Transparencia y buena administración
El derecho fundamental de todo ciudadano europeo recogido en
el artículo 41 de la Carta de los derechos Fundamentales de la Unión Europea de
2000 fue formulado para salir al paso de la denominada, por el Defensor del
Pueblo Europeo, mala administración pública. Mala administración que viene
caracterizando desde hace unos años a numerosas administraciones y gobiernos
del área europea.
En efecto, la conformación como derecho fundamental de la
buena administración pública es una relevante manera de subrayar el papel
central del ciudadano en todo lo referente al manejo y conducción de los
asuntos relativos al interés general. Tal derecho es configurado por la Carta
Europea en atención a la equidad, a la imparcialidad a la responsabilidad, a la transparencia y al plazo razonable en la
resolución de los expedientes. Por tanto, la administración parcial,
inequitativa, opaca, irresponsable y
lenta es, a tenor de lo consignado en este precepto de la Carta, mala
administración.
En este sentido es lógico que la negligencia en el manejo de
los fondos públicos tenga efectos más allá de la responsabilidad política. Que
el reproche sea penal o administrativo dependerá seguramente de la relevancia y
magnitud del ilícito cometido. Estas conductas no queden impunes y los gestores
públicos deben poder realizar su tarea con diligencia, conscientes de que los
fondos públicos son de todos los ciudadanos, no recursos económicos sin dueño
o, lo que sería peor, al servicio del gobierno de turno.
La mala administración, hoy en el candelero por la alucinante carrera de
negligencia e irresponsabilidad acontecida en los últimos tiempos, afecta
también a la equidad y a la imparcialidad que deben presidir la actuación de
los poderes públicos, sobre todo, de quienes los dirigen en cada momento. La
equidad es una propiedad del buen gobierno, de la buena administración, que
supone implantar cánones de exigente justicia en la toma de decisiones. Por
ejemplo, cargar el peso de la crisis económica sobre los más débiles y los más
pobres es una política pública inequitativa. En punto a la imparcialidad, es
menester establecer reglas que impidan los conflictos de interés por pequeños
que sean.
Por lo que se refiere a la transparencia y al acceso a la
información de interés general es menester exigir estas propiedades a todas
aquellas instituciones que manejen fondos del común, incluidos sindicatos, partidos
y patronales, así como concesionarios y ONG que reciban por algún concepto recursos
públicos. Mientras se tolere o permita la opacidad, la oscuridad, la sombra o
la ambigüedad en estas cuestiones, la calidad de la vida democrática seguirá
siendo la que todos conocemos.
Ahora bien, si en la cultura política y en la educación
cívica cunde la idea de que la rendición de cuentas y la transparencia no son
sólo obligaciones de los dirigentes, sino derechos de los ciudadanos, el cambio
habrá comenzado. Si, como hasta hora, estas materias son planteadas desde el
vértice, con las excepciones concedidas
a la tecnoestructura, continuaremos por la senda de siempre. Si, por el
contrario, se aspira a subrayar la centralidad del ser humano y se difunde sin
miedo que el ciudadano es el verdadero señor y soberano en la democracia,
muchas cosas tendrían que empezar a ser planteadas desde estos postulados. Este
es el cambio que precisamos. La indignación general ante tanto desmán y ante
tanta negligencia reclama un cambio cultural en el que realmente quede claro
que el dueño y señor del poder es el pueblo, y los políticos administradores de
lo que es de todos. Así, seguramente, otro gallo cantaría.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho
administrativo. jra@udc.es
Principios y centro político
Es un lugar común que, para no
pocos, el espacio del centro es el espacio de la ambigüedad, de la indefinición,
del cálculo o del marketing. El espacio, dicen, del relativismo, de la
pusilanimidad, de la renuncia a los principios. Nada más alejado de la
realidad. Tal comentario, incluso para quienes llevamos algún tiempo pensando y
escribiendo sobre este espacio político, no es fácil de rebatir, al menos a
juzgar por la utilización, entre ideológica y partidaria, a que nos tienen acostumbrados
los dirigentes de una u otra orilla del arco político. Entre otras razones
porque existen numerosos dirigentes políticos que, como solo aspiran a estar
siempre en la poltrona, prefieren renunciar a los principios y actuar como
camaleones y arribistas como ahora comprobamos a diario en la campaña
electoral.
Algunos, probablemente quienes
menos entienden lo que es el centro, plantean la cuestión en estos términos: para
llegar al poder es necesario utilizar una versión del centro que esconda u oculte
los principios y se concentre únicamente en el pragmatismo. Para quienes así
razonan, el oportunismo es la bandera de su política y probablemente, sin
reconocerlo, desprecien los principios entendidos como criterios de conducta
que buscan una coherencia entre valores
y acciones concretas. Los principios, insisto, no son para contemplar como
grandes construcciones de la lógica o de la metafísica, sino que son guías y luces para la acción política
cotidiana.
El centro de la acción política
es la persona. Desde este principio básico es posible establecer algunas de las
líneas fundamentales que, desde una perspectiva que podríamos denominar -de un
modo genérico- ética, configuran el centro político.
En efecto, la persona, el ser
humano, no puede ser entendida como un sujeto pasivo, inerme, puro receptor,
destinatario inerte de las decisiones políticas que se diseñan desde una cúpula
que solo busca el interés personal de sus integrantes. Definir a la persona
como centro de la acción política significa no sólo, ni principalmente,
calificarla como centro de atención, sino, sobre todo, considerarla el
protagonista por excelencia de la vida política. Eso significa, entre otras
cosas, que el ser humano ha de ser la medida y el fin de las políticas que se
practiquen desde el espacio del centro, un espacio político que parte, además
de la realidad y la racionalidad como metodología de trabajo, del compromiso
radical con los derechos humanos y su dignidad.
Afirmar el protagonismo de la persona es poner
el acento en su existencia digna, en el compromiso con los que están a punto de
ser, con los que son en malas condiciones, con los que están a punto de dejar
de ser. Y para ello las políticas públicas han de subrayar la necesidad de que
las personas dispongan de espacios más abiertos y libres para realizarse como
seres libres solidariamente. Si solo se atiende a la economía, entonces se
corre el peligro de que se olvide que un ambiente de calidad en el ejercicio de
la libertad debe ser la principal aspiración de la actividad política. Y, hoy,
aunque nos pese reconocerlo, la obsesión por el lucro lamina la dignidad humana instalando alianzas
entre los poderes que solo aspiran al primado de su hegemonía cueste lo que cueste.
Y, mientras tanto, continúa esa colosal maquinaria de control y manipulación
que va consiguiendo convertir la democracia es una cuestión cuantitativa al
margen de las necesidades reales de la población, acabando por ser un arte para
la manipulación, para el control social. Por eso, precisamos políticas humanas,
sensatas, equilibradas que partan de la real realidad que trabajen desde la
razón y que sean practicadas por políticos con mente abierta, plural, dinámica
y complementaria. Casi nada.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Actualidad del espacio del centro
Con cierta periodicidad, sobre todo cuándo se acercan las
elecciones, algunos partidos insisten en el giro al centro. Por una parte es
lógico porque en este espacio político está, a estas alturas, suficientemente demostrado, en sociedades
maduras, que es dónde se ganan las elecciones. Y, por otra resulta que el
centro, como espacio de moderación,
equilibrio, sentido común y, sobre todo, de compromiso radical con los derechos
humanos, es una tendencia nunca completamente alcanzada. Es un camino, una
orientación a una democracia más real y genuina que requiere, en los líderes
que pretendan seguirla, una apuesta decidida por pensar seria y permanentemente
en el pueblo y en sus problemas. Algo que hoy, aunque se predique por todas
partes, vemos que brilla por su ausencia porque en términos generales no
tenemos dirigentes empeñados seriamente
en la mejora continua de las condiciones de vida de los ciudadanos.
El espacio de centro no es una ideología al uso. Es otra
cosa. El centro no tiene una base ideológica en sentido estricto, que todo lo
soluciona a partir del recetario teórico confeccionado por los teóricos de
turno. El centro no se encierra en una respuesta única. Representa, más bien,
la apertura a la complejidad de los problemas de las sociedades plurales y
abiertas en que vivimos desde la realidad, partiendo de la razón y a través del
pensamiento dinámico y complementario que se asienta en la centralidad de la
dignidad humana,
Los programas son desde luego muy importantes para la suerte
electoral. No lo niego, pero, sin embargo, me parece que cada vez cuentan más
los equipos humanos que los integran, su capacidad operativa, su disposición
real al diálogo, su integridad, su honradez, su capacidad de persuasión y de
comunicación, la confianza que despiertan, su receptividad ante las exigencias
y aspiraciones sociales. Y, fundamentalmente, la coherencia y congruencia entre
lo que se proclama a los cuatro vientos y lo que se practica en la
cotidianeidad.
Un dirigente del centro intentará atender a todos los ciudadanos
sin exclusión porque los programas de centro deben ser equilibrados en el
sentido de dirigirse a todos los sectores, sin orillar ninguno, del cuerpo
social. No se puede gobernar para unos pocos, ni para muchos, ni para
determinadas mayorías, ni siquiera para una mayoría representada en una
universalizada clase media. Se gobierna para todos. De ahí que, por ejemplo,
tanto deba buscarse la integración de los sectores que sufren las tensiones de
la marginalidad, como la implicación en los asuntos públicos de aquellos que
ven acompañada su acción privada por el éxito social y económico.
Cómo deba realizarse tal acción de gobierno no está escrito
ni está teorizado. Por una sencilla razón, porque ser capaz de pensar en todos
y gobernar para todos está dado a aquellos que saben que situarse en el centro
no es tarea fácil en la medida en que requiere un ejercicio permanente de
prudencia política, y buen hacer. Si situarse en el centro es complejo,
mantenerse lo es más porque exige una permanente atención, conexión y respuesta
a las demandas de la sociedad, no en abstracto, sino de las personas que la
integran. Hoy, sin embargo, a causa de la trampa del populismo alimentada por
la corrupción de los principales partidos y de la corrupción de los partidos
tradicionales, se instala de nuevo ese maniqueísmo que tanto daño nos hace por
cuanto pretende jugar desde el resentimiento, la revancha, el odio, desde lo
peor del pasado. Por eso, precisamos moderación, sentido común, políticas que
se asienten radicalmente en la mejora de las condiciones de vida de los
ciudadanos.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
El centro y las tecnoestructuras
La política reclama hoy equipos con
la instrumentación intelectual adecuada para abordar los problemas a los que se
enfrentan las sociedades desarrolladas en toda su complejidad. Sin embargo, una
eficiencia que pretenda apoyarse sólo en una fundamentación técnica de la
actuación política está llamada al fracaso pues solo pasar por alto que la política
está convocada esencialmente a la mejora de las condiciones de vida de las
personas en un ambiente de verdadera participación y de control efectivo del
poder.
Esta consideración está en la entraña
misma de las denominadas políticas de centro porque al fin y al cabo la
consideración de que la solución a los problemas humanos y sociales se alcanza
por una vía técnica podríamos calificarla como idea matriz de lo que se denomina
“ideología tecnocrática”, dominio de la tecnoestrutura, primado del
tecnosistema, por cierto hoy de gran actualidad.
Esta afirmación sobre la hegemonía
de la ideología tecnocrática recuerda la versión más negativa de la ideología,
como discurso cerrado, reductivo y dogmático por cuanto se asienta en la
despersonalización del individuo y en la desocialización de los grupos humanos. Tal esquema lo podemos
encontrar en los intervencionismos más intensos como en los liberalismos más
radicales.
La eficacia de la política no se
apoya sólo –no puede hacerlo- en el rigor técnico de los análisis y sus
aplicaciones, aunque este valor deba tomarse
siempre en consideración. Es necesario el sentido práctico, muy próximo al realismo,
al sentido de la realidad que también desde el centro se reclama.
Muchas veces la solución técnica más
intachable, la más correctamente elaborada es inviable, o puede incluso ser
perjudicial porque los hombres y las mujeres a los que va dirigida no son sólo
pura racionalidad, ni sujetos pasivos de la acción política, ni entidades
inertes, cuya conducta pueda ser preestablecida.
Por eso, frente a los populismos que
expresan las más puras esencias del doctrinarismo radical de una u otra orilla
ideológica, y frente a la alianza tecnoestructural entre poder político, financiero
y mediático, que en el fondo se confunden, precisamos políticas más humanas, más
moderadas, más realistas. Hoy más necesarias.
Jaime
Rodríguez-Arana
Catedrático de Derecho Administrativo
Poder y confrontación
En la democracia no parece admisible admitir que el hilo conductor de la
vida política sea la confrontación, de modo que, consecuentemente, el objetivo
para una fuerza política no debe ser la laminación del adversario político. Uno –o muchos- pueden pensarlo así, y desde
luego que lo hacen, como es manifiesto en muchos que se declaran de izquierdas
o de derechas, y en la acción política de muchos otros, se encuentren o no en
esa franjas políticas. Pero así no debe ser entendida la vida política.
Considero que el hilo conductor fundamental de la vida política es el acuerdo.
Sin acuerdos fundamentales y profundos no puede establecerse una vida política
democrática. Cuando menos, al decir de los liberales, el acuerdo en los
procedimientos, que debe ser escrupulosamente cumplido. Aún pensando que el
acuerdo va mucho más allá, quedémonos al menos con ese mínimo.
Pues bien, el carácter fundante o constituyente del acuerdo, para la
vida política, no permite inferir de ahí que toda la vida política se reduzca a
acuerdo. El acuerdo, el pacto, el consenso, es un momento del diálogo, no es ni
su estado ideal, ni su conclusión. Pero el consenso sistemático no es posible
cuando se afirma la fluidez y el dinamismo de la vida humana, y no ya el
dinamismo de un sistema mecánico, o evolutivo, sino de un sistema libre. El
consenso, el acuerdo es una etapa del diálogo, pero lo son también el disenso,
la divergencia, la discusión, la ruptura, la desavenencia, y la recuperación de
la concordia. Todas ellas son fases del diálogo y todas fases igualmente
valiosas. Pero lo fundamental, lo principal, no es que los interlocutores se
pongan de acuerdo en todo -ni en casi todo, ni siquiera en la mayor parte de
los temas-, sino que respeten – y tengan permanentemente presente- el acuerdo
básico, metapolítico, que hace posible el diálogo, que los convierte en
interlocutores, en conciudadanos.
Cuando el acuerdo no es posible, no se rompe por eso el suelo político
del centro, porque queda el procedimiento democrático, la confrontación en las
urnas como método de resolución de las desavenencias que puedan producirse –y
que ineludiblemente se producirán- en la vida política.
Se ha dicho que la confrontación es un ingrediente ineludible de la
vida política. Estoy plenamente de acuerdo. Efectivamente, ante una propuesta
determinada, ante un proyecto, la masa social fácilmente se dividirá entre
partidarios y detractores –en una simplificación que no toma en cuenta los que
no saben o no contestan, o los que consideran una tercera o cuarta opción-.
Parece que en el momento presente, la sociología manifiesta que eso, de hecho,
es así. Pero es que tal fenómeno en nada contradice la configuración del
espacio político de centro como un espacio con personalidad propia. Ni tampoco puede aducirse como apoyo
argumental para mantener la pertinencia de la división entre izquierdas y
derechas.
Es más, de la reivindicación del espacio de la moderación, como nuevo
terreno para el juego político, no puede colegirse que sea el único espacio
político posible, porque el terreno ideológico queda disponible -como no podía
ser menos- para quien quiera seguir instalado en él. Criticarlo por su
insuficiencia no significa anatematizar –que de nada valdría por otra parte- a quienes
lo ocupan; considerar que está históricamente superado, no significa negar la
posibilidad de que se produzcan en él nuevas virtualidades, porque si algo
aprendemos del pasado es que, aunque la historia nunca se repite, lo cierto es
que da muchas vueltas.
No es incompatible, ni contradictorio, afirmar la categoría suprema del
consenso básico, en muchos sentidos metapolítico, sobre el que ha de asentarse
la vida democrática, y al mismo tiempo el carácter ineludible de las
confrontaciones que el juego político produce. Estas confrontaciones, el juego
político, no serían posibles sin aquel consenso.
En este sentido, podría
decirse que el espacio de la moderación no se construye allanando la diversidad
presente, sino más bien a base de anchear y expandir el espacio en el que nos
hemos movido hasta ahora. Y desde la moderación dará más juego, sobre todo, a las personas., que es de lo que se
trata.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Etica y corrupción
La percepción, y la realidad de
la corrupción no baja. Cualquier índice que se consulte lo refleja claramente.
Una lacra que si no se resuelve con normas y procedimientos, habrá que situarse
en la calidad moral de las acciones de los sujetos públicos y privados, porque
la corrupción, es bien sabido, es siempre
cosa de dos.
“Adquirimos las virtudes
mediante el ejercicio previo; como en el caso de los demás actos; pues lo que
hay que hacer después de haber aprendido lo aprendemos haciéndolo; por ejemplo,
nos hacemos constructores construyendo casas. Así también, practicando la
justicia nos hacemos justos; practicando la templanza, templados; y practicando
la fortaleza, fuertes”.
Esta cita proviene de la
Ética a Nicómano del viejo Aristóteles. Me parece que responde a lo que se
denomina sentido común, que permite
afirmar que la política, la acción pública en general, debe poseer un relevante
carácter ético. Así, la teoría general de la acción es la ética misma. Es en la
praxis donde se pone de manifiesto el compromiso ético, como es en lo concreto
donde se demuestran las convicciones y orientaciones ideológicas. Hoy, las apelaciones
generales y abstractas cada vez tienen menos interés y es la dimensión práctica
el lugar en donde se manifiestan los valores.
Estas consideraciones me
parecen de gran interés. Sobre todo porque hasta no hace mucho estábamos
acostumbrados a juzgar a posteriori sobre las acciones cuando lo decisivo para
esta comprensión de la Etica
es tener presente que el valor positivo o negativo de las acciones humanas
constituyen su esencia. Como señala Aristóteles “…. Construyendo bien serán
buenos constructores y construyendo mal, malos” Aquí esta la clave: “la buena
acción es un fin”.
Una cosa es la técnica y
otra la ética. No es que sean conceptos contradictorios, pero cuando la técnica
se coloca en el plano de la ética, nos encontramos con la siguiente afirmación,
radicalmente falsa y fuente de muchos problemas: existe un fundamento premoral
de las acciones humanas que permite un espacio de neutralidad en el que pueden
alcanzarse consensos carentes de justificación ética. Más bien, lo que
demuestra la experiencia universal y la dimensión ética es que la acción humana
está radicalmente unida al fin del ser humano en cuanto tal y es en la acción
concreta donde se hace patente, o no, esa dimensión humana. Por eso, la teoría
general de la acción es la ética misma, porque desde su inicio ha de considerar
un fin comprensivo de todas las acciones humanas.
En otras palabras, si al
actuar en el ámbito público, lo hiciéramos siempre buscando el servicio
objetivo al interés general, otro gallo cantaría. Por el contrario, cuando lo
que se persigue es el beneficio económico, el medro personal, la laminación del
enemigo o del adversario, la corrupción está servida. Y mientras no mude el fin
de la acción u omisión, por muchas normas y procedimientos que se aprueben,
seguiremos inmersos en esa lacra social tan difícil de extirpar. Ni más ni
menos.
Jaime Rodríguez-Arana Muñoz
Catedrático de Derecho Administrativo
Política y conflictos de interés
La ordenación del poder hacia el bien de todos es la esencia de la política. Por eso, la sensibilidad ante el bien
común es uno de los retos más importantes que tiene planteada la política como
quehacer y los políticos como colectivo de personas individuales que son, en
definitiva, los responsables de que el bien de todos sea una aspiración que se
vaya concretando en la historia.
Es bien conocido que buena parte de los problemas de Ética política se
resumen con la apelación al llamado conflicto de intereses. Su propia
existencia, que es real, demuestra, una vez más, la necesidad de una sólida
formación y de una praxis ordenada en torno a los grandes valores del servicio
público y del bien común.
Hoy, no pocos políticos persiguen los "beneficios"
económicos que les puede reportar una determinada decisión o actuación. Fundamentalmente porque no disponen de un modo de
vida estable y buscan a toda costa encontrar una salida a su precariedad en la
actividad pública.
Los políticos, en la medida en que ejercen potestades discrecionales y
disponen de información confidencial son los que tienen más posibilidades de
anteponer su propio interés al de los ciudadanos. Los conflictos de intereses
constituyen el área más común de la problemática que encierran las
conductas anti-éticas.
Efectivamente, el conflicto de intereses puede ser definido como una
situación en la que un político tiene un interés privado o personal suficiente
para actuar en un determinado sentido en la función pública. Las modalidades son muy variadas. Van desde el llamado
tráfico de influencias hasta el amiguismo o nepotismo. Por eso, es menester establecer normas que impidan a un responsable
público trabajar para una empresa del sector
privado a la que, en el ejercicio de sus potestades discrecionales, se le
hubiesen otorgado contrataciones. Si así
no fuera, la confianza pública en la integridad e imparcialidad del servicio
público será puesta, cuando menos, en tela de juicio.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Ideas, modernidad y centro
En un mundo dominado por el pensamiento bipolar, maniqueo y cainita, por el pensamiento ideologizado, pareciera que todo es cosa de afirmaciones y de negaciones, sin lugar para los matices y para el pensamiento crítico. Sin embargo, precisamos que la realidad se enriquezca con la aportación de ideas y opiniones libres que representen la pluralidad del espacio público, en modo alguno compuesto por dos solas posiciones.
En decir, cada vez es más urgente
que se puedan expresar las diferentes opiniones e ideas que en la sociedad
existen sobre los temas más diversos con respeto en un ambiente de difusión y
protección del pluralismo.
Probablemente sea una
simplificación afirmar que el pensamiento ideológico es el propio de la
modernidad, pero puede servirnos para ilustrar lo que pretendo transmitir. La
crisis de la modernidad de la que es testigo el tiempo presente, manifestada en
las más variopintas circunstancias contemporáneas, es también una crisis de
pensamiento, que no podrá encontrar salida adecuada ni por la vía de una reafirmación ideológica
ni por la vía de un edulcorado escepticismo global que en todo caso sería el
certificado de defunción de todo progreso político.
La superación de la crisis de la
modernidad no parece que pueda venir por la vía de una reinstauración de la
modernidad, sino más bien por la de una superación que ha de pasar
necesariamente por una profunda reinterpretación del pensamiento, y en concreto
también del pensamiento político.
Pero superar la modernidad no puede
significar rechazarla. Significa rechazar lo que de la modernidad se ha
mostrado insuficiente, estrecho, caduco, reductor. Si es verdad que nunca
posiblemente se han producido barbaries mayores que las ahijadas por la
modernidad, es también incontestable que la modernidad ha enriquecido como
pocas épocas históricas conceptos tan trascendentales como democracia,
libertad, derecho, dignidad humana, justicia, igualdad, etc., etc.
La modernidad, en cierta medida, ha
estado demasiado pendiente de los corsés impuestos por las ideologías, que, por
poner un ejemplo, sólo podían entender libertad como libertad para la clase
universal proletaria, libertad para el individuo solo, o libertad para la
nación, según partiéramos de principios socialistas, liberales, o nacionalistas.
Situarse en el espacio de centro
significa, entre otras cosas, reconsiderar y redifinir todos los conceptos
básicos, metapolíticos, sobre los que se asienta la vida política. La doctrina
que así se produce no es, sin más, una elaboración genérica sobre los valores
en que se asienta la democracia, sino que se muestra cargada de un nuevo
sentido que posibilita la regeneración democrática a la que toda la gente de
buen sentido aspira, y que la sociedad emergente reivindica.
Es ahí donde debe encontrarse el
consenso básico que posibilita nuevos avances y nuevas conquistas para la vida
política. Y el elemento básico de ese consenso está en la dignidad del hombre y
de la mujer concretos. La afirmación de la dignidad humana es el hallazgo más
trascendental de la modernidad. No me estoy refiriendo a exposiciones
retóricas, sino por ejemplo, a cuestiones tan concretas, por ejemplo, como el
repudio y condena de la tortura, precisamente cuando en nombre de las
ideologías estuvo en tantas ocasiones justificada como procedimiento social o
político de dominio. Esta es una de las grandes paradojas de la modernidad que,
por ejemplo, sigue presente en algunas latitudes que de una manera o de otra
siguen con la cantinela de un progresismo o de un liberalismo que está dando
sus último coletazos ante la soprendente insensibilidad de la comunidad
internacional.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Centros y centro
La cuestión del centro siempre ha sido un asunto polémico aunque sea
sólo por los intereses políticos que se juegan en este espacio político, que no
son pocos. Antes, todo el mundo sabía que en nuestras sociedades ganaba quien
está en el centro. Hoy, ante el radicalismo, demagogia y populismo crecientes, ante la pérdida del
sentido común y, sobre todo, ante la crisis de los partidos tradicionales, que
han defraudado a muchos votantes, parece que el espacio de la moderación, del
equilibrio, de la búsqueda de entendimientos, hoy esta desaparecido o no prende
en sociedades fuertemente ideologizadas. Por eso conviene recuperar el sentido
del centro político, para lo que hay que diferenciarlo de otros espacios que
suelen aspirar a ocupar su lugar.
A mi entender, primariamente se
puede decir, aunque no es la dimensión más cabal, que el centro tiene una
dimensión táctica. En este caso se trata de
situar al centro entre otras
fuerzas políticas. Aquí es fundamental el cálculo y el posicionamiento. El
programa que se define de este modo debe estar regido por el cálculo adecuado
de equidistancia entre dos fuerzas encontradas que se reparten mayoritariamente
las preferencias generales de los ciudadanos. El centro que se origina de este
modo es el centro que se puede denominar bisagra, con capacidad para orientar a
sus preferencias por un lado u otro del espectro político. La correcta
equidistancia es aquí llave para poder -siendo una minoría- jugar un papel
decisivo en la conformación de las mayorías parlamentarias o de gobierno.
Otra forma posible de situarse en
el centro de la escena política también de una manera táctica sería en la
conformación de un centro hegemónico, recogiendo las posiciones tibias o
moderadas de los diversos concurrentes a la confrontación electoral, y
acercando de este modo el voto de sectores de todas las tendencias.
Peyorativamente se le podría llamar a este centro, un centro pastelero, en
cuanto que debe contar con la inclusión en sus programas de elementos de todos
los demás programas que permitan esa canalización del voto, mediante la
identificación siquiera parcial del electorado con el pretendido programa de
centro.
Otro centro posible, con base en la
referencia ideológica es lo que denominaremos centro de compensación, en el que
una fuerza política, ante el dominio hegemónico y durable de otra opuesta,
desplaza su posición pretendiendo recoger votos de la otra.
Estos “centros” políticos los denomino
tácticos porque se establecen en el juego político del momento y son deudores
de las posiciones políticas de referencia, ya que con respecto a ellas se
establecen.
Se podría hablar por otro lado de
falsos centros. Uno de ellos sería el centro como coartada. Formaciones
políticas extemporáneas, formaciones políticas que no encajan en el sistema,
formaciones políticas de oportunidad, de programa y sin discurso, se
autocalifican como formaciones de centro. Se trata en este caso de políticos
que se acogen a una supuesta indefinición del centro político, para adscribirse
a él y librarse de la necesidad de elaborar un discurso o de dar cuenta de la
propia situación política.
Cabe otra forma de centro falso.
Sería lo que podríamos denominar centro excéntrico. Se produce este cuando la
formación política asegura estar en el centro entre otras dos formaciones que
no constituyen una referencia objetiva y válida para ella. Es el caso, por
clarificar esto, de determinadas formaciones nacionalistas en España que
afirman estar en el centro por no participar en la confrontación que de vez en
cuando se establece entre las principales formaciones políticas nacionales,
cuando es obvio que tal cosa sucede porque miran unos al interés general de
España y los otros sólo el interés particular de su nacionalidad.
Podríamos hablar también de un
centro estratégico, el centro que busca el espacio en el que se producen las
mayorías, el centro que se establece donde confluye el sentir mayoritario de la
gente. Aun admitiendo las virtualidades
que acompañan a esta concepción del centro, me parece todavía insuficiente.
La concepción que defiendo del
centro es la de un nuevo espacio político que se sustenta en una concepción del
ser humano, de la sociedad y de la democracia, deudora de los ideales
ilustrados pero que pretende superar de algún modo las coordenadas del
pensamiento de la modernidad, asumiendo sus valores, pero depurándolo de sus
contenidos dogmáticos. Un espacio que ojala prenda en nuetras sociedad para que
los asuntos del interés general se resuelvan con mente abierta, metodología del
entendimiento y sensibilidad social. Algo que precisamos como agua de mayo para
que la política recupere el prestigio perdido y se pueda volver a contar con
personas que vayan a aportar a esta noble actividad y no a vivir o enriquecerse
del arte de atender a los intereses generales.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
El centro
A poco que se conozca de historia del pensamiento político
se entenderá bien la siguiente afirmación: siempre ha existido la idea de un
centro, idea que tiene su correlato inmediato precisamente en la de equilibrio,
moderación, en la que siempre cabe distinguir, más o menos explícitamente, una
derecha o una izquierda referidas precisamente al centro.
Desde el punto de vista de la
filosofía, el centro no es sólo el punto
de referencia, sino el origen de la derecha y la izquierda y la causa de su
división. En este sentdo, el centro es lo justo y aquello a lo que debe
ajustarse todo lo relacionado con él, constituyendo su existencia una garantía
contra los excesos, la ideología cerrada, el populismo o la demagogia, hoy tan
presentes en tantas latitudes.
En alguna medida la explicación del
centro desde la filosofía política nos demuestra que como espacio político
representa la necesidad de certificar el ocaso de las ideologías cerradas y de
volver a pensar la política desde posiciones liberadas de aprioris y dogmas que
han lastrado durante décadas a muchas generaciones de políticos e
intelectuales.
Desde nuevas coordenadas
geométricas es menester superar la idea de centro como punto equidistante de la
derecha y la izquierda para levantar un nuevo edificio político que registre la
defunción de la hegemonía
tecnoestructural y la emergencia de un nuevo espacio político impregnado de
humanismo y de una nueva dimensión del poder entendido como la concertación
articulada de las libertades de los ciudadanos y no como una institución que
reside en la cúpula o el vértice y que, de ahí, se extiende hacia la comunidad.
Hoy más que nunca, frente a los
totalitarismos, de uno u otro signo, algunos
con piel de cordero y otros de
forma palmaria, es menester recuperar formas de estar y hacer política que
devuelvan la confianza y el prestigio perdidos a esta noble actividad. Un
actividad hoy dominada por una mediocridad inquietante, por una no pequeña
dosis de resentimiento y,lo más grave, por una ausencia de compromiso genuino
con la mejora de las condiciones de vida de las personas. Asi nos va.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana