacerdotes de esa tecnoestructura que reparte
a diestro y siniestro certificados de admisión al espacio público. En este
contexto, a través del populismo, provocado desde las terminales del dominio
del poder y del dinero, se asoma una nueva e inquietante forma de totalitarismo
servida en bandeja por la debilidad de la defensa de las libertades y los
derechos fundamentales por quienes dirigen y gobiernan en tantas latitudes


En este ambiente, y a
pesar de los pesares, debe levantarse la voz a favor de la incondicionalidad e
indisponibilidad de los derechos humanos porque incluso los que afectan a la
vida de las personas, están siendo duramente violados. Es el caso lento,
constante, de la clonación de embriones, de la conservación de fetos con
finalidades de investigación, de toda suerte de experiencias de ingeniería
genética para predeterminar a la carta seres humanos, en los que se busca, más
o menos directamente, la quiebra de la dignidad inviolable e igual de todas las
personas, eso sí, acompañada de pingues beneficios para unos pocos que han
sabido comprar los buenos sentimientos de tanta gente de bien.


Y no digamos el embate a
que se está sometiendo a la libertad educativa, o a la libertad de expresión
ante la eclosión de esos nuevos templos de la libertad erigidos en estandartes
de la nueva censura. Incluso la libertad de investigación se lesiona cuándo
sólo se priman determinadas líneas de investigación que equivalen a santificar
la cultura de la muerte.  Nunca tan pocos
han ganado tanto dinero como en este tiempo a través de la promoción del
consumismo insolidario.  En fin, son
buenos tiempos para empeñarse en la apasionante aventura de la conquista diaria
de la libertad, hoy, otra vez como antaño, de moda puesto que el totalitarismo,
de uno u otro signo, se asoma a la escena d y de nuevo se aprovecha de la
debilidad y el complejo de tantos dirigentes que por conservar la posición
renuncian a la defensa, protección y promoción de la dignidad humana.


                                                 Jaime Rodríguez-Arana


                                                @jrodriguezarana


Crisis y gobernabilidad

La crisis general que recorre el mundo es la expresión de
una honda y profunda crisis moral que afecta al orden político, social y
económico. No estamos en presencia de un fenómeno puntual. Más bien, se trata
de la manifestación, en todas sus dimensiones, de un cambio de ciclo. Algunos
hablan de la llegada de un nuevo paradigma, de esos que se producen cada muchos
años. Las causas son complejas y están encadenadas. Es verdad. Pero sobre todas
ellas, sobrevolando y trascendiéndolas todas se encuentra una de la que todas
parten y a la que todas conducen. Me refiero, claro está, a la idea, tan del
gusto del pensamiento dominante, de que el fin justifica los medios.


Esta sencilla realidad, tan antigua como la misma existencia
del ser humano, ha provocado en el mundo financiero y económico grandes
catástrofes, también, por supuesto, en el plano político, no digamos en el
plano social. Lo único importante es el beneficio dicen algunos. La
maximización del beneficio en el más breve plazo de tiempo posible es el fin de
la actividad de las empresas e instituciones financieras señalan desde el
pensamiento único. El lucro, que es toda ganancia obtenida sin contraprestación,
sube a los altares del “orden” económico y financiero y todo lo empapa, todo lo
preside. A partir de ahí, todo es posible. Operaciones virtuales de ingeniería
financiera, estafas, timos, engaños, bonus desproporcionados, lo que ustedes
quieran.  


En el plano político, a pesar de que no es políticamente
correcto señalarlo, sigue, y de qué manera, el clientelismo y los partidos más
que convencer a las personas, buscan a toda costa el voto, importando menos, o
nada, las ideas de cada persona. Lo determinante, lo único importante, es que
el día de la votación metan la papeleta correspondiente en la urna. Los
actuales populismos, que hábilmente administran el descontento general,
también, como la vieja política, son maestros en esta peculiar forma de control
social.


Por otra parte, el control y la regulación de los poderes
públicos sigue sin funcionar adecuadamente a causa de la sumisión al poder
ejecutivo de todos los entes de supervisión y vigilancia Tenemos infinitos
sistemas y procedimientos de control, muchos controles, pero en verdad no hay
control.


En el ámbito de la conducción política encontramos más de lo
mismo. Líderes sin sustancia obsesionados con encaramarse como sea al poder.
Para ellos lo fundamental es conseguir el mayor número de votos, importando
menos, o nada, las fórmulas o procedimientos empleados. En este marco es
comprensible la aparición de nuevos liderazgos, que en muy poco tiempo se
acostumbran, y de qué manera, a las viejas prácticas.  


El problema del desprestigio de la dirigencia política, que
no de la política como actividad de rectoría del espacio público con el fin de
mejorar las condiciones de vida de los habitantes atendiendo adecuadamente las
necesidades colectivas del pueblo, es, desde luego un gran problema. Los sondeos,
cualquiera que se seleccione, lo sigue constatando. Y, sin embargo, las cosas
siguen igual. Las tecnoestructuras de los partidos viven al margen de la
realidad. Las listas electorales siguen sin abrirse. Las camarillas y gabinetes
se mantienen y, lo que es más grave, el debate desaparece, emerge esa expresión
tan practicada: quien se mueve no sale en la foto y las condiciones de vida de
vida de las personas apenas cuentan.


Ante el descontento que provocan las actuales formas de
dirigir en prácticamente todos los órdenes de la vida humana, se aprovecha para
inocular profesionalmente resentimiento, odio, confrontación, odio y
fragmentación. Todo vale con tal de derribar al contrario.


En este contexto de aguda y grave crisis moral, lo que
necesitamos es cambiar los pilares, los basamentos del orden político, social y
económico. Y para eso es menester que estadistas y personas preparadas, con
experiencia y comprometidas con el bienestar del pueblo asuman funciones
relevantes, den un paso y se pongan a disposición de la comunidad. De lo
contrario, como señala Denault en su libro sobre la mediocracia, la mediocridad
ascenderá de forma imparable y expresar las propias convicciones será cada vez
más difícil. Lejos no estamos.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Democracia y partitocracia

La democracia actual, si quiere
sobrevivir, debe ser perfeccionada, mejorada, para que recupere
sus valores originarios y pueda contribuir a una sociedad libre, en paz,
participativa, presidida por la justicia y la igualdad de oportunidades. Para
ello, la crítica es un buen instrumento siempre que se utilice desde
planteamientos constructivos. Y, en este contexto hay una cuestión que no se debe omitir. Me refiero a lo que muchos vienen calificando como
partitocracia y que desde años años carcome la esencia misma de la democracia
alimentando inquietantes formas autoritarias de acceso al poder que acechan en
tantas latitudes.


En efecto, la partitocracia es
un mal que hay que combatir pero que sigue presente en nuestro tiempo. Ahora bajo formas cesaristas de dominio del partido como si fuera de
propiedad privada del principal dirigente, que hace y deshace a su antojo
incluso renunciando a las principales señas de identidad de la formación
política.


La peligrosa tendencia a la oligarquización
que se está produciendo en la vida política, y sobre todo en los partidos, es
una de las más peligrosas enfermedades de la democracia. Para extirpar este
maligno tumor probablemente habrá que pensar en sistemas de listas abiertas, limitar el número de los mandatos, fomentar la
libertad de voto en determinados temas que afecten a los principios y valores,
aumentar el número de las autoridades independientes o neutrales y buscar
fórmulas para que el nivel de los dirigentes públicos sea la que se merece la
sociedad. También,
 desde luego, reflexionar si tenemos el
número de cargos públicos necesarios en cada momento.


Los partidos políticos también deben recuperar su funcionalidad propia
dentro de la filosofía democrática. Para ello, nada mejor que los electores
puedan elegir libremente a los candidatos que les merezcan mayor confianza. La partitocracia  es una de las mayores
corrupciones de la democracia y un caldo de cultivo en el que florece  la mediocridad y la
arbitrariedad. En este sentido, los partidos, en lugar de ser  instrumentos de intermediación
entre la sociedad política y la civil, tinden a covertirse en el coto privado de quienes están al frente, siendo utilizados única y
exclusivamente como maquinarias de poder por encima, a veces incluso en contra,
de los principios y criterios inspiradores de la ideología de la formación
partidaria


Por eso, la
partitocracia desnaturaliza el sistema democrático ya que produce, decía Cossiga años atrás,   disfunción de las instituciones, empañamiento
de los valores de credibilidad del Estado y de los demás sujetos del poder
público, debilitamiento de la autoridad efectiva del Estado, carencias y
lentitud de la Administración de Justicia y sospecha de partidismo,
insuficiente respuesta de los servicios a la demanda social y creciente
manifestación de los partidos más como gestores del poder que como
organizadores del consenso para la afirmación de programas. De ahí la creciente
desafección que caracteriza este tiempo, el descontento reinante y la espera
inteligente del autoritarismo populista a recoger los añicos de la
autodestrucción del sistema. Ni más ni menos.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Reformas

Una
de las claves del auge y apogeo del populismo y la demagogia en tantas
latitudes, también por aquí cerca por supuesto, se encuentra en la ausencia de
reformas sensatas, razonables y diseñadas pensando en las personas, en los
ciudadanos. Más bien, lo que abunda, o sobreabunda, son políticas que, por
alguna razón que se nos antoja incomprensible, castigan a millones de seres
humanos. Ahí están los ajustes en materia sanitaria y educativa en tantos
países que están diezmando la garantía de la estabilidad política y económica.
Y ahí están las indignas condiciones laborales en las que se realizan tantos y
tantos trabajos en este tiempo. Por eso, entre otras razones, las
manifestaciones que vemos en tantas partes del mundo, azuzadas deliberadamente
por quienes desean ferviente regresar al poder, concitan tanta participación.


 Más que revoluciones y transformaciones
radicales, que ya sabemos a dónde conducen, precisamos reformas razonables,
reformas serias, reformas diseñadas y pensadas para las personas, hablando con
las personas. En efecto, las políticas moderadas son políticas de progreso
porque son políticas reformistas. El reformismo auténtico, según mi parecer,
parte de una aceptación sustancial de la realidad presente para mejorarla
sustancialmente con la aportación de los ciudadanos. Pero esta aceptación no es
pasiva ni resignada. Lejos de actitudes nostálgicas o inmovilistas, percibo las
estructuras humanas como un cuadro de luces y sombras. De ahí que la acción
política se dirija a la consecución de mejoras reales, siempre reconociendo la
limitación de su alcance. Una política que pretenda la mejora global y
definitiva de las estructuras y las realidades humanas sólo puede ser producto
de proyectos visionarios, despegados de la realidad de la gente. Las políticas
reformistas son ambiciosas, porque son políticas de mejora, pero se hacen
contando con las iniciativas de la gente –que es plural- y con el dinamismo
social.


El
reformismo político tiene una virtualidad semejante a la de la virtud
aristotélica, en cuanto se opone igualmente a las actitudes revolucionarias y a
las inmovilistas. No se trata de una mezcla extraña o arbitraria de ambas
actitudes, es, en cierto modo, una posición intermedia, pero sólo en cierto
modo, porque no se alinea con ellas, no es un punto a medio en el trayecto
entre una y otra. Es algo distinto, bien distinto.


La
política inmovilista se caracteriza, como es obvio, por el proyecto de
conservación de las estructuras sociales, económicas y culturales. Pero las
políticas inmovilistas admiten, o incluso reclaman cambios. Ahora bien, los
cambios que se hacen, se efectúan -de acuerdo con aquella conocida expresión
lampedusiana- para que todo siga igual, hoy parece que del gusto de tantos
gobernantes que no acaban de entender lo que es gobernar para todos.


El
reformismo, en cambio, aceptando la riqueza de lo recibido, no entraña su plena
conformidad, sino que desea mejorarlo efectivamente, no haciendo cambios para
ganar una mayor estabilidad, sino haciendo cambios que representen o conduzcan
a una mejora auténtica –por consiguiente, a una reforma real- de las
estructuras sociales, o dicho en otros términos, a una mayor libertad,
solidaridad y participación de los ciudadanos. Hoy, ni reformas razonables ni
serias, se hacen cambios al margen de la ciudadanía o tantas veces contra la
ciudadanía. Su consecuencia: se está creando un caldo de cultivo óptimo para el
estallido social que hábilmente conducido y provocado por los de siempre, nos
puede llevar de nuevo a la pobreza general, no de los lideres revolucionarios.
Ellos, como demuestra la historia, y por estos pagos lo comprobamos a diario,
usan la miseria ajena para vivir opíparamente. La historia se repite.


Jaime
Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Un "nuevo" aniversario de la Constitución de 1978

La Constitución de 1978 sigue vigente, al menos formalmente.
Que se cumpla su contenido es otra cosa porque parece que últimamente el
ambiente cainita y maniqueo que se observa no solo en la política sino en
tantas expresiones de la actividad humana intenta arruinar algunas de las más
importantes conquistas que trajo consigo la vuelta de la democracia a España.
Por eso, ahora que nos acercamos a su cuarenta y un aniversario y  a la liquidación de su letra y su espíritu,
es buen momento de recordar algunos de los valores y principios sobre los que
se sustenta la más longeva de nuestras Constituciones.


Efectivamente, el  espíritu de consenso, hoy hecho añicos,  se puso particularmente de manifiesto en la
elaboración de nuestro Acuerdo Constitucional. Muchos de nosotros podemos
recordar con admiración la capacidad política, la altura de miras y la
generosidad que presidió todo el proceso de elaboración de nuestra constitución
de 1978. Una vez más se cumplió la máxima de Dahlmann: “En todas las empresas
humanas, si existe un acuerdo respecto a su fin, la posibilidad de realizarlas
es cosa secundaria...”. Hoy, gracias al tesón y al esfuerzo de aquellos
españoles que hicieron posible la Constitución de 1978, la consolidación de las
libertades y el compromiso con los derechos humanos son un inequívoca realidad
entre nosotros aunque, no lo olvidemos, el populismo y la demagogia intentan,
de una u otra manera y ahora con bastante éxito,, el regreso al autoritarismo.


          Ahora que se se está
fraguando su vaciamiento podemos preguntarnos sin miedo, ¿cuál es la herencia
entregada en aquel momento constituyente, cual es el legado constitucional?.
Muy sencillo:  un amplio espacio de
acuerdo, de consenso, de superación de posiciones encontradas, de búsqueda de
soluciones, de tolerancia, de apertura a la realidad, de capacidad real para el
diálogo que, hoy como ayer, siguen fundamentando nuestra convivencia
democrática por más que algunos piensen que la clave está en cimentar sobre el
resentimiento y la confrontación.


Este espíritu al que me refiero -de pacto, de acuerdo, de
diálogo, de búsqueda de soluciones a los problemas reales- aparece cuando de
verdad  no cuando se busca denodadamente
la poltorna o el poder,  sino cuándo se
piensa de verdad en los problemas de la gente, cuando detrás de las decisiones
que hayan de adoptarse aparecen las necesidades, los anhelos y las aspiraciones
legítimas de los ciudadanos, no la obsesión por el mando.


Por eso, cuando las personas, no los cargos,  son la referencia para la solución de los
problemas, entonces se dan las condiciones que hicieron posible la Constitución
de 1978: la mentalidad dialogante, no el unilateralismo; la atención al
contexto, no el prejuicio;  el
pensamiento compatible y reflexivo,  no
el pensamiento único y la imposición;  la
búsqueda continua de puntos de confluencia y la capacidad de conciliar y de
escuchar a los demás, no el desprecio, la cerrazón o la escucha de las
ambiciones tecnoestructurales.


Cuándo está presente la generosidad para superar las
posiciones divergentes  y la disposición
para comenzar a trabajar juntos por la justicia, la libertad y la seguridad
desde un marco de respeto a todas las ideas, entonces es posible un gobierno
realmente democrático.  Por eso, cuando
se trabaja teniendo presente la magnitud de la empresa a realizar y se practica
la tolerancia, cobra especial relieve el proverbio portugués que reza “el valor
crea vencedores, la concordia crea invencibles”. Hoy más de actualidad que nunca.


Jaime <rofríguez-Arana


@jrodriguezarana


Sobre los populismos

El populismo, tal y como se presenta en el tiempo en que
vivimos, presenta muchas caras, muchas expresiones. Sin embargo, a pesar de las
diferentes puestas en escena que ofrece, hay una serie de rasgos comunes que se
refieren a la retórica empleada, al liderazgo carismático y, sobre todo, a una
peculiar forma ideológica de entender la acción de gobierno más allá de políticas
concretas. Otro rasgo que caracteriza a los populismos es su crecimiento en
períodos de gran contestación social y política, en momentos en los que se
pretenden construir nuevos espacios políticos dirigidos a reclamar aquellos espacios
de poder que las élites, dicen, han tomado para sí mismas, en detrimento del
pueblo soberano.


La estrategia de su actuación es sencilla. Hay que subrayar
con ocasión y sin ella los errores de los gobernantes de turno, que en este
tiempo no son pocos en tantas latitudes, aprovechar un cierto descontento que
reina en tantas sociedades a causa de las desigualdades sociales y orquestar
con profesionales de la subversión y la agitación y la propaganda en redes
manifestaciones y revueltas que se van contagiando de un país a otro.  


Ordinariamente, la emergencia de los populismos tiene relación
directa con la existencia de líderes que muestran una especial capacidad para
conectar con la gente normal: dirigentes dotados de una sorprendente
sensibilidad para comprender los problemas reales de los ciudadanos a partir de
una excepcional capacidad de persuasión. Para que germine el populismo es
menester que los representantes de los partidos tradicionales, a causa de su
incapacidad para hablar directamente al pueblo y de su responsabilidad en la
crisis y corrupción reinantes, estén en procesos de pérdida de popularidad. Y,
sobre todo, que se resistan a los cambios buscando denodadamente perpetuarse en
el poder. No digamos si cometen la torpeza de dar alas a la represión de
manifestantes y a la detención de los cabecillas. 


Casi todos los populismos actuales coinciden en su unánime
clamor de democracia real. El problema aparece cuándo el populismo popular,
valga la redundancia, no responde al cliché, al estereotipo diseñado por sus intelectuales
de salón. En efecto, hay movimientos sociales y políticos de corte popular de
donde proceden las demandas y reclamaciones del pueblo referidas a la mejora de
la democracia, al aumento de la participación, a las protestas contra, por
ejemplo, las leoninas condiciones de las hipotecas, las subidas de las tarifas
de ciertos servicios públicos, el uso del metro, las subvenciones a la
gasolina… o a la necesidad de que los partidos y los sindicatos se abran de
verdad a la democracia. Y hay un populismo ideológico:  el que se diseña en los gabinetes de los
intelectuales, aquel desde el que se pretende imponer las preferencias y gustos
de esa tecnoestructura de la agitación y la propaganda que tan buenos réditos
obtienen en situaciones de creciente indignación popular.


El populismo es un fenómeno que hay que estudiar con rigor,
en especial la categoría y magnitud de las reclamaciones que realmente proceden
del pueblo, no de esas minorías adiestradas en el dominio y la manipulación
social, obsesas de los moldes y clichés prefabricados, que usan al pueblo sin
problema alguno a su antojo. La realidad de las revoluciones nos enseña cual ha
sido la conducta de sus líderes y el tipo de vida que llevaron.


En fin, el populismo que resurge en este tiempo tiene una
componente reivindicativa que se debe analizar a fondo. No sólo para evitar que
quienes aspiran a canalizar tales reclamaciones terminen utilizándolas en su
propio beneficio, sino para que alimenten las decisiones del parlamento, de los
gobernantes y de los jueces,  pues si la
democracia es de verdad el gobierno del pueblo, por y para el pueblo, pienso
que hoy tenemos que buscar las técnicas, las instituciones y los procedimientos
que permitan que en el corazón de las decisiones públicas, y también de las
privadas, este presente, cada vez con más fuerza e intensidad,  la centralidad de la dignidad del ser humano y
todos y cada uno de sus derechos fundamentales. Casi nada.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Un nuevo muro

En estos días
pasados hemos conmemorado la histórica caída del Muro de Berlín y lo que ello
debió traer consigo. Hoy, sin embargo, de nuevo ante todos nosotros en tantas
latitudes, un nuevo muro de demagogia, populismo y uso deliberado de la
violencia para subvertir como sea el orden establecido.


Probablemente ya muchos de
nosotros nos hayamos olvidado de que en 1989 se desplomó una de las más
formidables barreras que dividió implacablemente el mundo en dos partes: el
llamado Muro de Berlín. En 1989, como antes en 1789 y como ahora con la
irrupción del uso alternativo del descontento, se produjeron sorprendentes
transformaciones que, de ninguna manera, llegaron por generación espontánea. En
los tres supuestos: revolución francesa, caída del muro y revueltas sociales
ahora, se intentó modificar el curso del tiempo. La revolución francesa, que
tantas esperanzas e ilusiones despertó en su momento, me parece que ha tenido
mucho que ver con el imperio de esa racionalidad cerrada y unilateral que hoy
denominamos reino de lo políticamente correcto. La caída del muro de la
vergüenza, sin embargo, suscitó, hace bien poco, un espacio de compromiso
radical con los derechos humanos del que, afortunadamente todavía vivimos. La
caída del muro de Berlín se produjo real y verdaderamente hacia un lado y hacia
el otro. Dejó al descubierto, por una parte, un mundo de ataque sistemático a
la dignidad humana y de sistemático terror estatal y, por otro, quedó más
patente la podredumbre que se esconde en el más rancio individualismo que sólo
aspira a subrayar lo material, el confort, el lujo, la exclusión o la
prepotencia. Por eso el muro cayó a la izquierda y a la derecha.


Hoy, en pleno auge del populismo
en diferentes países, vuelven al candelero el pensamiento bipolar y los
esquemas de confrontación y enfrentamiento que tuvieron su momento en los
mejores tiempos de las ideologías cerradas. Hoy, por mor de la incapacidad de
implementar reformas en el sistema de la democracia representativa, por la
práctica de capitalismos fundamentalistas, por la creciente corrupción, y por
la ausencia de compromiso genuino con los valores democráticos de no pocos
dirigentes que se apoltronan en el poder, la indignación se instala en el ánimo
de muchos millones de personas y el populismo ha terminado por conducir y
manejar el descontento general.


Ordinariamente, quienes toman
estos derroteros del radicalismo y la ideologización lo hacen porque tienen la
convicción de que disponen la llave que soluciona todos los problemas, porque
piensan que son dueños del resorte mágico que cura todos los males. Esta
situación deriva normalmente de pensar que se posee un conocimiento completo y
definitivo de la
realidad. Para los populistas, la consecuencia de sus postulados
es una acción política decidida que ahoga la vida de la sociedad y que cuenta
entre sus componentes con el uso de los resortes del control a que someten al
cuerpo social.


Pues bien, ante la vuelta de
las ideologías cerradas, ante el avance del populismo, es menester diseñar
políticas moderadas, centradas en la mejora integral de las condiciones de vida
de las personas. En fin, desde la moderación, desde la contemplación de la
realidad tal y como es, resulta más fácil pensar en la política como servicio
al interés general. Es más sencillo porque así es posible liberarse de la
esclavitud de la ideología cerrada, de esa cerrazón para ver la realidad que
atenaza a quienes se empeñan por atarse a perspectivas de una única dirección.
La realidad hay que conocerla, respetarla y mejorarla. La moderación, en
definitiva, invita a nuevas maneras, a nuevos estilos de hacer política, mucho
menos radicalizados; fundamentalmente mucho más comprometidos con los problemas
reales de todos los ciudadanos. Estamos a tiempo de que no se plante un nuevo
muro que dividirá de nuevo el mundo. Ojalá que no lleguemos tarde.


   Jaime Rodríguez-Arana


Catedrático de Derecho
Administrativo


Libertad de escuela

Los poderes públicos
garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la
formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.
Esta frase no es de un Padre de la Iglesia, ni de una Encíclica papal o de
algún profesor de Teología o de Moral. Es, lisa y llanamente, lo que dice la
Constitución española de 1978 en el artículo 27.3.


Tal precepto, que obliga
a todos, Poderes públicos y ciudadanos, además de reconocer un derecho
fundamental de la persona por ubicarse dónde sistemáticamente se trata de los
derechos humanos, obliga, manda al Ministerio de Educación hacerlo efectivo de
acuerdo con la función promocional que establece, además, en general, la Carta
Magna en el artículo 9.2.


Garantizar es hacer
posible, facilitar, poner los medios para, algo que está obligado a hacer,
insisto, por mandato constitucional, el Ministerio de Educación. Es tan claro
que no haría falta recurrir a las técnicas de interpretación jurídica. Sin
embargo, la ceguera que produce la ideología, el miedo a la libertad es de tal
envergadura, que conduce, no solo a negar la realidad, que ya es algo grave,
sino a tachar de fascistas y otras lindezas más, a quienes defienden la
Constitución. Tal proceder no es nuevo en la historia pues la lucha entre la
libertad y la intervención ha sido una conste en la historia de la humanidad.


A Alexis de Tocqueville
debemos las mejores reflexiones sobre lo que él denominaba despotismo blando.
Un fenómeno, bien actual, que consiste en la tenaz y persistente voluntad de
los gobernantes por apropiarse de la vitalidad de la realidad a partir de una
unilateral, exclusiva y excluyente forma de interpretar en cada momento el
interés general. El interés de todos, como es bien sabido, el fomento del
pluralismo, en una democracia normal debería discurrir por los amplios caminos
del bienestar integral de los ciudadanos y no por el capricho o conveniencia de
los que mandan en cada momento que, como es el caso, aspiran a imponer un modelo
educativo determinado cercenando la libertad y un derecho fundamental como es
el reconocido en el artículo 27.3 dela Constitución de 1978.


En efecto, la libertad de
expresión se tolera mientras se discurra por los benéficos caminos del
pensamiento único, la libertad de educación tropieza con el intento constante
de burocratizar los procedimientos de selección de alumnos en los centros
concertados, la libertad de religión se viola continuamente con desmesurados
alegatos al silencio de la Iglesia cuándo manifiesta sus puntos de vista sobre
temas morales. Eso sí, se hace una interesada interpretación del artículo 9.2
de la Constitución para promover la “libertad y la igualdad”, no de todos como
manda el precepto de la Carta Magna, sino de determinados colectivos aliados de
la tecnoestructura, a los que no se duda en conceder privilegios y
prerrogativas sin cuento mientras se discrimina sin problema alguno a quienes
no se doblegan ante los designios del poder.


En fin, que están los
tiempos para recordar lo que Friedman escribiera nada menos que en 1955 cuándo
afirmó que al Estado compete el aseguramiento y financiación de la educación,
pero no su gestión, que debería ubicarse en las mejores manos posibles. A su
entender, financiación y gestión debieran separarse, para lo que propuso una de
las mejores medidas para garantizar la libertad educativa, no siempre
entendida: el cheque escolar.


¿Saben ustedes, queridos
lectores, por qué el cheque escolar tiene tan mala prensa en general?.
Sencillamente, porque al  facilitar que
quienes no tienen medios económicos suficientes puedan elegir la escuela de su
preferencia, se fomenta la excelencia y la sana competencia y la oferta plural
de centros de enseñanza de manera que las autoridades públicas educativas
intervencionistas y los sindicatos de profesores corporativistas acaban
perdiendo el control del que tanto gustan en orden a garantizar ese rancio
igualitarismo que penaliza el esfuerzo y tacha de individualismo insolidario
cualquier intento de salirse de la mediocridad imperante.


Cincuenta años después,
en 2005, Friedman opinaba que “tarde o temprano algún Estado implantará el
cheque escolar en todo su territorio; entonces la competitividad de los
colegios se pondrá al servicio de la libertad de elección de los padres y se
demostrará que es capaz de revolucionar la enseñanza”.  En algunos países, incluso en naciones
intervencionistas, ya está empezando a ocurrir. Mientras tanto, si no apostamos
con valentía por la libertad, seguiremos en el reino de la mediocridad, o, lo
que es lo mismo, en el espacio del temor a la libertad y en el reducto del
pensamiento plano, del pensamiento único. Garantizar el derecho de los padres a
elegir la educación moral y religiosa de su preferencia no es una quimera, es
una obligación constitucional que puede y debe demandarse ante los Tribunales.
Y, desde luego, negar ese mandato que pesa sobre los Poderes públicos de hacer
efectivo ese derecho, un claro y rotundo incumplimiento de nuestra Carta Magna.
Ni más ni menos.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


POPPER y la TV

El pasado día 21 se celebró el día mundial de la
televisión. Con tal motivo recordé que el famoso Karl Popper al fallecer años
atrás, a finales del siglo pasado, se encontraba trabajando nada menos que en
un ensayo sobre el control de la televisión.


Popper fue sin duda una de las grandes figuras del liberalismo, uno de los filósofos más importantes que ha
dado el siglo XX. No solo en lo que se refiere a la filosofía de la ciencia
sino en el ámbito de la filosofía política en el que ha sido bien conocido por
su defensa de la sociedad civil frente a todo totalitarismo, y cuya obra
emblemática ha sido su nunca bien ponderada "La sociedad abierta y sus
enemigos", hoy de gran actualidad por las amenazas crecientes e inquietantes que se
ciernen, en algunos casos realidades, sobre la vitalidad del tejido social y
sobre la libertad de las personas.


Es bien sabido que el pensamiento de Popper bascula en torno a la
defensa a ultranza de la democracia, de la tolerancia y del respeto a la persona.
Pues bien, como se ha demostrado, su último ensayo giró en torno a la degradación de la televisión: tema
no exento de polémica, pero que, en el momento presente, me parece que no es
baladí que lo seleccionara como objeto de su reflexión crítica.


Karl Popper, tras criticar esa idea tan extendida de que se debe ofrecer a la
gente lo que la gente pide, aprovechó su obra póstuma para advertirnos sobre el peligro que encierra
para la democracia la falta de control de la televisión: "la democracia
consiste en poner bajo control al poder político. No debe haber ningún poder
político incontrolado en una democracia. Ahora que resulta que la televisión se
ha convertido en un poder político colosal, potencialmente se puede decir que
es el más importante de todos (...). Y así será si continuamos consintiendo
este abuso (...). Una democracia no puede existir si no pone bajo control a la
televisión..." Y ese control, cada vez más necesario, se encuentra en la
propia dignidad de la persona y, lo que es más importante, en que de una vez y
sin miedo transmitamos seriamente los valores a la juventud, subrayando el respeto a las ideas de los
demás, la
tolerancia  y el compromiso con la verdad. Casi nada.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


La corrupción, de nuevo

La figura de la
Hydra de Lerna es un buen símbolo de la potencia e intensidad de la corrupción.
Como sabemos por la mitología griega, Hércules, encargado de terminar con el
terrible animal, tuvo muchas dificultades a causa de sus múltiples cabezas y
del veneno que supuraba cada vez que se aniquilaba una de ellas. Cada vez que
Hércules cortaba una de dichas cabezas, surgían dos nuevas por lo que tuvo que
pensar en algún sistema diferente a los empleados hasta el momento. Así, con el
concurso de su sobrino, cada vez que cortaba una de las cabezas de la Hydra
utilizaba trapos ardientes para quemar los cuellos decapitados. Hércules, como
cuenta Apodoloro, cortaba las cabezas y su sobrino quemaba los cuellos
degollados y sangrantes. Finalmente, Hércules acabó con la última cabeza del
animal aplastándola debajo de una gran roca. Acto seguido, Hércules bañó su
espada en la sangre derramada y después quemó las cabezas cortadas para que
jamás volvieran a crecer. En fin, un método nada convencional pero efectivo que
conjugó la potencia de Hércules con la inteligencia de su sobrino.
Probablemente, la combinación de armas que se precisan para acabar con esta
terrible lacra social: contundencia e inteligencia.


En la
actualidad, en un mundo en profunda crisis y en acelerada transformación,
constatamos como esta lacra golpea con fuerza la credibilidad de las
instituciones y la confianza de la ciudadanía en la misma actividad pública,
también en la privada por supuesto. Es verdad, en estos dramáticos momentos de
la historia, la corrupción sigue omnipresente sin que aparentemente seamos
capaces de expulsarla de las prácticas políticas y administrativas. Se
promulgan leyes y leyes, se aprueban códigos y códigos, pero ahí está,
desafiante y altiva,  uno de los
principales flagelos que impide el primado de los derechos fundamentales de la
persona y, por ende, la supremacía del interés general sobre el interés  particular. 
Ante nosotros, con nuevos bríos y nuevas manifestaciones, de nuevo la
corrupción, amparada, es una pena, por una legión de políticos y administradores
que han hecho del enriquecimiento económico y la impunidad un modus vivendi
prácticamente inexpugnable.


Si admitimos la
existencia de un derecho fundamental de la persona, un derecho humano a una
buena Administración pública, 
caracterizada por la justicia, la equidad, la imparcialidad y la
racionalidad, entonces la perspectiva de análisis de la corrupción va a
depender del grado de percepción social de este fenómenos y de las
posibilidades reales de reacción general de la ciudadanía ante los ilícitos
penales y administrativos que se perpetren, por acción u omisión, en la
actuación de los funcionarios públicos y autoridades políticas. Este es, me
parece, la dimensión fundamental del problema. Si el pueblo no tolera la
corrupción, la batalla estará ganada, tarde o temprano. Pero si la corrupción
no es más que el reflejo de una sociedad enferma, entonces la medicina no es
sencilla y es menester que crezca el temple y cultura cívica de la ciudadanía,
al final la destinataria de las políticas públicas.


Los datos de la corrupción que conocemos  manifiestan algo que es obvio a poca
información y experiencia que se tenga en el trato con el mundo político o
empresarial. La corrupción es siempre cosa de dos, y a veces la corrupción es
solicitada desde el sector privado y en otras ocasiones desde el sector
público.  En realidad, cuándo la
población expresa un sentimiento tan generalizado, es porque además de la
corrupción evidente percibe otro ambiente de corrupción si se quiere más grave
y perniciosa. La corrupción blanca o gris, aquella que no es siempre es
formalmente ilegal o que no siempre se puede probar en un proceso judicial. Son
los casos de acosos sutiles en el trabajo, las formas de esclavitud laborales
producidas por salarios inhumanos, la compraventa de favores a determinados
niveles, o, entre otras prácticas, el uso del poder para amedrentar y laminar.


En este contexto, como es lógico, la corrupción ha florecido
y se ha desarrollado con una gran intensidad. Una corrupción que está en la
base de la crisis económica y financiera y que se debe extirpar si es que
queremos de verdad que las cosas cambien sustancialmente. Para ello, los
dirigentes de los partidos deberían empezar a sentar acuerdos que impidan el
control de determinadas instituciones, que fomenten la democracia interna, que
reduzcan notablemente el número de asesores y personal de confianza y, sobre
todo, que, de una vez se conviertan en representantes de los electores, no del
jefe de filas.


La corrupción en España es una de las principales causas del
desapego y desafección de la ciudadanía en relación con la política y con los
políticos, con los negociantes y con el mundo de los negocios. No hay que ser
muy inteligente para caer en la cuenta de que esta terrible lacra social está
minando los fundamentos del sistema político mientras unos y otros, políticos y
financieros en general, no se atreven a proponer y adoptar las medidas que la
situación reclama y que la población exige enérgica y unánimemente.


Estos días, de
nuevo, un Tribunal ha probado prácticas corruptas en el seno de una
Administración autonómica con el fin de urdir una trama de compra de votos
condenado ejemplarmente a presidentes autonómicos y a varios altos cargos.  Meses antes, otro Tribunal alertó sobre las
prácticas corruptas al interior de un partido político como consecuencia de
ciertos comportamientos corruptos de empresarios y dirigentes de la formación. 


Un reciente informe de la Universidad de Barcelona resalta
con toda razón que la principal arma en la lucha contra esta terrible lacra
social es la transparencia. Una propiedad y característica que todavía entre
nosotros brilla por su ausencia. Ni hay registros de lobbies, ni las agendas de
los políticos están, en términos generales, a disposición de los ciudadanos.
Todo lo más se hacen retoques en las webs, en la información oficiosa, que
cuando pasa el huracán mediático pasan a mejor vida. Hasta la presidenta de la
oficina de transparencia y acceso a la información ha tenido que reconocer que
la trasparencia en general brilla por su ausencia en nuestro país.


También se recuerda en el informe del Instituto de Economía
de la Universidad de Barcelona que es muy importante una prensa libre y un
poder judicial independiente. Por supuesto. Pero lo más importante es que los
hábitos y las cualidades democráticas sean firmes y auténticos. De nada sirven
las normas y los procedimientos si todavía habita en la mente de no pocos
dirigentes una perspectiva controladora de la sociedad, una mentalidad de
propietarios y soberanos de los asuntos públicos. Las cosas, afortunadamente,
han cambiado, y mucho. Es más, la población, afortunadamente, ya no tolera la
opacidad, la prepotencia y la altanería política y cuándo tiene ocasión lo
expresa como puede.


En fin, la corrupción no solo campa a sus anchas en los
países en desarrollo. En España, por ejemplo, la ciudadanía, con razón, está
que trina y dispuesta a enseñar la puerta de salida a tantos y tantos políticos
como en estos años se han caracterizado por generar espacios de impunidad y por
mirar para otro lado mientras se perpetraba una de las más grandes estafas que
imaginar se pueda y cuya factura se pretendió cargar a las espaldas de quienes
nada tienen que ver con ella.


En fin, la lucha contra la corrupción no es solo cuestión de
leyes y normas, ni tampoco es cuestión únicamente de palabras y gestos. Supone,
y no es fácil conseguirlo en poco tiempo, borrar ese magma viscoso y putrefacto
que desprenden estas prácticas con conductas y comportamientos que manifiesten
servicio y respeto a los ciudadanos. Necesitamos otras formas de hacer y de
estar en política. Y de forma urgente.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Resumen de privacidad

La página web de Jaime Rodríguez - Arana utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.
Asimismo puedes consultar toda la información relativa a nuestra política de cookies AQUÍ y sobre nuestra política de privacidad AQUÍ.