Sentido de la oportunidad y oportunismo

En el tiempo que vivimos los
oportunistas, arrivistas y demás personajes que se aprovechan de la situaciones
única y exclusivamente en beneficio propio son incontables. Tal actitud ante la
vida y ante las diferentes opciones que existen para la actuación parte de la
idea de que todo es susceptible de ser aprovechado para el medro y el
crecimiento de uno mismo al margen de otras consideraciones.


La adaptabilidad de una determinada
actuación a un proyecto político, por ejemplo, se ajusta al criterio de
oportunidad, no del oportunismo,  tomado
en el sentido de adecuación. Desde luego que uno de los caracteres más
sobresalientes del buen político, de la buena política,  sea cual fuere su posición- es su sentido de
la oportunidad, que tiene relación profundísima con lo que podemos denominar
gestión del tiempo, de los ritmos y de las prioridades. Las políticas
centristas,en este sentido, cifran en esa gestión un caudal fundamental de su
aportación.


La confusión de la adaptabilidad
como oportunidad con el oportunismo es producto de la confusión esterilizadora
entre principios y acción. La firmeza en los principios no implica
unidireccionalidad en las actuaciones. La deliberación sobre lo general no se
traduce en reglas fijas de comportamiento, sino que es imprescindible la
deliberación sobre lo particular, que presenta contornos únicos e irrepetibles
y que exige actuaciones adecuadas a sus peculiaridades específicas para
aproximarse más, hacer más reales, aquellos principios generales.


El oportunismo, como una actitud
absolutamente contraria a este planteamiento, circula por otra esfera. El
oportunismo no busca lo que es oportuno o adecuado para cada caso, sino que
aprovecha las oportunidades en beneficio propio. De ahí que el oportunismo
traiga, entre otras cosas, la abdicación de los propios principios, de todo
principio.


La afirmación de los principios de
oportunidad, flexibilidad y adecuación, pudiera ser interpretado por alguno
como una confesión de parte a favor de los que no ven en el centro sino una
operación cosmética, como se ha llamado. Me parece que no dejaría de tratarse
de una interpretación interesada o superficial, y en todo caso marcada por los
prejuicios ideológicos. Estos principios, de oportunidad y de adecuación, se
asientan sobre otro más básico al que ya hemos aludido, el del respeto a la
propia dinámica de la realidad, y a su propia condición plural.


Por otra parte no debe olvidarse
que los ejemplos de oportunismo político más sangrantes se han producido
precisamente en los entornos ideológicos. Pensemos, sino, en el pacto entre el
nazismo y los soviets para el reparto de Polonia, o en la explotación colonial
alentada por el liberalismo, por poner dos ejemplos sencillos pero meridianos,
o en la adaptación de criterios de desarrollo capitalista bajo la férrea
dictadura china, estrategia que parece inspirar la situación política en Cuba.


Confundir el sentido de la
oportunidad política con el oportunismo sólo es posible conceptualmente desde
posiciones cerradas y fuertemente dogmáticas, no se me ocurre otra explicación.
Escribo conceptualmente porque en el plano de los hechos cualquier medida
política es susceptible de ser interpretada y valorada de muy distintas
maneras.Sin embargo, cuanto oportunismo, cuanto, y que poco sentido de la
oportunidad.


@jrodriguezarana


Persona, política y sociedad

Una de las cuestiones que más preocupa a los filósofos de la política y a los cultivadores de las ciencias sociales es, sin lugar a dudas, la fuerza y operatividad de las iniciativas civiles, la vigencia del principio de subsidiariedad. Un principio que poco a poco se ha ido diluyendo a favor de un intervencionismo creciente que agosta cualquier expresión de vitalidad social o, peor todavía, que la anula dentro de la variada y omnipresente oferta de bienes y servicios públicos. En este sentido, las profecías de Tocqueville sobre el llamado “despotismo blando” o sobre el sometimiento de las personas y comunidades solidarias a ese “inmenso poder tutelar”, se han ido cumpliendo casi a la letra, con mayor intensidad, si cabe,en nuestro tiempo.


Un vez que las posiciones
individualistas o comunitaristas parece que no alcanzan a fundamentar esa
humanización de la realidad, parece necesario colocar en su justo término la
responsabilidad de las personas y la centralidad de las comunidades humanas en
el vértice del desarrollo de la vida pública.


¿Cuál es en la política, por
ejemplo, el protagonismo real de las personas concretas? ¿Somos conscientes los
ciudadanos de nuestra condición de miembros activos y responsables de la
sociedad y participamos eficazmente en la configuración de los asuntos de
interés general? ¿Son las comunidades humanas esos escenarios de libre y
solidario desarrollo de la personalidad de sus integrantes?. ¿Es la vida
pública un ámbito de despliegue de las libertades sociales y una instancia de
garantía para que la vida de las comunidades no sufra interferencias indebidas
ni abusivas presiones de poderes ajenos a ellas?


La contestación sincera a estas
preguntas nos pone de manifiesto, me parece, la importancia de colocar a la
persona concreta en el centro de la vida pública. Pero para que esta relevante
operación sea real y auténtica es preciso denunciar que ha pasado ya el momento
de apogeo de ese tecnosistema y de esa tecnoestructura que giran única y
exclusivamente sobre el Estado, el mercado y los medios de comunicación. Ahora
es necesario buscar la manera de que brille el protagonismo de los ciudadanos,
su capacidad de participación en el espacio público. Algo de lo que se está
apoderando, ante la impasibilidad de ofrecer soluciones reales por parte de los
actores políticos tradicioanles, el populismo y la demogagia, dos ideologías
que dominan un escenario complejo en el que se pretende manipular y manejar a
la sociedad a base de posverdad y de sutiles formas de manipulación. Ojala
podamos reaccionar con inteligencia y claridad.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


El método del enfrentamiento

Los 
sistemas ideológicos y económicos que protagonizaron el siglo pasado se
caracterizaron, como es sabido, por incorporar a su núcleo doctrinal el
enfrentamiento como método, reclamando - por su propia estructura- oposición,
confrontación, crispación, divergencia y desunión en última instancia.


En efecto , las normales y lógicas
discrepancias inherentes a la política se convierten, por mor de este
endiablado esquema de pensamiento y de interpretación,  en el centro sustantivo de la vida democrática,
desvirtuándola gravemente, especialmente cuando semejante esquema de contrarios
se ha venido aplicando a todos los aspectos de la vida económica y social.


A estas alturas pareciera que los
reduccionismos aplicados a los roles sociales y posicionales no sirven:
empresario y trabajador -por ejemplo- ya no indican un binomio de necesaria
oposición, ni desde la significación intervencionista ni, tampoco, desde el
neoliberalismo capitalista. Pero es también claro que aplicar un reduccionismo
semejante a las fuerzas políticas es igualmente desacertado. Atribuir las
cualidades éticas a unos y la eficacia económica a otros; o el rigor y
coherencia a estos y la preocupación por los trabajadores a los primeros, es ir
contra la marea imparable de la realidad: hay de todo, bueno y malo, en todas
partes.


Nuestra experiencia política  ha venido demostrando hasta la saciedad que
tal esquematización es tan falsa como la clasificación de los grupos políticos
en buenos y malos. Tal valoración es la que nos merece la esquemática y
simplista clasificación universal de las fuerzas políticas en derechas e
izquierdas.


Con procedimientos de análisis tan
maniqueos la persona queda subordinada a su ubicación en el espectro
ideológico. En efecto, ya no es ella la que vale sino su color, de manera que el
desarrollo humano de los pueblos se conseguirá con “recetas de salvación”.
Liberar la mano todopoderosa del dios “Mercado” traerá la felicidad a todos los
individuos o, aplastar la cabeza viperina del demonio “Propiedad” nos hará
entrar a todos juntos en el paraíso perdido. Quien usa la razón y tiene ojos en
la cara tiene que sentir rechazo ante semejantes “fórmulas milagrosas”.


Ahora bien, lo que resulta
insufrible en una cultura democrática es pretender la disyuntiva que algunos
plantean a los ciudadanos cultos e informados de cualquier sector: o eres de
los nuestros o estás contra nosotros. Tal dilema empobrece la vida democrática
y envilece el discurso porque dejan de contar las razones para hacer prevalecer
las adhesiones.Hoy, sin embargo, el pensamiento cainita y maniqueo, por mor del
resentimiento que sigue habitando en determinadas mentes, vuelve a la palestra,
en la misma medida que nos invade esa insufible mediocridad que ha tomado la
primera línea en las principales actividades humanas. Que pena.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Partidos políticos y bien general

Los partidos, como cualquier organización, tienen el compromiso, por el
hecho de constituirse, de luchar por la consecución de sus fines. Esta
aspiración es bidireccional, porque la sustenta en primer lugar quien participa
del trabajo, y después los destinatarios  naturales de la actividad que se
realiza. Así, ante el posible éxito de la iniciativa, habrá que considerar que
los primeros beneficiarios sean los propios autores de la actividad, que
supieron concretar una idea, un proyecto, una estrategia que se traducen en un
resultado que pusieron al servicio de la sociedad, que también se reconoce
mejorada por ese producto, por ese servicio.


De este esquema -que no pretende obviar la complejidad de los procesos-
pueden extraerse las consecuencias que se derivan cuando la finalidad de la
actividad no reside en el servicio o en los bienes que se ofrecen, sino que se
instala en el bien de la propia organización. Cuando tal cosa sucede en el
ámbito de las organizaciones políticas los resultados son manifiestos y casi,
casi, pueden deducirse. La organización se convierte en fin: se burocratiza,
los llamados aparatos cobran protagonismo absoluto. No se abre; se cierra,
pierde los vínculos con la realidad social. Y, en última instancia, cuando no
hay un proyecto que ofrecer más que la propia permanencia que se considera un
bien por sí, el centro de interés estará en el control-dominio, que será la
mejor garantía de subsistencia. La autoridad moral se derrumba, la iniciativa
se pierde, el proyecto se vacía, y la organización se vuelve autista, sin
capacidad para detectar los intereses de la gente, sin sensibilidad para captar
las nuevas necesidades sociales.


En cambio una organización que mira eficazmente a los bienes que la
sociedad demanda y que permitirá hacerla mejor, es capaz de aglutinar las
voluntades y de concitar las energías de la sociedad. Atiende a los ámbitos de
convivencia y de cooperación, se convierte en centro de las aspiraciones de una
mayoría social y en perseguidora del bien de todos. Esto es ocupar el centro
social, o más bien estar centrada en el interés social, no simplemente en el
interés de una mayoría social.


Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Cooperación y centro político

“La mejora de las condiciones
sociales no sustituye sino que realza la responsabilidad personal”. Estas
palabras de Tony Blair ilustran de manera inequívoca la superación que debe
producirse del debate ya secular sobre la preeminencia del ámbito público o del
privado. Esta superación es necesaria -como está sucediendo en la mayor parte
de los procesos metodológicos en las ciencias sociales- para equilibrar los
sucesivos planteamientos reduccionistas referidos a la intervención del Estado
en la sociedad.


La preeminencia del Derecho Privado
sobre el Derecho Público fue rebasada en la formación del Estado moderno al
hilo del pensamiento contractualista, de forma que la supremacía de lo público
se basaba en la contraposición del interés colectivo y el interés individual, y
en la subordinación del segundo al primero. Aún más, este proceso, que se
podría denominar de contraposición, posibilitó -por su propia dependencia de
ideologías que pretenden explicaciones globales y rígidas del hombre y de la
realidad social- el inicio del fracaso del sistema ya que, en el marco de esta
aproximación cerrada, sus principios cayeron atrapados por una realidad que
necesariamente tiende a liberarse del modelo que la pretende configurar.


En este sentido, el espacio de  centro supone una llamada a la superación del
falso dilema público-privado, y constituye una convocatoria a un proyecto
político que propone, especialmente a los jóvenes, un nuevo estilo para
configurar la acción empresarial, social, cultural o política en un contexto
profundamente democrático. Es una convocatoria especialmente para los jóvenes,
porque pretende la aportación del caudal de energías -que se manifiestan en la
iniciativa personal y asociativa- creativas, transformadoras, relacionales, con
sentido auténticamente cooperativo. Es exclusivamente con una cooperación
mayoritaria como se puede construir una sociedad más libre, más plural, más
equitativa y solidaria.


La idea de cooperación, de libre
participación, a mi entender, es fundamental para construir políticas de
centro. La acción política es una acción compleja que, entre otras cosas,
incluye la movilización de los recursos sociales, la coordinación de los
esfuerzos, la integración de las iniciativas y la conjugación de las
aspiraciones de la sociedad. Porque la acción política tiene como destinatarios
agentes libres. Por eso una acción política de centro no sólo debe representar
a una mayoría social equilibrada, en la que se encuentren integrados de alguna
manera todos los sectores sociales, sino que también debe contar con el
esfuerzo participativo, cooperante, de representaciones de todo el arco social.
Hoy, sin embargo, de cara a las próximas elecciones, de nuevo los de siempre
trazan el esquema del maniqueísmo y los demás lo siguen a remolque. Que actual,
que necesario es el espacio de centro entre nosotros.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


El espacio del centro político

La proximidad de unas elecciones suele poner en el candelero la cuestión de la derecha, la izquierda y el centro. Y no son pocos los que piensan que siendo el centro un espacio político, y que las elecciones se ganan desde el centro, conviene situarse en sus coordenadas.


Hay muchos aspectos de la vida
social y económica en los que se puede decir -en cierto sentido- que sólo hay
una política posible. La contención de la inflación, por ejemplo, o la
reducción del déficit público, son objetivos de la política económica de
cualquier gobierno que aspire a dar un impulso efectivo a las condiciones de
vida de todos los ciudadanos. Podrá discutirse cómo hacerlo; pero  si no se intenta seriamente y, en alguna
medida, se consigue, todos se empobrecen: los más ricos también, pero sobre
todo –cualitativamente- los que tienen menos recursos.


Reconocer simplemente este hecho,
aceptar, con los matices que se quiera, este planteamiento, sólo es posible, a
mi entender, situándose en las coordenadas del centro. Es una cuestión de
atención a la realidad. Por eso escribo que el centro no es un partido que
lleve ese nombre. No es cuestión de nombres. El centro tampoco es una posición
ideológica, establecida sobre conceptos previos a la vida política. El centro
es más bien un espacio desde el que se pretende dar una respuesta eficaz a las
necesidades reales, a las inquietudes, a las ilusiones de los ciudadanos,
implicando a los ciudadanos como protagonistas de esa acción política.


No se trata, pues, de aplicar una
receta universal, no se trata de tener una fórmula milagrosa para todo tipo de
dolencias y malestares, no se trata de convencer a nadie de que se tiene el
remedio que va al origen de todos los pesares que sufre la humanidad, como se
hace desde las ideologías. En el espacio de centro se buscan soluciones
concretas para los problemas concretos que cada sector, cada grupo, cada
entidad tiene en cada momento.


Por eso puede decirse que el espacio
de centro no es una posición fija, estática, sino que implica una permanente
adaptación al dinamismo de la sociedad, y conlleva la exigencia de alumbrar,
con imaginación, nuevos planteamientos en la vida política, como respuesta a
las necesidades nuevas, a los nuevos retos, a los que los hombres y las mujeres
permanentemente se enfrentan.


Desde estos presupuestos se
entenderá que el centro no se construye sobre una tarea de adoctrinamiento, ni
desde una visión completa y cerrada del mundo y de la historia, sino desde la
aceptación de la limitación del pensamiento para alcanzar un conocimiento pleno
y completo de la realidad.


Desde las posiciones políticas de
raíz ideológica no es lo importante captar el sentir social, sino transmitir
las propias convicciones e imbuir el sentir social de las valoraciones e
impulsos de la propia ideología. Desde el espacio del centro la clave está en
la capacidad de conexión con el sentir social, y en la capacidad para dar una
respuesta, o más bien una conformación política a las aspiraciones de la
sociedad. Por eso puede decirse que en una sociedad equilibrada y políticamente
madura quien ocupa el centro gana las elecciones, porque ocupar el centro no
quiere decir otra cosa que ser capaz de representar la mayoría, pero no
simplemente la mayoría, sino una mayoría constituida en la representatividad de
todos los sectores sociales. Por eso hablamos de sociedades maduras
políticamente y equilibradas socialmente. En todos los países en los que se
aplican procedimientos democráticos pueden establecerse mayorías en virtud de
los procesos electorales, pero no todas esas mayorías serán necesariamente de
centro. Las mayorías que no integran una representatividad de toda la sociedad
son mayorías, pero no son de centro si se dejan llevar por el riesgo cierto del
exclusivismo, de conducir políticas que miren sólo a los intereses de los
sectores representados -por mayoritarios que fuesen- y no a los de todos.  


Por todo esto, el espacio de centro
puede ser definido como un espacio político abierto -es decir, no definido
ideológicamente- y dinámico, cuya ocupación supone  la primacía en la capacidad de acción, en la
comunicación con la ciudadanía y en la iniciativa. Pero al mismo tiempo exige
en quien lo ocupa una permanente atención para mantenerse allí. Ya no se trata
sólo de ocupar el centro, sino también de mantenerse en él. Tal cosa sólo se
puede lograr con un ejercicio efectivo y sostenido de democracia, algo hoy tan
fundamental como ignoto pues vivimos en un Estado formal de Derecho y
precisamos el compromiso con el Estado material de Derecho, y cuento antes.


Jaime Rodríguez-Arana es
catedrático de derecho administrativo.


La moderación en política

Las posiciones dominadas por la
ideología cerrada, las posiciones radicales, conducen a acciones políticas
desmesuradas. Los políticos, las políticas 
radicalizadas tienen la convicción de que disponen  la llave que soluciona todos los problemas;
que poseen el acceso al resorte mágico que cura todos los males. Que lo saben
todo y que solo ellos tienen la solución a todos los problemas. Esta situación
deriva de la seguridad de poseer un conocimiento completo y definitivo de la
realidad, y siendo consecuentes –la coherencia de las posiciones ideológicas es
la garantía de su desmesura- se lanzan a una acción política decidida que ahoga
la vida de la sociedad y que cuenta entre sus componentes con el uso de los
resortes del control y dominio a que someten el cuerpo social.


La política centrista, en cambio,
es, por definición, moderada. El político, la política  de centro respeta la realidad y sabe que no
hay fórmulas mágicas, que hay que escuchar, que hay que pensar en las personas
y que hay que tener siempre presente cómo mejorar las condiciones de vida de
los ciudadanos. Por supuesto que sabe qué acciones emprender y sabe aplicarlas
con decisión pero con la prudencia de tener en cuenta que la realidad no
funciona mecánicamente. Es consciente de que un tratamiento de choque para
solventar una dolencia cardíaca puede traer complicaciones serias en otros órganos.
Por eso renuncia a la descalificación, a la demagogia y procura en todo momento
trabajar desde la real realidadargumentando y razonando todas sus decisiones,
todas sus propuestas.


La moderación, en contra de lo
mucha gente piensa,  no significa medias
tintas, ni la aplicación de medidas políticas descafeinadas ni tímidas, porque
la moderación se asienta en convicciones firmes, y particularmente en el
respeto a la identidad y autonomía de cada actor social o político, es decir,
parte de la convicción de la bondad del pluralismo. Por eso la política de
centro es una política moderada, de convicciones y de tolerancia, no de
imposiciones. Más que vencer le gusta convencer. Algo que  ahora no está de moda a causa de la vuelta de
ese maniqueismo y cainismo que habíamos superado hace algunos años y que ahora
regresa de manos del oportunismo por un lado y la demagogia por el otro: los
mejores aliados del retroceso social y la inestabilidad general.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Regulación y control

Una de las principales características de la acción del
Estado, de la misma esencia del poder público es la regulación, una actividad
más amplia que la simple legislación. El Estado, bien lo sabemos, tiene como
función esencial atender al bienestar integral del ser humano y, por ello,
dispone de la función reguladora precisamente para promover la libertad
solidaria de los ciudadanos. Esta relevante función se expresa a través del
poder legislativo y del poder ejecutivo y administrativo, que son los poderes a
quienes compete la actividad normativa. Actividad que debe estar subordinada al
interés general, al interés de todos y cada uno de los ciudadanos en cuánto
miembros de la comunidad. Y ese interés general en materia económica y
financiera se encuentra en la preservación de la libertad solidaria. O, por
mejor decir, en garantizar un mercado  racional,
un mercado que funcione como medio, no como fin, un mercado con sensibilidad
social, un mercado social, tal y como postularon en su día Von Hayek o Erhard
entre otros destacados miembros de la teoría de la economía social de mercado.
Es decir, la libertad económica precisa, para alcanzar su plena realización en
el Estado social y democrático de derecho, de la acción de los poderes
públicos. No para condicionarla sino para facilitar su razonable ejercicio. No
para dirigirla, para facilitar que funcione con una autonomía racional y
equilibrada.


En este marco, siguiendo a los viejos liberales europeos del
siglo XIX sigue de actualidad una de sus máximas más conocidas: tanta libertad
como sea posible y tanta intervención como sea imprescindible. El mercado,
pues, requiere regulación y controles, tareas que lejos de anularlo o
suplantarlo, deben posibilitar su funcionamiento razonable y justo. Algo que, como
ahora se sabe, fracasó con ocasión de la última crisis financiera, al confiarse
ingenuamente en la autorregulación y al no preservar la independencia en las
instancias estatales de regulación y control.


El Estado debe controlar, regular, supervisar y verificar
determinadas actividades como la seguridad, en todas sus facetas, o la economía,
que son de auténtico interés general. No se trata  que el Estado dirija o dicte las
instrucciones de tales actividades. Simplemente, y no es poco, debe disponer de
instituciones adecuadas para garantizar que los mercados de valores, por
ejemplo, se realicen en un contexto de libertad, competencia y racionalidad. Y
para ello, tales autoridades deben dedicarse a regular,  controlar y supervisar ciertas operaciones y
actividades con el fin, insisto, de preservar un funcionamiento razonable,
equilibrado y justo del mercado.


Hoy el derecho administrativo está más vivo que nunca. El
poder político ha intentado doblegarlo para convertirlo en un simple apéndice,
en algunos países con cierto éxito. El poder financiero comprobamos como ha
conseguido que las autoridades reguladoras miren para otra parte o se
conviertan en piezas de caza de determinados intereses financieros. Claro que
es menester regular y controlar, pero regular y controlar con sentido de la
racionalidad, no para apoderarse de la actividad económica y dirigirla desde
esquemas de la planificación centralizada. El control y la regulación, pues,
están de moda. Eso así, bajo nuevos parámetros que hagan posible esa libertad
solidaria que ha sido arrasada en este tiempo por los fundamentalistas.


El gran problema es que el control y la regulación, si no
son independientes, son un gran enemigo de la libertad. Si están en manos de
dependientes no sirve para nada. Hoy, tenemos muchos controles, en manos de
domésticos. ¿ Para qué queremos tantos controles si no hay control?. Buena
pregunta


Jaime Rodríguez-Arana. 
jra@udc.es


Derechos sociales fundamentales

Los
derechos fundamentales son una misma categoría con un mismo régimen que deriva
de la misma dignidad humana y que dispone de las mismas condiciones de
exigibilidad sea cual sea el derecho de que se trate.


Las
estructuras y los procedimientos se diseñan y actúan al servicio de las
personas, no al revés. Por eso, en un presupuesto público en materia de
políticas sociales hay que atender muchas necesidades y conceptos pero en
puridad la cantidad que se debe presupuestar para estas finalidades debe estar
en función de la situación de los derechos sociales fundamentales en el país y
de los medios disponibles porque otra cosa sería imposible. Pero de ahí a lo
que acontece en la actualidad, en la que en muchos sistemas estos derechos no
son fundamentales y su exigibilidad está puesta en cuestión, hay un largo
trecho.


El
tema esté en afirmar el carácter fundamental de estos derechos y empezar a
caminar en este terreno. A  partir de ahí
los progresos serían notables. No se trata de negar la realidad, que las
disponibilidades presupuestarias son las que son y que conforman el marco para
averiguar la racionalidad de las demandas judiciales en la materia. Se trata,
simple y llanamente, de afirmar que los derechos sociales fundamentales
pertenecen a la categoría única de los derechos fundamentales de la persona.


Otro
asunto es el  alcance y funcionalidad del
derecho al mínimo vital, un derecho fundamental de mínimos que permite que no
se quiebre la condición humana. Como sabemos, existen unos derechos sociales
fundamentales mínimos que el Estado o la Sociedad, según los casos y las
posibilidades, deben asegurar y garantizar para evitar la deshumanización de la
persona. En este punto, sin embargo, debe quedar claro que, en efecto, la
aplicabilidad inmediata de los derechos sociales fundamentales no se reduce al
reconocimiento del mínimo vital o existencial. Todos los derechos sociales
fundamentales, todos, por ser derechos fundamentales de la persona,  tienen eficacia directa sencillamente porque
disfrutan de la misma categoría y régimen jurídico de los derechos
fundamentales.


El
marco de lo que es imprescindible para una existencia humana responde al
derecho al mínimo vital pero más allá de esta garantía de mínimos existen otros
derechos sociales fundamentales, ordinarios, como puede ser el derecho a una
vivienda digna, el derecho a una protección social digna, el derecho a una
sanidad digna. Es decir, una cosa es lo mínimo imprescindible para una
existencia o para una vida propia de una persona humana y otra distinta la
garantía de un marco de racionalidad y progresividad en el ejercicio de estos
derechos que apunta más allá de lo imprescindible, de lo mínimo.


Si
entendemos el mínimo existencial como el techo mínimo, el suelo mínimo de los
derechos sociales fundamentales, comprenderemos que a partir de este solar se
pueden levantar o edificar derechos sociales fundamentales. A partir de esa esfera
de una existencia mínimamente digna, aplicando el principio de progresividad
podemos llegar a afirmar la existencia de derechos sociales fundamentales que
consisten en garantías y prestaciones, junto a protecciones y defensas, de
posiciones jurídicas dignas, de una dignidad superior a la mínima. No de otra
manera debe interpretarse las apelaciones que las Constituciones de nuestra
cultura jurídica realizan a una mejor calidad de vida para las personas o una
existencia o vida digna. Si, hoy la dignidad en muchas políticas públicas pasa
por pensar más y mejor en las personas, de esono hay duda.


Jaime
Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Control y dominación en política

Una forma de ejercer el control
cuando el poder se esclerotiza, cuando se sirve sólo a sí mismo, es la
preocupación central por cercenar al rival. Es lógico que en la vida política se
pretenda derrotar al adversario, pero la forma de hacerlo tiene que ser
ganándole la partida en el aprecio de los ciudadanos, dando soluciones
realistas, y también con los proyectos más ilusionantes. Lo que constituiría
una negación del espíritu democrático sería pretender ganar a base de socavar
el trabajo de los demás.


La hegemonía política que siempre
tendrá en un régimen democrático un carácter temporal, no debe encumbrase
prepotentemente por verse establecida sobre un yermo de ideas y de proyectos
políticos. Triste hegemonía, reinado de tuertos en un país de ciegos políticos.
Tal situación es signo inequívoco de fragilidad democrática, lo que se traduce
en debilidad de la libertad y de la participación.


El político, la política de verdad,
deben jugar sus bazas, es obvio, pero no pueden estar pendientes sólo, por así decir,
 de romper el espinazo político del
adversario. En la emergencia del adversario, el político, la política auténtico
siente el acicate para buscar una respuesta más honda, que vaya más allá y que
deje en evidencia la precariedad, la debilidad o la insuficiencia de
determinados aspectos de la propuesta del contrario.


El juego democrático tiene
componentes esencialmente competitivos, como sucede con la concurrencia
electoral. La competitividad se manifiesta también en el trabajo de control -en
el sentido de fiscalización- del Gobierno por la oposición. No es vana la
afirmación de que un buen gobierno precisa de una buena oposición. Por eso tan
nocivos son para el bien general el trabajo opositor de entorpecimiento del
trabajo de gobierno -no ciertamente el de control del ejecutivo- que llegue a
negar radicalmente la posibilidad de entendimiento, como el trabajo de gobierno
que se dirija torcidamente a destruir la oposición o que sistemáticamente se
imponga por mayorías mecánicas, o que no dé ocasiones a la oposición para sus
aportaciones y cooperación.


La clave vuelve a estar en la
actitud que define una de las coordenadas de la acción política moderada,
centrista: la solidaridad que busca  ámbitos de convivencia y de cooperación, lo
que supone aceptar previamente el pluralismo social, refrendado por una acción
política que persigue ampliar los campos de la libertad y de la participación.
Hoy, el canismo y maniqueismo reinante, fruto de la mediocridad dominante,
reclaman otra forma de hacer y de estar en política y en cualquier actividad
humana. Nos lo merecemos y, desde luego, hemos de exigirlo.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


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