El centro y la Administración pública (I)
La constitución de 1978, que define la Administración como una
organización que sirve con objetividad intereses generales (Artículo 103.1 CE),
nos recuerda que las reformas administrativas deben levantarse en función de
las personas y no en función de los intereses burocráticos. ¿Por qué?. Porque,
como también señala la Constitución, corresponde a los poderes públicos
-artículo 9.2 CE- promover las condiciones para que la libertad y la igualdad
del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas;
remover los obstáculos que impiden o dificulten su plenitud y facilitar la
participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural
y social.
En efecto, el Estado vive un momento de tránsito que se viene prolongando
el tiempo suficiente para considerar el cambio como algo permanente y, en
consecuencia, la capacidad de adaptarse a él como un auténtico rasgo
definitorio del Estado moderno. En este sentido, el propio futuro del ejercicio
democrático del poder pasa necesariamente, por hacer de su capacidad de
adaptación a los cambios, una condición esencial de su propia existencia.
La ingente tarea que supone este aspecto de la vida pública requiere
profundizar en las ideas que lo sostiene: asegurar las libertades reales de la
ciudadanía. Desde el espacio del centro político, la Administración pública
aparece como uno de los elementos clave para asegurar que las aspiraciones de
los españoles puedan hacerse realidad, por lo tanto: ni nunca podrá ser un
aparato que se cierra a la creatividad, o la impida con cualquier tipo de
trabas, ni tampoco podrá dejar -especialmente a los más débiles- al arbitrio de
intereses egoístas.
El modelo centrista de Administración pública apuesta por la libertad,
que es apostar por la sociedad, por confiar en el ser humano, por confiar en la
capacidad, en las energías, en concreto, en la creatividad de los españoles,
que ha tenido y debe seguir teniendo, a pesar de los pesares, a pesar de la
actual situación, amplia cabida en la historia.
El pensamiento compatible de centro, permite que al tiempo que se hace
una política de impulso de la sociedad civil, no haya compuertas que limiten
una acción de la Administración que asegure
la libertad de disfrutar, por ejemplo, de una justa y digna jubilación de
nuestros mayores, que limiten la libertad de disponer de un sistema de salud
para todos, que recorten la libertad de que todos tengan acceso a la educación
en todos sus niveles, o acceso a un puesto de trabajo, o sencillamente a
disfrutar de la paz. Aquí reside el sentido de la Administración pública que
queremos desde el centro.
Por eso, la Administración debe ser un entorno de entendimiento, y un
marco de humanización de la realidad que fomente el objetivo constitucional
central “la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son
inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los
derechos de los demás” (Artículo 10.1 CE).
Por tanto, el aparato administrativo debe promover las condiciones para
que todos los españoles sin excepción podamos ejercer con mayor calidad
nuestras libertades, teniendo también presente que la Administración también
debe estar próxima, cercana a la gente en un ambiente de real descentralización
(Artículo 103.1 CE) teniendo presente que la programación y ejecución del gasto
público debe responder a los criterios de eficiencia y eficacia (Artículo 31.2
CE).
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La conquista de la libertad
Desde la
Constitución de 1978 disfrutamos en España de un marco de
libertades como nunca en nuestra historia se ha contemplado. Y sin
embargo no podemos dejar de constatar el sentir que late
permanentemente en el corazón del ser humano, una aspiración a una
más amplia y cumplida libertad, hoy más actual que nunca. Este
mismo sentir en determinadas épocas, ene este tiempo por supuesto,
y en algunas capas de la población, incluso a veces en amplísimas
capas de la población, se llega a sentir como una necesidad
colectiva y urgente. Hoy, frente a la operación de división y
fraccionamiento social en marcha, la reivindicación de espacios de
no dominación, de espacios de libertad es más importante pues nos
enfrentamos a una ola de intervencionismo y populismo como pocas
veces hemos tenido entre nosotros..
Nuestro
sistema democrático satisface esa aspiración de libertad política,
pero no podemos dejar de interrogarnos y de procurar horizontes en
los que gocemos de más libertad. ¿Es esto posible? Casi con
seguridad que sí. Afirmar que hemos llegado a tal grado de libertad
que no se hace posible progreso alguno, que no cabe una ampliación
del ámbito de nuestras libertades, significaría haber sentenciado
el fin de la historia, el punto final del progreso humano, el
estancamiento y la esclerotización del ser humano. Pero está claro
que hay mucho por hacer y que la capacidad creativa de los hombres se
nos manifiesta como insondable, especialmente en unos momentos en que
las libertades de quienes no están alineados con la tecnoestructura
corren serio peligro.
Los
espacios de moderación, hoy fuera de juego, significan nuevas
oportunidades, oportunidades también para la libertad, para ser más
libres, pero tenemos que conseguir ser todos más libres, todos. Esa
es una conquista que tenemos que hacer también entre todos,
incorporando los nuevos espacios a nuestro personal ámbito vital,
existencial, al ámbito de nuestras vivencias concretas, de modo que
se enriquezcan nuestras experiencias, nuestras relaciones personales,
nuestras amistades, nuestros referentes culturales, etc., etc., no
sólo el ámbito de negocios de los emprendedores económicos. Como
decía Clara Campoamor, a ser libres, como a tantas cosas en la vida,
se aprende ejerciendo la libertad todos los días, y varias veces..
De lo contrario, otros, nos sustituirán, como ahora acontece, y nos
dirán hasta como hay que ser “libres”. A diario lo
experimentamos inmersos en esta colosal operación de manipulación y
control social en la que estamos instalados desde hace tiempo.
Jaime
Rodríguez-Arana
@jodriguezarana
Libertad e ideologías cerradas
La libertad ha sido y es en
Occidente -y podría quizás decirse hoy que en el mundo entero- uno
de los valores clave que ha guiado la vida política a lo largo de
todos los tiempos, pero de forma particularmente intensa y consciente
en los dos últimos siglos. Es más, hay autores que han considerado
que la historia universal no es más que una historia de la lucha de
los individuos y los pueblos por la consecución de su libertad.
El liberalismo afirma que la
libertad es sólo libertad del individuo y que no puede ser de otra
manera, ya que el ámbito propio de la libertad está en la
conciencia y en la voluntad del individuo. Por lo tanto toda
pretensión de conseguir libertades colectivas o la búsqueda de una
libertad abstracta, social, desligada de la realidad concreta,
singular, desligada del individuo, que es el hombre realmente
existente, es una entelequia. La libertad no es más que las
libertades de cada uno, individualmente.
La
aplicación de los criterios liberales a la vida social, en la
búsqueda de la absoluta libertad del individuo, fue ocasión para
los horrores de la explotación del capitalismo inicial, de los que
son representación aquellas estampas inglesas del siglo XIX, en las
que la miseria hace presa en los poblados y extensos suburbios de
las grandes capitales industriales. En buena parte, en aquella
evidencia está la explicación de universales reacciones contra los
abusos del capital, que lleva a paulatinas correcciones de los
criterios políticos liberales, y también al nacimiento de nuevos
modos de entender la vida política y social, particularmente del
socialismo. Hoy,
sin embargo, también el liberalismo excaerbado, aparece, y con
fuerza, bajo formas de populismo bien conocidas.
La
libertad para el socialismo consiste en la liberación de una
opresión, de una alienación. No hay ni puede haber nadie libre
mientras exista una estructura opresiva, y la estructura opresiva
fuente y origen de todas las demás es la propiedad privada, por
ello la tarea revolucionaria consiste en abolirla. La conquista de
la libertad social preconizada por el socialismo se hizo a costa de
las libertades reales, los derechos y las vidas de las personas y
desde el poder despótico y tiránico de Lenin y Stalin y de la
gerontocracia que los sucedió. Hoy,
sin embargo, de moda bajo el ropaje populista en tantas latitudes,
también en estos lares.
El espanto
ante la tragedia de la experiencia comunista llevó a
rectificaciones bien tempranas en las mismas filas del socialismo,
produciéndose ya a principios de siglo XX,
en Alemania, la abdicación de algunos de los principios
fundamentales del pensamiento marxista-leninista, para intentar
salvar, desde los principios socialistas las libertades que el
régimen democrático liberal había traído.
Frente al exarcebado
individualismo que promueve el liberalismo, a cuyo amparo se
establecen explotaciones inhumanas de los trabajadores que dividen
irremediablemente el cuerpo social; y frente a la uniformización
colectivista propiciada por el comunismo, que arrasa la identidad de
los pueblos, surge el nacionalsocialismo y el fascismo, para los que
la libertad no es un bien individual ni universal, sino nacional.
Para el fascismo el sujeto histórico único es la nación, y la
única libertad posible y concebible es la libertad de la nación
construida sobre el pedestal de su grandeza y su poder.
La conciencia clara de las
brutalidades del nacismo y la derrota bélica del fascismo barrieron
del mapa político, de modo inmediato en los países derrotados, y
con más o menos celeridad en los países que no participaron en la
contienda, los esquemas ideológicos sobre los que se habían
establecido aquellos regímenes de opresión. De tal suerte que ya
sólo se pudo llamar fascista -en un notorio abuso político de la
expresión-a los comportamientos más o menos autoritarios o a las
exaltaciones de carácter nacionalista.
Por último, el
derrumbamiento del muro comunista hizo ver a las claras, a quienes
aún no lo habían percibido, el yermo económico y social al que
Rusia y los países satélites habían sido reducidos con la
aplicación de la política soviética.
¿Significa
esto que las ideologías han muerto?. Así
debería ser pues la experiencia histórica es bien palmaria: la
explotación capitalista, originada en el descarnado pragmatismo e
individualismo; la devastación del nacismo y el fascismo, producto
de un feroz nacionalismo; la opresión inmisericorde del comunismo.
Sin
embargo, ante la colosal manipulación y control social que hoy
domina el
mundo,
las ideologías cerradas han vuelto de
la mano de una colosal operación de control y dominación social.
Otra vez habrá que empeñarse en la lucha por la libertad y los
derechos humanos. Que poco aprendemos del pasado.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La familia y los hijos
Los hijos,
como sabemos, no son sólo un bien para sus padres sino para la
sociedad en su conjunto. Por eso, tanto las empresas como el propio
Estado deben colaborar para que el “trabajo” que supone la
atención de los hijos no recaiga única y exclusivamente sobre la
familia, y más en concreto en las madres. Es más, una de las
conquistas de la liberación de la mujer pasa porque “libremente”
puedan elegir su papel de madre de forma razonable.
En efecto.
En el marco de la familia, el coste de sacar adelante a los hijos
trae consigo un coste en bienes de consumo, el coste de tiempo
utilizado para criarlos y, finalmente, un profundo coste de
dedicación personal que, su contexto de trabajo también fuera de
casa, no pocas veces ocasiona un coste de desgaste personal. El gasto
que se deriva de conceptos como alimentación, educación y otros
servicios como pueden ser las guarderías o el del servicio
doméstico, no es en absoluto nada desdeñable. Igualmente, el tiempo
que se dedica a la atención de los hijos también ocasiona un gasto
que, obviamente, implica una clara disminución de las rentas
asociadas al trabajo en el mercado. En estos casos, parece que está
demostrado que cuando el coste es elevado, fenómeno normal, tan sólo
un 20% de las mujeres están dispuestas a participar en el mercado
del trabajo mientras que a coste cero, cerca del 90% estarían
dispuestas a acceder a un puesto de trabajo.
En este
contexto, no parece que la solución pase únicamente por la
reducción de la jornada o por horarios de trabajo flexibles. Es
necesario que tanto las empresas como el Estado soporten también el
gasto que supone la atención a los hijos. Así, no es descabellado
pensar que las empresas participen financiando servicios de ayuda
familiar como instalación de guarderías en el centro de trabajo,
pluses para el pago de guarderías externas, oferta de puestos
flexibles, permisos parentales o la propia reducción de la jornada.
Los hijos, repito, son un bien social que interesa a todos preservar,
empezando por las propias empresas.
¿Y el
Estado?. El Estado también debe arrimar el hombro pues los hijos
son un bien social que repercuten positivamente, desde muchos
aspectos, en el funcionamiento del propio Estado. Por eso, el
Estado, debe asumir que debe colaborar en esta tarea bien
subvencionando directamente los costes, bien subvencionando a las
empresas que presten servicios de ayuda familiar o bien
subvencionando directamente a los padres y madres. Es cierto que en
todos los países aumenta la sensibilidad en esta materia y que
estamos en un contexto positivo de reducción de impuestos que debe
ir creciendo exponencialmente. Sin embargo, en los casos de familias
con escasa renta, la reducción fiscal se antoja insuficiente. En
estos casos debe analizarse con rigor la posibilidad de implantar el
llamado “salario paternal o maternal” que remunere el trabajo
reproductivo y le de un valor social equiparable a cualquier otro
trabajo productivo en el mercado.
El índice
de natalidad es hoy preocupante en todo el mundo. Las cargas muchas
veces están directamente relacionados con el aumento del coste
directo o indirecto que implica traer hijos a este mundo. Los
padres realizan uno de los mayores servicios públicos del tiempo
presente al criar a los hijos y la sociedad debe reconocer y
remunerar este trabajo en un contexto de igualdad a cualquier otro
trabajo productivo. Nos jugamos mucho en este asunto y estamos a
tiempo de ganar esta gran batalla. Pero para ello se precisa una
elevada sensibilidad social y un compromiso real con la liberación
de la mujer. Menos palabras, menos postureo, y más compromiso real
con las mujeres que deciden ser madres.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Una institución de equilibrio y armonía social
En un mundo
en continua y constante transformación, todas las instituciones y
categorías buscan contextos abiertos, complementarios, flexibles y
equilibrados en los que cada vez resplandezca con mayor intensidad la
persona como elemento central. Pues bien, si hay una institución
básica y fundamental para el desarrollo integral y equilibrado de la
persona, esa es la familia. Por supuesto, es el contexto familiar en
el que se adquieren las más elementales cualidades democráticas y
donde se aprenden las más elementales actitudes sociales.
¿Por qué
será que la familia es de las pocas instituciones que ha resistido,
los embates del
tiempo?.
¿Por qué será que sigue siendo la mejor escuela de valores y el
entorno en que mejor se aprende a preocuparse por los demás?. ¿Por
qué será que la familia es el mejor laboratorio de sensibilidad
social?. Probablemente porque, entre otras cosas, hasta ahora no se
conoce mejor entorno de humanización de la realidad.
En el
escenario familiar se trabaja a favor del entendimiento, con
mentalidad abierta y en un marco de profunda sensibilidad social. Sin
embargo, el pensamiento único que se vuelca sobre el individuo como
principio y fin de la realidad, la autoconciencia de uno mismo sin
atisbos de relación hacia el exterior y, sobre todo, el egoísmo
imperante hoy como consecuencia del individualismo que subyace al
discurso moral actual, lucha denodadamente por desnaturalizar la
familia hasta ponerla al servicio de una determinada concepción del
ser humano, cerrada, unilateral, plana y sin capacidad de generar
ambientes de equilibrio y de creciente humanización de la realidad.
Ciertamente,
el tiempo que nos ha tocado en suerte se caracteriza por una excesiva
valoración del individuo desconectado de la realidad. Por eso, me
parecen de gran interés, y actualidad las aproximaciones que nos
recuerdan que todo individuo es miembro de diversas comunidades e
instituciones entre las que la familia es de las más importantes, y
en las que se actualiza la libertad personal. En este sentido, uno de
los pensadores más célebres del momento, el catedrático de
sociología Amitai ETZIONI nos dice que “para que la exclusiva
persecución de intereses privados no erosione el ambiente social, el
individuo debe compartir, y en ocasiones someter sus intereses
privados a los intereses de las comunidades a las que pertenece”.
El
espejismo de la libertad absoluta no es, desde luego, patrimonio
humano. Lo humano, por esencia, se mueve en entornos fronterizos y se
realiza en contextos complementarios y compatibles. Por eso, la
familia ocupa un lugar central en la existencia humana y, por eso,
interesa a la colectividad que se potencie esa comunidad llamada
familia en la medida en que así se potencia una dimensión integral,
abierta y profundamente social de los ciudadanos.
Jaime
Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La función del Estado (II)
Las bases teóricas del Estado
del Bienestar , especialmente en su dimensión estática, fueron
criticadas por una serie de autores encuadrados en el llamado círculo
de Friburgo, entre los que destacan Walter Eucken, Ludwig Erhard o
Friedrich Von Hayek. Realmente, la importancia del pensamiento de
estos economistas, representantes de la economía social de mercado,
es muy grande y su actualidad innegable.
La economía social de mercado
no presupone una mayor intervención del Estado en la vida económica
y social; ni tampoco exige que los poderes públicos se abstengan de
intervenir en la sociedad o en la economía. Lo que resulta evidente
es que el papel del Estado debe cambiar para perseguir la cuadratura
del círculo, esto es, conciliar (si ello es posible) las que, a
juicio de Dahrendorf, eran las tres aspiraciones básicas de los
ciudadanos: la prosperidad económica mediante el aumento de la
riqueza, vivir en sociedades civiles capaces de mantenerse unidas y
constituir la base sólida de una vida activa y civilizada, y contar
con unas instituciones democráticas que garanticen la vigencia del
Estado de Derecho y la libertad política de las personas.
No es fácil compatibilizar
estas metas y con frecuencia la prosperidad económica se consigue a
costa de sacrificar la libertad política o la cohesión social.
Recientemente Giddens ha creído encontrar la forma de lograrlo a
través de la denominada tercera vía, que trata de superar los
planteamientos neoliberales y socialistas. El Estado no debe
retroceder ni puede expandirse ilimitadamente; simplemente debe
reformarse.
Según Eucken y la doctrina de
la economía social de mercado, el Estado debe limitarse a fijar las
condiciones en que se desenvuelve un orden económico capaz de
funcionamiento y digno de los hombres, pero no ha de dirigir el
proceso económico. En resumen: el Estado debe actuar para crear el
orden de la competencia, pero no ha de actuar entorpeciendo el
proceso económico de la competencia.
En cualquier caso, debe quedar
claro que esta transformación del modelo de Estado no afecta a los
objetivos sociales planteados por el Estado del Bienestar, que
incluso podrían ampliarse como consecuencia de una revisión del
propio concepto de bienestar. Desde el informe Beveridge (1942) hasta
la actualidad se adoptó un enfoque meramente negativo del bienestar,
que consistía en luchar contra la indigencia, la enfermedad, la
ignorancia, la miseria y la indolencia. Se trataba de una visión
eminentemente económica del bienestar y de las prestaciones
necesarias para su consecución.
Hoy parece
evidente la superación de esta visión. Las prestaciones o ventajas
económicas no son casi nunca suficientes para producir bienestar; es
además necesario promover simultáneamente mejoras psicológicas. Se
trata, como apunta Giddens, de alcanzar un bienestar positivo: en
lugar de luchar contra la indigencia se debe promover la autonomía;
en vez de combatir la enfermedad se debe prevenir su existencia
promoviendo una salud activa; no hay que erradicar la ignorancia sino
invertir en educación, no debe mitigarse la miseria, sino promover
la prosperidad, y finalmente, no debe tratar de erradicarse la
indolencia, sino premiar la iniciativa. Es
decir, plantear las cosas en positivo, algo hoy bastante infrecuente
como vemos a diario.
Jaime
Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Sedación y eutanasia
Con
frecuencia se confunde el derecho a una muerte digna, a una muerte
humana, con la eutanasia. La eutanasia consiste en provocar, en
buscar, directa o indirectamente, la muerte de un enfermo terminal.
La sedación, por el contrario, bien entendida y bien aplicada, lo
que persigue como su fin propio es el alivio de un síntoma
intolerable.
En
efecto, la sedación es la disminución del nivel de conciencia de un
paciente de manera deliberada, con el oportuno consentimiento,
mediante la administración de los fármacos indicados u en las dosis
adecuadas para evitar un sufrimiento insostenible causado por un
síntoma o síntomas refractarios.
La
doctora Menard, directora del departamento de oncología experimental
del Instituto del tumor de Milán, antigua defensora de la eutanasia
hasta que se le diagnostiicara años atrás un cáncer de huesos,
reconoce que quienes apoyan la eutanasia lo hacen porque no quieren
sufrir ni perder la autosuficiencia convirtiéndose en una carga para
los demás. Hoy en día, sin embargo, las técnicas de cuidados
paliativos reducen considerablemente el dolor y ordinariamente se
puede sobrellevar una enfermedad grave o terminal en condiciones
dignas.
Por
lo que se refiere a la ansiada autosuficiencia, el parecer de la
doctora Menard es digno de ser considerado: “si uno no está en
plenitud de facultades y no puede levantarse porque está tendido en
una cama, pero sigue contando con el afecto de sus familiares, en mi
opinión, incluso en esas condiciones, merece la pena vivir”.
En
la eutanasia hay ciertamente muchos mitos. Una reciente encuesta
realizada en Canadá, señala Silvye Menard, ofrece datos sobre
peticiones de eutanasia que realmente se refieren a pacientes que
están de acuerdo con la eutanasia, pero, por supuesto, para el
enfermo de la cama de al lado. La clave de la inhumanidad de la
eutanasia estriba precisamente en la progresiva tecnificación en que
se ha sumado también la medicina. En este sentido, la doctora
Menard, que ahora labora en un equipo que busca humanizar la
medicina, lo tiene claro: es necesario tener más presente al
paciente, con sus preocupaciones, preguntas e inquietudes. Cuando al
paciente la medicina lo abandona a su suerte y se convierte en un
número o un expediente que hay que despachar en el menor plazo de
tiempo posible, entonces empiezan los problemas.
Si
ponemos el acento en la humanización de la medicina, las cosas
pueden contemplarse desde otro punto de vista. Si en lugar de la
técnica o de los médicos, el centro de la medicina se coloca en
quien por derecho propio lo es: el paciente, entonces los cuidados
paliativos debieran consistir en lo que son: aliviar el sufrimiento y
no en buscar, directamente o indirectamente, la muerte del paciente
terminal.
Cuando
la sedación se plantea pensando en el bien del paciente, en su
dignidad y en el alivio de un dolor intolerable, ordinariamente no
debiera haber mayores problemas. Estos aparecen cuando esta cuestión
se mira desde la rentabilidad del esfuerzo del equipo médico, desde
la búsqueda de reducir el sufrimiento de la familia o desde los
criterios meramente economicistas. He aquí la cuestión.
Política y dignidad humana
Pareciera
que conforme han ido avanzando los primeros años del nuevo siglo se
ha ido perfilando con mayor claridad y se ha ido haciendo cada vez
más explícita una idea que ha estado siempre presente de un modo u
otro en el pensamiento democrático. El fundamento del Estado
democrático hay que situarlo en la dignidad de la persona. La
persona se constituye en centro de la acción política. No la
persona genérica o una universal naturaleza humana, sino la persona,
cada individuo, revestido de sus peculiaridades irreductibles, de sus
coordenadas vitales, existenciales, que lo convierten en algo
irrepetible e intransferible, en persona.
Cada
persona es sujeto de una dignidad inalienable que se traduce en
derechos también inalienables, los derechos humanos, que han
ocupado, cada vez con mayor intensidad y extensión, la atención de
los políticos democráticos de cualquier signo en todo el mundo. En
este contexto es donde se alumbran las nuevas políticas, que
pretenden significar que es en la persona singular en donde se pone
el foco de la atención pública, que son cada mujer y cada hombre el
centro de la acción política.
Este cambio
en el sentido de la vida política, cabría decir mejor, esta
profundización en su significado, se ha producido a la par que una
reflexión sobre el sentido y las bases del Estado democrático. Esta
reflexión ha venido obligada no sólo por los profundos cambios a
los que venimos asistiendo en nuestro tiempo. Cambios de orden
geoestratégico que han modificado parece que definitivamente el
marco ideológico en que se venía desenvolviendo el orden político
vigente para poblaciones muy numerosas. Cambios tecnológicos que
han producido una variación sin precedentes en las posibilidades y
vías de comunicación humana, y que han abierto expectativas
increibles hace muy poco tiempo. Cambios en la percepción de la
realidad, en la conciencia de amplísimas capas de la población que
permiten a algunos augurar, sin riesgo excesivo, que nos encontramos
en las puerta de un cambio de civilización.
Es una
reflexión obligada también por la insatisfacción que se aprecia en
los países desarrollados de occidente ante los modos de vida, las
expectativas existenciales, las vivencias personales de libertad y
participación. Y es una reflexión que nos conduce derechamente a
replantearnos el sentido de la vida y del sistema democrático, desde
sus mismos orígenes en la modernidad, no para superarlo, sino para
recuperarlo en su ser más genuino y despojarlo de las adherencias
negativas con que determinados aspectos de las ideologías modernas
lo han contaminado, contaminaciones que han estado en el origen de
las lamentables experiencias totalitarias del siglo pasado,
particularmente en Europa.
Por todo
ello, o la política vuelve a situarse en sus coordenadas realmente
democráticas, en la dignidad del ser humano, como principio y como
meta, o volverá a ser un espacio para la dominación, para la
confrontación y para el enfrentamiento continua, un ambiente de
discordia. Hoy, por lo que se ve, el horizonte vuelve al pasado pues
los actores políticos no se atreven a pensar en el bien general, en
el progreso real de los ciudadanos: todo lo más, aspiran a estar y
permanecer a como de luegar en la poltrona, como sea.
Jaime
Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Los cuidados paliativos
A
estas alturas de siglo, con lo que ha llovido, con lo que ha pasado,
la lucha por los derechos humanos, por el libre y solidario
desarrollo de las personas, aconseja construir y diseñar políticas
humanas. Políticas humanas que, fundamentalmente, se oponen a las
políticas inhumanas porque éstas desconocen, o lesionan, la
dignidad del ser humano. O, lo que es lo mismo, violentan la libertad
de los ciudadanos.
Por
ejemplo, en la peculiar polémica sobre la eutanasia, quien afirma
que las personas con enfermedades terminales han de ser eliminadas,
se sitúa, en mi opinión, en la vieja política, en la política
inhumana. Quien, por el contrario, plantee este tema en el marco del
fomento de los cuidados paliativos, de la búsqueda de la reducción
de los dolores y, por supuesto, de la posibilidad de que estos
enfermos rehúsen tratamientos desproporcionados, se encuentra en el
marco de las nuevas políticas, de las políticas humanas. Si es
posible mejorar los cuidados paliativos, si es razonable eludir el
encarnizamiento terapéutico, si se puede renunciar a tratamientos
desproporcionados, ¿en virtud de que poderosa razón se puede
admitir que el legislador que atribuya a los médicos la tarea de
matar a un paciente?. ¿Cuál puede ser el calificativo que mejor
defina a una sociedad que renuncia a que los médicos luchen hasta el
final para salvar la vida o para procurar que el alivio del dolor
facilite el mejor tratamiento de las enfermedades terminales?.
Es
verdad que en el debate de la eutanasia hay mucha confusión y
ambigüedad. No es lo mismo renunciar a tratamiento desproporcionados
que la eutanasia. Esta se produce cuando por acción u omisión se
busca la muerte del paciente terminal. Algo ciertamente incongruente
con la naturaleza de la medicina y, sobre todo, algo que priva de
sentido radicalmente al sufrimiento. El sufrimiento existe y según
para quien puede tener más o menos sentido. Si nos instalamos en la
eutanasia como técnica de elección para los médicos de unidades de
enfermedades terminales, es posible, muy probable, que la confianza
de las familias en estos médicos se resquebraje gravemente. ¿Es que
la solución al sufrimiento es, sin más, la muerte?
¿Qué
se puede pensar de un sistema legal que admita el suicidio asistido?.
¿Por qué tanto miedo, tanto pavor al sufrimiento?. Si el deseo de
un enfermo es que lo maten en un momento determinado, ¿por qué no
respetar la voluntad de quien solicita la muerte?. Por una sencilla
razón, el derecho individual hay que enmarcarlo siempre en el bien
general. Si se convierte la ley y la justicia en la prolongación de
los deseos individuales se estaría minando la naturaleza moral de la
democracia. ¿Es que la democracia consiste en que cada uno haga lo
que quiera sin más?. ¿Es que la medicina puede convertirse por
deseo de los individuos en una máquina de muerte?.
Anne
Tour, presidenta de la Sociedad Francesa de Acompañamiento y
Cuidados Palaitivos explicaba hace algún tiempo que despenalizar la
eutanasia no supondría un derecho más sino perturbar el contrato de
confianza entre el cuidador y el paciente y transgredir el código
deontología médica porque matar a la persona que sufre, aunque se
haga con la mayor compasión, no es un cuidado. Por otra parte, el
Comité de Ética y Asuntos Judiciales de la Asociación Médica
Americana señaló en 2018 que algunos pacientes reclaman el suicidio
asistido porque no conocen el grado de alivio del sufrimiento que
los cuidados paliativos de hoy pueden ofrecer. Esta es la solución,
los cuidados paliativos, cuidar la vida del enfermo terminal, no
matarlo.
Jaime
Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.
Sanidad y bienestar
La sanidad española es
expresión del profundo grado de solidaridad de nuestra sociedad en
todos sus estamentos. Sólo se puede explicar su entramado,
ciertamente complejo, avanzado técnica y socialmente -y también muy
perfectible- por la acción solidaria de sucesivas generaciones de
españoles y por la decidida acción política de gobiernos de
variado signo. Pienso que en este terreno hay méritos indudables de
todos. Sobre bases heredadas a lo largo de tantos años, hemos
contribuido de modo indudable al desarrollo de una sanidad en algunos
sentidos ejemplar. Y con el desarrollo autonómico se han desenvuelto
experiencias de gestión que suponen ciertamente un enriquecimiento
del modelo -en su pluralismo- para toda España. Sin ir más
lejos,esta semana el Foro Económico Global ha otorgado su máximo
galardón en materia sanitaria a España. Con toda justicia, desde
luego.
Tal momento de gloria no debe,
sin embargo, hacernos olvidar que el modelo es perfectible pues
precisa de reformas,que deben ir por el camino de la flexibilización,
de la agilización, de la desburocratización, de la racionalización
en la asignación de recursos y en su optimización, y de la
personalización y humanización en las prestaciones.
Que en muchos sentidos el
modelo sea ejemplar, no quiere decir que sea viable en los términos
en que estaba concebido, ni que no pueda ser mejor orientado de cara
a un servicio más extenso y eficaz. Queda mucho, muchísimo, por
hacer. La asistencia sanitaria universal no puede ser una realidad
nominal o contable, porque la asistencia debe ser universalmente
cualificada desde un punto de vista técnico-médico, inmediata en
la perspectiva temporal, personalizada en el trato, porque la
centralidad de la persona en nuestras políticas lo exige. Y además
debe estar articulada con programas de investigación avanzada; con
innovaciones de la gestión que la hagan más eficaz; con una
adecuación permanente de medios a las nuevas circunstancias y
necesidades; con sistemas que promocionen la competencia a través
de la pluralidad de interpretaciones en el modelo que -eso sí- en
ningún caso rompan la homogeneidad básica en la prestación, etc.
Además, precisamente por no
tratarse de un problema puramente técnico o de gestión, la
política sanitaria, y los desafíos del bienestar deben encuadrarse
en el marco de la política general, en ella se evidencian los
objetivos últimos de la política que ya indiqué: promoción de la
libertad -en nuestro caso liberación de las ataduras de la
enfermedad-, solidaridad -evidente como en pocos campos en la
asistencia sanitaria universal-, y participación activa. Este deber
de participación, libremente asumido, enfrenta al ciudadano a su
responsabilidad ante el sistema sanitario, para reducir los excesos
consumistas; le abre y solicita su aceptación de posibilidades
reales de elección; establece límites subjetivos al derecho, que
debe interpretarse rectamente no como derecho a la salud
estrictamente, sino como derecho a una atención sanitaria
cualificada; y plantea también la necesidad de asumir la dimensión
social del individuo buscando nuevas fórmulas que de entrada al
ámbito familiar -sin recargarlo- en la tarea de humanización de la
atención sanitaria. Casi nada.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana