El poder público

 
Como dice un proverbio chino, el poder es el mayor enemigo de su dueño. El poder permite hacer grandes cosas por la colectividad pues, como sentenció Shakespeare, “los hombres poderosos tienen manos que alcanzan lejos”. Supone, pues, una gran capacidad, en la democracia, de mejorar las condiciones de vida de las personas y proteger, defender y promover los derechos fundamentales y la dignidad humana hasta donde sea posible.
 
Sin embargo, la historia nos enseña lo fácil y relativamente sencillo que es utilizar el poder sin moderación, sin equilibrio, sin sensibilidad social, con ánimo excluyente, como forma de laminación o de intimidación.
 
Decía Pitaco, “¿queréis conocer a un hombre?: revestidle de poder”. Y es verdad. Cuántas personas se transforman en el mismo momento de haber asumido el poder. ¿Por qué será?. Porque, de entrada, hace falta tener las ideas bien claras y un firme compromiso de servicio público para ejercer el poder en democracia. De lo contrario, se cumplirá lo que enseñaba el viejo Herodoto: “dad poder al hombre más virtuoso que exista, pronto le veréis cambiar de actitud”. El poder sin moderación, lleva al abuso y a la tiranía; en todo caso, a la consolidación de hábitos autoritarios.
 
No debe extrañar al que accede al poder, que sienta la fuerza que envuelve su ejercicio. Ahora bien, “quien todo lo puede, todo debe temer” (Corneille). No está de más tener una cierta actitud de respeto al poder y saberse distanciar con sentido común. Porque un apegamiento excesivo al poder que lleva, por ejemplo,  a abandonar el trato con la familia y que se convierte en una actividad obsesiva, es una enfermedad. Una enfermedad que aqueja a muchas personas que no saben prescindir del poder y que cuando les falta, quedan sumidos en una profunda depresión. ¿Por qué?. Porque en esos casos se convirtió en fin lo que sólo es un medio para el bien de todos.  Así de claro.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Sobre la Etica política

La relación entre ética y política es, como es bien sabido, un problema intelectual de primer orden, de gran calado. En efecto, desde los inicios mismos del pensamiento filosófico y a lo largo de toda la historia en Occidente ha sido abordado por tratadistas de gran talla, desde las perspectivas más diversas y con conclusiones bien dispares. Y por mucho que se haya pretendido traducir algunas de sus argumentaciones en formulaciones políticas concretas, la experiencia histórica ha demostrado sobradamente que ninguna puede tomarse como una solución definitiva a tan difícil y ardua cuestión.
 
Sin pretender entrar en el fondo de la afirmación, debe señalarse que el objetivo que toda persona debe perseguir es el bien, su propio bien, y que esa es también la finalidad de la vida política. Una afirmación de apariencia tan genérica tiene –como es sabido- implicaciones de orden ético y político notorias. No pretendo desvelarlas, sino tan sólo subrayar que en una sociedad democrática, liberal, ninguna idea de bien puede ser impuesta a nadie. La resolución de este problema, se haga desde presupuestos materiales o formales, es asunto que cada uno debe resolver personalmente, y  nadie debe sustituirnos en esa tarea.
 
¿Significa eso que nada podemos decir sobre el bien social, sobre el ordenamiento, la estructuración social y política que debe articular nuestra sociedad? No, en absoluto.  Afortunadamente, disponemos de una concepción del hombre que, en algunas de sus líneas matrices, es coincidente para la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos, aún cuando en su fundamentación podamos  discrepar. Sobre esa base, sobre ese suelo firme de nuestra común concepción del hombre –que se explicita de algún modo en la declaración de los derechos humanos-, es sobre lo que puede asentarse la construcción de nuestro edificio democrático.
 
 
La política es una tarea ética en cuanto se propone que el hombre, la persona, erija su propio desarrollo personal en la finalidad de su existencia, libremente, porque la libertad es la atmósfera de la vida moral. Que libremente busque sus fines –lo que no significa que gratuita o arbitrariamente los invente-, libremente se comprometa en el desarrollo de la sociedad, libremente asuma su solidaridad con sus conciudadanos, sus vecinos.
 
No se trata de que desde la política deba hacerse una propuesta ética, cerrada y completa, que dé sentido entero a la existencia humana, pero si de afirmar, incluso con radicalidad la posición central del ser humano en la tarea pública.  La persona en su circunstancia real, el individuo en su entorno social, el vecino, la vecina, con sus derechos, con su dignidad inalienable, sea la que fuese su posición y su situación, constituyen el metro para medir la dimensión de la acción política. En ningún sitio es más cierto que en la política que el hombre es la medida de todas las cosas, en tanto en cuanto las acciones política tienen valor en la medida en que valen para el desarrollo humano. Y, sin embargo, ¿cuántas veces en la toma de decisiones está presente este aserto fundamental?. Buena pregunta
 
Jaime Rodríguez-Arana
 
@jrodriguezarana


La política

 
 
La política es una de las más nobles tareas a las que puede dedicarse el ser humano. A pesar del desprestigio de la que goza en este tiempo a nivel planetario, la política, en palabras de Juan Pablo Fusi, es una actividad libre y moral que articula y vertebra la vida en común. Para recuperar el pulso moral de la política  es menester que renazcan en la vida pública los ideales de la virtud ciudadana -austeridad, sencillez, autodisciplina, renuncia al beneficio privado, mesura, moderación-, las virtudes, en suma, que se constituyeron en el fundamento de la libertad de los antiguos. Todos somos conscientes de que es necesario recuperar la  honestidad, la decencia, algo que sabemos muy bien en que consiste y que sin embargo brilla por su ausencia tantas veces.
 
Por otra parte, también conviene recordar en este tiempo que los derechos fundamentales tienen mucho que ver con la Ética Política y  con el bien común. Es más, puede decirse que la  plena realización y efectividad de los derechos humanos supone la versión moderna del bien común, del bien de todos.
 
La Ética Política tiene su fundamento en el bien común y, por tanto, en los fines existenciales del hombre. Es más, la "Política" entendida como el ejercicio de la responsabilidad en los asuntos públicos tiene una evidente relación con el progreso del hombre y, por ello, con el compromiso en la defensa de la dignidad del ser humano.
 
La Ética Política no concibe  la comunidad política como una institución de organización técnica al servicio de diversos intereses. La comunidad política se justifica en la medida en que se realiza la dignidad del ser humano concreto y en la medida en que los fines existenciales de la persona se van realizando.
 
La Ética Política no supone que el Estado sea un universo ético ni que los ciudadanos se justifiquen en la medida en que pertenezcan al Estado. No, el Estado está al servicio de la persona. Esta es precisamente la referencia ética más importante, y que conviene recuperar cuanto antes,  no sólo en la Teoría del Estado, sobre todo en la praxis política cotidiana. Por tanto, el Estado, las Autonomías y los Entes locales entre nosotros, son el medio adecuado para la realización de la idea ética en la vida de la sociedad. Casi nada.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Etica política

 
La llamada ética política, que no es más que una versión adaptada a la actividad pública de la ética general, enseña que el poder público se encuentra al servicio del llamado bien común entendido como bien de la propia colectividad y como bien de cada uno de los ciudadanos en cuanto miembros de la comunidad. Esta idea sigue presente en el escenario filosófico, político y jurídico actual. En un Estado que se autoproclama social y democrático de Derecho resulta que nos encontramos con que la principal función de los poderes públicos es precisamente hacer posible que todos los ciudadanos gocen de todos sus derechos fundamentales, de todos los derechos que derivan de su condición humana. ¿ Por qué ?. Porque la dignidad de la persona es el fundamento del orden político y de la paz social como nos recuerda la Constitución española en su artículo 10.1
 
El bien común, el bien de todos, es un concepto filosófico que, desde otras disciplinas, puede traducirse, aunque no exactamente, como interés colectivo, interés público, mejor, interés general. El bien común, es un dato capital, constituye la tarea suprema de la actuación del los poderes públicos. Es más, en la medida en que la Ética Política supone profundizar en la plasmación del bien común, resulta evidente que la primacía de la "Política" frente a la peligrosa preponderancia de la "Economía" en nuestro tiempo, implica que es una función trascendental de la comunidad política  reducir a su propio puesto a cada uno de los grupos, con sus intereses particulares y sus pretensiones de poder, evitando así la explotación de unos por otros. Y sobre todo la consolidación de los nuevos monopolios privados que tratan de concentrar el poder económico hasta límites insospechados.
 
Los dirigentes públicos, los responsables de los poderes públicos, deben ordenar todo este entramado de distintos intereses particulares o sectoriales en el proceso dinámico de la realización progresiva del bien común. Para eso, la autoridad política tiene que contar  con el poder necesario para poder realizar el bien común. Es decir, el bien común en cuanto ley fundamental de los poderes públicos, fundamenta la primacía de la "Política" y justifica la plenitud de la autoridad al servicio del bien común. Eso si, siempre que se dirija a la protección, defensa y promoción de los derechos fundamentales de la persona. De lo contrario, volveríamos a un intervencionismo y autoritarismo, incluso blando en las formas, impropio de una actividad que se justifica en la medida en que se pueda realizar en mejores condiciones el libre y solidario desarrollo de los ciudadanos. Casi nada.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


La política

 
 
 
La política es una de las más nobles tareas a las que puede dedicarse el ser humano. A pesar del desprestigio de la que goza en este tiempo a nivel planetario, la política, en palabras de Juan Pablo Fusi, es una actividad libre y moral que articula y vertebra la vida en común y que es necesario recobrar el pulso moral de la política. Para ello hay que propiciar que renazcan en la vida pública los ideales de la virtud ciudadana -austeridad, sencillez, autodisciplina, renuncia al beneficio privado, mesura, moderación-, las virtudes, en suma que se constituyeron en el fundamento de la libertad de los antiguos. Todos somos conscientes de que es menester recuperar la  honestidad, la decencia, algo que sabemos muy bien en que consiste y que sin embargo brilla por su ausencia tantas veces.
 
Por otra parte, también conviene recordar en este tiempo que los derechos fundamentales tienen mucho que ver con la Ética Política y  con el bien común. Es más, puede decirse que la  plena realización y efectividad de los derechos humanos supone la versión moderna del bien común, del bien de todos.
 
La Ética Política tiene su fundamento en el bien común y, por tanto, en los fines existenciales del hombre. Es más, la "Política" entendida como el ejercicio de la responsabilidad en los asuntos públicos tiene una evidente relación con el progreso del hombre y, por ello, con el compromiso en la defensa de la dignidad del ser humano.
 
La Ética Política no concibe  la comunidad política como una institución de organización técnica al servicio de diversos intereses. La comunidad política se justifica en la medida en que se realiza la dignidad del ser humano concreto y en la medida en que los fines existenciales de la persona se van realizando.
 
La Ética Política no supone que el Estado sea un universo ético ni que los ciudadanos se justifiquen en la medida en que pertenezcan al Estado. No, el Estado está al servicio de la persona. Esta es precisamente la referencia ética más importante, y que conviene recuperar cuanto antes,  no sólo en la Teoría del Estado, sobre todo en la praxis política cotidiana. Por tanto, el Estado, las Autonomías y los Entes locales entre nosotros, son el medio adecuado para la realización de la idea ética en la vida de la sociedad. Casi nada.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Principios y convicciones

En términos generales, la desproporción reinante entre lo que se proclama, lo que se afirma y la realidad de las cosas, tal y como estas son, manifiesta una cierta esquizofrenia que no es más que la constatación del miedo a la verdad, del miedo a la razón y, sobre todo, del miedo a la libertad. Por ejemplo, si uno afirma el derecho a la vida como derecho incondicional siguiendo la tesis del profesor alemán Kriele, será tachado de intolerante.
 
En mi opinión, lo que pasa es que hemos canonizado la tolerancia, convirtiéndola en fin, satanizando los principios o convicciones que hagan posible considerar equivocadas las opuestas. Y, por lo tanto, prohibidas las convicciones, y de paso, los principios. Pero sólo para algunos, porque está regla es una convicción también que, además de contravenir la argumentación, coloca a quienes la formulan en una posición de supremacía injustificable en una democracia.
 
Spaeman ha señalado recientemente que esta perspectiva de la tolerancia, que lamina la dignidad del ser humano en cuanto portador de derechos y libertades, trae consigo la dictadura del relativismo. Una cosmovisión predominante que convierte a la persona en sujeto disponible para cualquier tipo de imposición colectiva. Las convicciones y los principios no son posibles, salvo la única tolerable: que no puede haber convicciones. Y no puede haber convicciones o verdades, digámoslo claro, porque entonces se desvanecería el colosal imperio montado sobre la tolerancia del que no pocos viven opíparamente.
 
Si los derechos fundamentales de la persona se concibieran de forma incondicional, sin posibilidad de disponer sobre ellos en el mercado o en la transacción política, no perderían, como hasta ahora, los débiles: los que están a punto de ser, los que van a  dejar de ser o los que son de manera limitada. Tampoco sufrirían tantos castigos y flagelos los más desamparados y los más desfavorecidos. Incluso la democracia actual dejaría de ser ese sistema dominado por una minoría que busca denodadamente, a través de las más arteras técnicas de manipulación, hacer creer al pueblo que gobierna para el interés general. Un interés general, por cierto, nunca tan susceptible de privatización como en este tiempo de lacerante crisis para las mayorías y de éxito sin precedentes para esas minorías que imponen la tolerancia de la que obtienen tan pingües beneficios. Un interés general que se despacha habitualmente sin apelación a la razón porque se piensa que su presupuesto es la fuerza de los votos.
 
 
Si no cambiamos el rumbo de las cosas, seguiremos instalados en ese rancio relativismo del prohibido prohibir, en ese ambiente camaleónico que prima el todo vale, y en ese sutil vaciamiento de los más elementales aspectos que configuran la centralidad de la condición humana. Mientras sigamos anclados en este ambiente, la minoría rectora que impone esa peculiar tolerancia y ese singular pluralismo seguirá dictando lo conveniente y eficaz, no lo olvidemos, para sus intereses, tantas veces expresados en forma de dígitos de muchas unidades, decenas, centenas, millares, millones de euros. Menuda estafa.
 
 
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


El compromiso con la verdad

 
La verdad, el respeto a lo que las cosas son, no a lo que parecen ser o a lo que algunos quieren que sean, siempre ha sido difícil, a veces muy difícil de reconocer. Sin embargo,  la verdad, de una u otra forma siempre ha acabado resplandeciendo, más tarde o más temprano. En estos tiempos de tantos cambios y transformaciones en todos los órdenes de la vida humana,  nos encontramos con una cierta dictadura de lo políticamente correcto que, con frecuencia, diluye la legítima búsqueda de  la verdad a causa de  planteamientos funcionalistas centrados en la eficacia o en lo conveniente. Tal proceder es manifestación de la honda crisis del pensamiento actual, entregado en cuerpo y alma a lo políticamente conveniente y correcto.
 
El caso del brexit y de las consecuencias que pagarán los británicos es un buen ejemplo, como lo es igualmente, por ejemplo, la afirmación realizada por Trump en la campaña electoral que lo aupó a la Casa Blanca de que Obama es uno de los fundadores del Estado islámico. Hoy la normalidad con la que se miente, se falsea la realidad  o se engaña es de tal calibre que lo verdadero,  que la misma búsqueda de la verdad,  es algo realmente exepcional.
 
En efecto, hoy la lucha por la verdad es una de las batallas más apasionantes que hemos de librar para regresar a espacios  en los que la dignidad del ser humano brille con luz propia. La tarea no es sencilla porque el descaro con que la mentira, el engaño y la simulación o el fingimiento se han apoderado de las terminales y tecnoestructuras más relevantes es alucinante. Hasta el punto de que esa dictaudura de lo conveniente, de lo políticamente eficaz, fuerza, grosera o sutilmente  a vivir en un mundo artificial, virtual, en los valores genuinamente humanos desaparecen del mapa y quienes se atreven a desafiar a quienes hoy desafian el pensamiento oficial son condenados a las tinieblas exteriores de este mundo.
 
Hoy, decir la verdad siempre -sin componendas, cesiones o compromisos-, reconocer la realidad,  es la estrategia subversiva  más atractiva que puede haber para denunciar la dominación de quienes sólo persiguen la obtención de pingues beneficios sometiendo a millones de personas a través de los más soficticados sistemas de manipulación masiva que se conocen.
 
El relativismo actual  transmite  miedo a pensar, miedo a profundizar en la realidad, miedo a la verdad, pánico al compromiso. Aspira, vaya si lo consigue, a que los ciudadanos entremos por ese carril del pensamiento único en el que se renuncia de una u otra manera a la libertad por el confort y el consumo
 
Es hora, pues,  de despertarnos del letargo porque de pasar mucho más tiempo sin reacción nos encontraemos ante un panorama inimaginable de sometimiento y dependencia.  Esta en juego la sustancia de la democracia y ahora, en la era de la posverdad, debemos sacudirnos el yugo de la manipulación y el sometimiento. Casi nada.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana Muñoz
Catedrático de Derecho Administrativo
 


El fracaso de la modernidad

Hoy vivimos en un mundo en el que domina un relativismo frágil que rezuma alergia a hablar de verdad y que descalifica y desprecia de inmediato al que se atreve a  decir algo en relación a la verdad. En este marco, el famoso sociólogo francés  Touraine escribe "Crítica de la Modernidad", libro en el que, entre otras cosas admite que la revolución de los sesenta fracasó porque, ¿ cómo es posible decir que todo vale, que prohibido prohibir, o que hago con mi cuerpo lo que quiero, si vivimos en un mundo en el que hay prohibiciones efectivas ?. Es el fracaso de la "Modernidad" del que también ha escrito Sebreli en "El asedio a la modernidad". Para Sebreli, si vale todo, vale la razón del tirano, la del torturador, o la del extorsionador o la del corrupto
 
Incluso los llamados supervivientes del colapso marxista, Habermas por ejemplo,  no deja de criticar ese relativismo ambiental consecuencia de abandonar al hombre únicamente a la razón, cortando cualquier relación con la trascendencia. Al final, la profecía del bueno de Dostoievsky se ha hecho realidad: "si Dios no existe, todo está permitido".
 
En este contexto, el tema más importante es el de la verdad. Y para enfocarlo con cierta garantía de éxito, no queda más remedio que distinguir entre "objetividad de la verdad" y "libertad de hecho para descubrirla o no, para adherirse o no a ella". Veamos.
El hecho de que existan verdades objetivas ancladas en la naturaleza humana no implica que se produzca atentado alguno contra la libertad. ¿Por qué?. Sencillamente, debido a que esas verdades, por si mismas, no pueden ser impuestas sino que, en su caso, han de ser elegidas, queridas en virtud precisamente de un acto de libertad. No se trata, en estos supuestos, de "verdades" o "construcciones" que son fabricadas por el ser humano. Se trata más bien de dimensiones esenciales a todo ser humano que puede encontrarlas, pero no fabricarlas o producirlas en su interior. Su existencia no atenta a la libertad. Su imposición, si, como es lógico. En este caso, estaríamos en un caso de fundamentalismo, lo contrario, esencialmente, de la libertad. Obviamente, el fundamentalismo pugna con el relativismo por aspirar a imponer la verdad violentando la libertad. Por el contrario, el realismo filosófico admite la existencia de la verdad y, quien quiera adherirse a ella, que lo haga en ejercicio de su libertad.
La crítica al relativismo, por ello, no desemboca, sin más, en posiciones fundamentalistas como parece que desean muchos pensadores de hoy. Como ha reconocido el profesor Del Noce la verdad metafísica es una verdad universal, pero su reconocimiento implica un acto de libertad, en el que evidentemente el diálogo juega un papel fundamental. Pero esta tesis no es fundamentalista. Su calificación de tal  es precisamente propia de una mentalidad totalitaria o fundamentalista. Los fundamentalistas dicen que la verdad no necesita del ejercicio de la libertad, mientras que el relativismo se apoya en que la libertad no tiene el deber de reconocer la verdad. A la verdad se llega desde la libertad, desde una libertad abierta y solidaria.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
 


Educación en valores

Una democracia sin valores no es digna de tal nombre. Una democracia sin que brillen por su presencia y realización las cualidades democráticas no es una verdadera democracia. Y hoy no es necesario ser un lince para caer en la cuenta de que es menester recuperar estos valores y esas cualidades para el ejercicio de la política y de otras actividades humanas, dominadas en no pocas ocasiones por la mentira, el engaño, la apariencia, o el aprovechamiento y, también, por su supuesto por esa “astucia” que a tantos y a tantos les conduce a estar siempre, contra y viento y marea, en el vértice, en la cúpula.
 
En esta tarea, difícil, debe ocupar un lugar central un sistema educativo coherente. Aristóteles ya lo decía en su "Política" al señalar las formas o remedios para recuperar las situaciones de estabilidad política: "... es de la máxima importancia la educación de acuerdo con el régimen, que ahora todos descuidan, porque de nada sirven las leyes más útiles, aún ratificadas unánimemente por todo el cuerpo civil, si los ciudadanos no son educados y entrenados en el régimen...". Es decir, la educación en los valores propios del sistema democrático es una condición de estabilidad política y, lo que es más importante, permite que esos valores se manifiesten en la sociedad y se "interioricen" y se "vivan" por la mayoría de la ciudadanía.
 
En este marco, habría que preguntarse hasta que punto se explican los valores de la libertad, de la responsabilidad, de la igualdad, de la transparencia, de la honestidad, de la integridad, en escuelas y en todos los grados del escalón educativo empezando por el familiar, que es el contexto más adecuado para ejercitarse en los hábitos democráticos. La respuesta a esta cuestión no podemos contestarla en este momento, porque excede de esta breve reflexión, pero es fundamental. Es quizá mejor analizar el papel que los Gobiernos están asignando a la educación, a la televisión o a la familia. El resultado no es más que la lógica consecuencia de las políticas que se practican, sobre todo si tenemos en cuenta que la pasada por el Estado del Bienestar, en su versión estática, ha traido consigo un progresivo debilitamiento de la sociedad civil y,  en todo caso, una merma preocupante, una sistemática  anulación de la iniciativa privada, un ataque frontal a la responsabilidad personal.
 
Se dirá, por ejemplo, que la solución pasa por el ejercicio de las virtudes públicas pero lo cierto, como señalara Wolfe, es que no debemos dejar aisladas la dimensión pública y la privada de la persona sino tender un puente que las una. Porque la Ética que puede coadyuvar a que la situación cambie sustancialmente es una Ética que se apoye en el ejercicio de actos personales orientados por la recta razón hacia los valores democráticos.
 
Es necesario que las sociedades democráticas velen por el desarrollo de las virtudes públicas, y también por las privadas, pues no conviene olvidar, como nos recuerda Lamberti, que el Antiguo Régimen fracasó precisamente por la degradación de las hoy tan cacareadas virtudes públicas.
 
Una forma de defensa de la democracia parte de la necesidad de enseñar a los ciudadanos a salir de sus asuntos privados para combatir esa  tendencia al aislamiento y conseguir que los hombres y las mujeres encuentren en las instituciones intermedias un espacio de libertad, una ocasión para la elevación moral y una defensa inexpugnable frente a la presión, hoy casi asfixiante, de unos poderes,  públicos y privados,  que quieren, a toda costa, controlar la vida de las personas con el fin de la perpetuación en la cúpula.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
 


El relativismo

Es muy conocida la tesis de que es imposible la verdad absoluta y de que todo es provisional y temporal, porque afirmar una verdad como algo absoluto es una manifestación de intolerancia cuando no de fanatismo o de fundamentalismo.El relativismo, sin embargo tampoco es, o puede ser, algo absoluto. Es más, como señaló Ortega y Gasset, el relativismo es una teoría suicida porque cuando se aplica a si misma, se mata. El relativismo se aplica selectivamente. En efecto, pocos tolerarían que el pensamiento relativista se extendiera a la ciencia experimental o a ciertas normas imprescindibles de justicia y civilidad.
 
El problema es que para el relativismo no existe la verdad sino esos buenos sentimientos  que se manejan y controlan arbitrariamente desde las terminales de la tecnoestructura dominante, sea mediática, empresarial o política. Hoy todo se resuelve con apelaciones a las sensaciones, a la subjetividad porque se tiene miedo a la realidad, a la objetividad, a la existencia de normas y criterios de comportamiento que puedan poner en cuestión el manejo del sentimentalismo que hacen con notable éxito las tecnostructuras dominantes.
Tras el relativismo, el permisivismo: el "todo vale", "prohibido prohibir". Pero, ¿todo vale?, ¿no se puede prohibir nada?. ¿Es posible seriamente este   planteamiento? El relativismo tiene evidentes límites como los tiene la tolerancia. En la práctica hay límites, hay prohibiciones: en Alemania se prohíben los actos públicos de grupos neonazis, por ejemplo, y nadie sensato puede pensar que se trata de un acto irresponsable. El propio Berlin acepta que el relativismo no puede ser absoluto y que, en virtud del relativismo, no se pueden justificar todas las posturas, incluso las que suponen en si mismas atentados evidentes a los derechos humanos como la actitud de Hitler frente a los judíos. Por eso, no todo es relativo. No lo puede ser, es imposible. De ahí que Berlin  llegara  a decir que "no conozco ninguna cultura que carezca de las nociones de lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, la valentía ha sido admirada en todas las sociedades. Existen valores universales".
 
En otras palabras, existe la verdad objetivamente considerada como existen unos criterios racionales y universales que permiten juzgar los actos humanos. El propio autor de "El nombre de la Rosa" no hace mucho reconocía que "para ser tolerante hay que fijar los límites de lo intolerante". Si solo vivimos en un mundo de preferencias o buenos sentimientos, y no de verdades, ¿en qué podemos basarnos para afirmar que hay opiniones que todos han de reconocer como intolerables, con independencia de la diversidad de culturas o creencias?.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
 


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