La actividad política y el centro
El tiempo que vivimos es desde tantas
perspectivas un tiempo de incertidumbre, de sorpresas, de zozobras, de cambios
y transformaciones acelerados. También en la actividad política, en la que se
echan en falta formas más abiertas y respetuosas de enfocar las cuestiones públicas
y de resolver los problemas reales de los ciudadanos. Estos días de elecciones
lo comprobamos meridianamente. Con ocasión de la campaña electoral en la que
estamos sumidos en este tiempo lo comprobamos a diario.
El
entendimiento brilla por su ausencia. El entendimiento como método
supone el derroche de energías necesario para superar el enfrentamiento o la
imposición como sistema. La generosidad de ese esfuerzo para convenir con los agentes
políticos, los sectores de población, los variados intereses que se entrecruzan
en la vida de la sociedad, recibe su fuerza de la estructura constitutiva de la
persona: de su carácter racional, de su condición afectiva, de su naturaleza
social en definitiva. En el fondo, se trata de combatir la tentación de los
hábitos autoritarios todavía tan presentes en el escenario de la resolución de
problemas, sea en el mundo privado o público.
Tambien la solidaridad brilla por
su ausencia. Precisamos una una actitud solidaria genuina, no un mercadeo de
solidaridad, que
se deriva de poner al ser humano, a las personas, a la gente, en el centro de
interés de toda acción política o social, y que conducirá necesariamente a
buscar las soluciones y a orientar las actuaciones en los ámbitos de la
cooperación, de la convivencia y de la confluencia de intereses. La dignidad
humana es la clave y la fuerza que da sentido a esta apremiante necesidad de
“democratizar” la democracia o de “liberar” la libertad.
Además, es menester practicar una
mentalidad abierta a la realidad que se muestre plural,
dinámica, multifacética, compleja, y que traiga consigo la desconfianza hacia
las fórmulas simplistas o simplificadoras, demagógicas, y el rechazo de las preconcepciones de la
organización social tan claras y tan sabidas que, en su esfuerzo por
conformarla a su manera, acaban por liquidarla.
Pues bien, estas coordenadas
definen el marco de una acción política que se podría denominar centrista, hoy tan necesaria en
nuestro país, y que no hace referencia a
una posición táctica o estratégica, ni siquiera a un posicionamiento en el
espectro ideológico o en el arco político, sino que quiere significar un modo
de entender la política centrado en la persona, en el respecto a su condición
plural, dinámica y multidimensional, y en la búsqueda de acciones cooperantes y
de integración mediante el diálogo. ¿Por qué será que cuesta tanto que
arraiguen espacios políticos de estas características entre nosotros?.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La vuelta al centro
El
espacio del centro es dinámico, en permanente evolución, porque el centro no es
una estación de llegada, sino un camino caracterizado por la mentalidad
abierta, la metodología del entendimiento, la sensibilidad social y la centralidad
de la dignidad humana en el que se trabaja desde la realidad y con la razón. El
espacio del centro es el espacio de la política, el de la mejora de las
condiciones de vida de las personas, no el de una amorfa e insensible gestión
administrativa acortanada, artificial, que solo aspira a permanecer como sea en
la cúpula.
Hoy es
menester la vuelta al centro, más allá de frases y eslóganes, pues necesitamos
como agua de mayo regresar al compromiso radical de defensa de los derechos
fundamentales de las personas en un ambiente de respeto, de búsqueda de
acuerdos y de búsqueda real del interés general.
El
compromiso con el centro político es una llamada a una auténtica participación
social en el debate público, participación que no significa necesariamente
participación política militante o profesional, sino participación política en
el sentido de participación en el espacio colectivo, de intercambio de
pareceres, de interés por la cosa pública, de participación en la actividad
social en sus múltiples manifestaciones, de acuerdo con nuestros intereses,
implicándose consecuentemente en su gestión con los criterios de moderación y
de conocimiento
.
Este giro al centro tiene que
significar ante todo un cambio ético que vaya dirigido a hacer reales los
postulados del Estado de Derecho, hoy secuestrados por ciertas minorías que lo
usan para disfrutar de sus posibilidades al margen del pueblo y de los
intereses generales. Para ello, si de verdad se busca el centro político, habrá
otra vez que recordar los pilares sobre los que descansa.
En primer lugar, una mentalidad
abierta a la realidad y a la experiencia, que nos haga adoptar aquella actitud
socrática de reconocer la propia ignorancia, la limitación de nuestro
conocimiento como la sabiduría propia humana, lejos de todo dogmatismo, y al
mismo tiempo de todo escepticismo paralizador y esterilizador que nos impulsa
necesariamente a una búsqueda permanente y sin tregua, ya que la mejora moral
del hombre alcanza la vida entera.
En segundo término, una actitud dialogante
que facilite un permanente ejercicio del pensamiento dinámico y compatible que
permita captar la realidad no en díadas, tríadas, opuestas o excluyentes, sino
percatándonos, de acuerdo con aquel dicho del filósofo antiguo de que, en el
ámbito humano y natural, todo está en todo. Conscientes de que en la búsqueda
de la pobre porción de certezas que por nuestra cuenta podamos alcanzar,
necesitamos el concurso de quienes nos rodean, de aquellos con los que
convivimos.
Y en tercer lugar, una
disposición de comprensión, apertura y respeto absoluto a la persona,
consecuencia de la convicción profunda de que sobre los derechos humanos debe
asentarse toda acción política y toda acción democrática.
Hoy, ante el avance de los
populismos, instalados en la defensa de una parte de la sociedad, precisamos
espacios políticos desde los que se pueda gobernar para todos y con todos.
Necesitamos moderación, que parte de convicciones firmes, necesitamos amplitd de horizontes, liberación
de esteriotipos y cliches ideológicos, y, sobre todo, hombres y mujeres sin
complejos que dirigan los destinos de la nación comprometidos con que la
democracia vuelva a ser el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no el gobierno de una minoría, por una minoría
y para una minoría, sea esta cual sea. Se precisa devolver a este país la
frescura y la lozanía de la política, de la política sin complejos, de la
política que descansa en las convicciones, de la política que aspira a
representar a muchas personas que creen de verdad en la libertad solidaria. Sin
embargo, la tarea no es sencilla, todo va a depender de si se entiende, y se
sabe transmitir a los españoles, que para ser moderado hay que tener
convicciones firmes y, sobre todo, hablar sin complejos, proponiendo medidas
creibles.
Jaime Rodríguez-Arana es autor
del libro prologado por Adolfo Suárez: El espacio del centro, Madrid, Centro de
Estudios Constitucionales, 2001.
Partidos políticos y bienestar general
Los partidos, como cualquier organización,
tienen el compromiso, por el hecho de constituirse, de luchar por la
consecución de sus fines. Esta aspiración es bidireccional, porque la sustenta
en primer lugar quien participa del trabajo, y después los destinatarios
naturales de la actividad que se realiza. Así, ante el posible éxito de la
iniciativa, habrá que considerar que los primeros beneficiarios sean los
propios autores de la actividad, que supieron concretar una idea, un proyecto,
una estrategia que se traducen en un resultado que pusieron al servicio de la
sociedad, que también se reconoce mejorada por ese producto, por ese servicio.
De este esquema -que no pretende obviar la
complejidad de los procesos- pueden extraerse las consecuencias que se derivan
cuando la finalidad de la actividad no reside en el servicio o en los bienes
que se ofrecen, sino que se instala en el bien de la propia organización.
Cuando tal cosa sucede en el ámbito de las organizaciones políticas los
resultados son manifiestos y casi, casi, pueden deducirse. La organización se
convierte en fin: se burocratiza, los llamados aparatos cobran protagonismo
absoluto. No se abre; se cierra, pierde los vínculos con la realidad social. Y,
en última instancia, cuando no hay un proyecto que ofrecer más que la propia
permanencia que se considera un bien por sí, el centro de interés estará en el
control-dominio, que será la mejor garantía de subsistencia. La autoridad moral
se derrumba, la iniciativa se pierde, el proyecto se vacía, y la organización
se vuelve autista, sin capacidad para detectar los intereses de la gente, sin
sensibilidad para captar las nuevas necesidades sociales.
En cambio una organización que mira
eficazmente a los bienes que la sociedad demanda y que permitirá hacerla mejor,
es capaz de aglutinar las voluntades y de concitar las energías de la sociedad.
Atiende a los ámbitos de convivencia y de cooperación, se convierte en centro
de las aspiraciones de una mayoría social y en perseguidora del bien de todos.
Esto es ocupar el centro social, o más bien estar centrada en el interés
social, no simplemente en el interés de una mayoría social.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La crisis del Estado estático de Bienestar
Mucho se ha hablado y escrito sobre
la llamada crisis del Estado del bienestar y sobre la emergencia de la sociedad
del bienestar. El diseño y ejecución del Estado del bienestar, especialmente en
su versión estática, ha fracasado como
intento de mejora de la calidad del bienestar general de los individuos pues se
ancló en un tecnosistema estático y cerrado que no fue capaz de activar la
fuerza de las iniciativas sociales. Más bien, las aherrojó, las dominó, en un
intento de situar en la cúpula a esa tecnocracia y burocracia que todavía hoy
se resiste a abandonar numerosos privilegios y prerrogativas de difícil
justificación. Sin embargo, en su definición, el Estado del bienestar, debe
reconocerse, trajo algo positivo: una mayor sensibilidad frente a los problemas
y conflictos sociales.
Sin embargo, la pasada por el
intervencionismo, todavía en auge, está minando las pocas terminales sociales
genuinas que operan con criterios de bien social y no de dependencia política.
Hoy, más que transferencias entre poderes públicos, lo que habría que hacer es
potenciar las comunidades sociales que aportan al interés general y
despolitizar una realidad social que está secuestrada por una política que
intenta controlarlo todo, y, sobre todo, por los presupuestos públicos.
Precisamos lo que algunos denominan
sociedad del bienestar y que como dice Llano, puede despertar esas energías
latentes en la sociedad recogiendo el dinamismo vital que surge del mundo real,
de la vida misma, de la cotidianeidad espontánea. Se trata de avanzar, como
señala este autor, hacia la activación
de redes de solidaridades primarias y secundarias, para dotarlas de medios y
competencias que hagan capaces de atender a indigentes, discapacitados,
huérfanos o ancianos de una manera más humana. En esta hipótesis, los poderes
públicos deben ampliar su presencia en el ámbito social pero sin actuar
directamente, facilitando medios para que se vaya humanizando la atención a los
marginados y excluídos. Se trata, nada menos que dar cumplimientoreal al
artíulo 9.2 de la Constitución de 1978, que manda, como es bien sabido,
promover las condiciones para la efectividad de la libertad y la igualdad de
las personas y de los grupos en que se integran.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Equilibrio y centro politico
Los proyectos políticos de centro
deben ser proyectos equilibrados. Es decir, deben contemplar el conjunto de la sociedad, y
no sólo el conjunto como una abstracción, sino el conjunto con todos y cada uno
de sus componentes, de modo que tendencialmente la política debe intentar dar
una respuesta individualizada -podríamos decir- a las aspiraciones, necesidades
y responsabilidades de cada uno de los ciudadanos.
Por ello, las políticas de centro
no se construyen atendiendo a una mayoría social, por muy numerosa y amplia que
ésta pueda ser, como algunos han querido interpretar. Si así fuera estaríamos
ante la realización de políticas posibilistas, oportunistas y auténticamente
pragmáticas. Las políticas de centro deben articularse mirando a todos los
sectores sociales, sin exclusión de ninguno. Y desde el centro debe negarse
absolutamente que la mejora de un grupo social haya de hacerse necesariamente a
costa de otros grupos o sectores. Esta interpretación sólo cabe desde una
perspectiva de lucha de clases o desde un radical individualismo liberal.
Hoy, la experiencia histórica y la
ciencia social y económica nos permite afirmar que sólo un crecimiento
equilibrado permite una mejora real de los distintos sectores y segmentos de
población. La experiencia soviética, el yermo social, político y económico a
que se vió reducido ese gran país que es Rusia, hoy Venezuela o Cuba, se
explica, en buena parte, por la destrucción revolucionaria de los sectores
dinámicos de la economía. Las sociedades postindustriales, por otra parte, nos
vienen enseñando que no es posible un desarrollo económico sostenido si no es
sobre la estabilidad social conseguida por una participación efectiva de todos
en la riqueza producida. Por eso, precisamos partidos moderados, que propicien
una real participacion social, que trabajen sobre la realidad y con la razón,
y, sobre todo, que tengan bien clara la centralidad de la dignidad humana.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La actividad política
El tiempo que vivimos es desde
tantas perspectivas un tiempo de incertidumbre, de sorpresas, de zozobras, de
cambios y transformaciones acelerados. También en la actividad política, en la
que se echan en falta formas más abiertas y respetuosas de enfocar las
cuestiones y de resolver los problemas reales de los ciudadanos. Estos días de
elecciones lo comprobamos meridianamente.
El
entendimiento brilla por su ausencia. El entendimiento como método
supone el derroche de energías necesario para superar el enfrentamiento o la
imposición como sistema. La generosidad de ese esfuerzo para convenir con los
agentes políticos, los sectores de población, los variados intereses que se
entrecruzan en la vida de la sociedad, recibe su fuerza de la estructura
constitutiva de la persona: de su carácter racional, de su condición afectiva,
de su naturaleza social en definitiva. En el fondo, se trata de combatir la
tentación de los hábitos autoritarios todavía tan presentes en el escenario de
la resolución de problemas, sea en el mundo privado o público.
Tambien la solidaridad brilla por
su ausencia. Precisamos una una actitud solidaria que se deriva de poner al hombre, a las personas, a la gente, en el centro
de interés de toda acción política o social, y que conducirá necesariamente a
buscar las soluciones y a orientar las actuaciones en los ámbitos de la
cooperación, de la convivencia y de la confluencia de intereses. La dignidad
humana es la clave y la fuerza que da sentido a esta apremiante necesidad de
“democratizar” la democracia o de “liberar” la libertad.
Además, es menester practicar una
mentalidad abierta a la realidad que se muestre plural,
dinámica, multifacética, compleja, y que traiga consigo la desconfianza hacia
las fórmulas simplistas o simplificadoras, demagógicas, y el rechazo de las preconcepciones de la
organización social tan claras y tan sabidas que, en su esfuerzo por
conformarla a su manera, acaban por liquidarla.
Pues bien, estas coordenadas
definen el marco de una acción política que se podría denominar centrista, hoy tan necesaria en
nuestro país, y que no hace referencia a
una posición táctica o estratégica, ni siquiera a un posicionamiento en el
espectro ideológico o en el arco político, sino que quiere significar un modo
de entender la política centrado en la persona, en el respecto a su condición
plural, dinámica y multidimensional, y en la búsqueda de acciones cooperantes y
de integración mediante el diálogo. ¿Por qué cuesta tanto que arraiguen
espacios políticos de estas características?
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Políticay ciudadanía
Hoy, la política, a pesar de lo que piensan y sobre
practican algunos, ya no es de la
propiedad de los políticos o profesionales del ejercicio del poder, sino de la
gente, de los ciudadanos, o de los electores. Por eso, hoy se van desmoronando
viejas técnicas de control y organización política propias de una concepción
vertical del mando, para dar entrada a nuevas experiencias más democráticas y
procedentes de la realidad, de la vida misma.
El mercado por sí solo no es la
panacea que todo lo arregla ni la quintaesencia de la eficiencia. No se trata
de sustituir el peso del sector público por el sector privado. No se trata sólo
de privatizar y privatizar pues, a veces, los procesos de privatización pueden alimentar peligrosos oligopolios que
amenazan con invadirnos a través de esa sutil monserga del todo vale, lo
importante es tener, acumular; lo importante, en definitiva, es el poderoso don
dinero.
La importancia del concepto de
ciudadanía como propuesta de investigación social nos pone delante de los ojos
algo básico: es menester desburocratizar y desmercantilizar para liberar las
vitalidades que laten en el ámbito cultural del mundo de la vida. Es decir, que
el funcionamiento de la democracia represente la realidad. Por eso, cada vez
será más importante apuntar hacia los inagotables recursos que atesora el
temple intelectual del pueblo. Si asi se hiciera otro gallo cantaría en la
ciencia, en la economía, en la políticia…, en todo.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
El centro político y el pragmatismo
Próximas las elecciones, es bastante común escribir o hablar sobre el centro político, un espacio que sorprendentemente ni está ni parece que se le espera en los próximos comicios. ¿La razón?. Muy sencilla, quien debiera representarlo ha dejado la iniciativa a otros y va a remolque, perdiendo el tiempo en contestar a diestra y siniestra, acerca de provocaciones sin fin. Aún así es conveniente señalar, para desenmascarar a quienes pretenden disfrazarse de centristas, que este espacio político no es, ni mucho menos, es espacio del pragmatismo y del oportunismo.
En efecto, sei el centro renuncia a
moverse en el pensamiento bipolar, profundamente ideológico, al carácter
ideológico, al no poder dar una interpretación total y acabada de la realidad
humana, carecería de un eje sobre el que
articular su respuesta política a los problemas del hombre y de la sociedad y
se movería por lo tanto en las coordenadas de un puro pragmatismo.
La argumentación de esta crítica me
parece enteramente sólida, pero parte de
un supuesto eminentemente ideológico: considerar que es puro pragmatismo todo
lo que no sea un derivado de las ideologías. Sólo en cierto sentido podría
decirse que es así. Si tomásemos el pragmatismo como sentido práctico y sentido
de la realidad, las posiciones de centro son efectivamente pragmáticas, y de
nuevo las formulaciones ideológicas cerradas se encontrarían en regiones
radicalmente contrarias a estas, por cuanto la ideología constriñe la realidad
y la reduce a la congruencia con sus postulados dogmáticos. La ideología
cerrada es capaz de retorcer realidad y actuar contra ella hasta extremos que
resultarían inimaginables de no mediar las experiencias atroces de la
explotación capitalista del siglo XIX y de parte del XX, de la opresión
comunista y de la barbarie nacionalsocialista. Pero la asunción serena de esas
experiencias históricas propicia, entre otras cosas, la afirmación del sentido
de lo real como uno de los fundamentos imprescindibles de toda acción política.
Es más, si por pragmatismo
hubiéramos de entender el aprendizaje a partir de la experiencia, entonces
habría que volver a admitir la calificación del centro como un espacio
de pragmatismo, y, quizás en este caso, con más fundamento aún, en
cuanto desde el centro se manifiesta la necesidad radical de nuestra apertura a
la experiencia. Me estoy refiriendo a que la postulación de un espacio de
centro no es el resultado de una elucubración o de un análisis especulativo
sobre la realidad política y social de nuestro tiempo.
En los sentidos aludidos, pues,
dosis de pragmatismo sí que tiene el espacio de centro; las referencias a la
realidad y a la experiencia son ingredientes imprescindibles de las
formulaciones que puedan calificarse de centristas. Otra cosa bien distinta es
la interpretación que algunos hacen del pragmatismo en el sentido de oportunismo
político. Cuando aluden al pragmatismo del centro se refieren a que lo único
que busca este espacio político, una vez declarada su condición no ideológica,
es la constitución de mayorías electorales que garanticen su permanencia en el
poder. Lógicamente, una fuerza política no podría considerarse tal si no
pretendiese permanecer en el poder, pero no podrá pretenderlo a toda costa si
no es prescindiendo de principios éticos y democráticos sustanciales. En esto
nuevamente la historia nos ofrece lecciones inapreciables, como las relativas a
la instalación en el poder de los movimientos o las fuerzas políticas más
fuertemente ideologizadas, casos en que precisamente el fuerte contenido
ideológico ha proporcionado el impulso intelectual y la justificación “ética”
para perpetuar la permanencia en el poder aún a costa del propio sistema
democrático. Ojala el espacio de centro, de moderación, pensamiento abierto,
metodología del entendimiento y honda sensibilidad social estuviera más
presente entre nosotros.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Elecciones y selección de candidatos
En vísperas de cualquier proceso electoral, uno de
los asuntos de mayor interés es el de la confección de las listas. Una cuestión
que cuando hay democracia real, porque los militantes son los dueños de las
formaciones, se resuelve con relativa
facilidad.
Es una aspiración legítima y honrosa de
cualquier político o política
representar a sus conciudadanos. En un sistema democrático representativo, como
el nuestro, el juego político se articula básicamente en torno a los partidos
-su organización interna-, en torno a las instituciones de gobierno, y en torno
a la representación parlamentaria. Cierto que la vida política -no la vida
partidaria- es más amplia que todo esto, que la vida política se juega en la
sociedad a diario, porque somos todos los ciudadanos los que construimos la
sociedad. Pero quien tiene interés en participar de modo más activo y directo
en el quehacer político, es lógico que busque, como primer paso, la
representación de sus conciudadanos, posiblemente una de las tareas más nobles
que puede desempeñar quien quiera dedicarse a la cosa pública.
En la confección de las listas, cuando la democracia real es de baja intensidad, se pone en juego la capacidad política de los
dirigentes. Conjugar intereses, capacidades, representatividad, ideas e
iniciativas, sectores, concepciones y sensibilidades es una manifestación
indudable del arte de los que disponen las posiciones en la parrilla de salida.
La tentación de los mezquinos o de los prepotentes es aprovechar las
coyunturas partidarias en la elaboración de las listas para tomar venganzas,
comprar lealtades, pagar servicios espurios, siempre amparados en el llamado
aparato del partido, que no es más que un escondite para aquellos que quieren
esconder su responsabilidad bajo ese anonimato y el de unos supuestos intereses
de partido que no son otros que los de la propia facción.
El valor y la aportación de los posibles candidatos -en el aspecto
personal, en la capacidad de gestión, de movilización social, de presencia
pública, etc.- puede pasar entonces a segundo, tercero o cuarto lugar. Cuando
esto sucede la vida partidaria se esclerotiza y las renovaciones se tornan
ficticias, se convierten en meros recursos o en ocasiones para la perpetuación
de poderes o para la instauración de estilos en los que se ponen por delante
los intereses personales o los de las camarillas de amigos. Los partidos no se
abren así a la sociedad, se cierran sobre si mismos. Todo se dirime en los
socorridos aparatos, que acaban controlados por personajes sin representación
social efectiva, que acaban viviendo de la política. Estos días lo
comprobamos con meridiana claridad.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Solidaridad y participación
Una mirada general a la vida política de tantos pueblos arroja, en estos momentos, mal que nos pese, un saldo negativo en dos de los principales elementos del Estado social y democrático de Derecho. En efecto, tanto la participación como la solidaridad con frecuencia se reducen a metodologías artificiales, sin contenido propio, conformándose más bien como técnicas de control y manipulación social. Por un lado, porque a través de la participación, muchas organizaciones públicas ponen en circulación estructuras sociales que no son más, ni menos, que la prolongación del dominio político en extensos campos de la vida comunitaria. Y, por otro, porque la subvención, el auxilio o la ayuda pública, se han convertido, en este tiempo, en herramientas para la captura del voto de colosales proporciones.
En efecto, dos de los aspectos centrales del pensamiento y la
praxis democrática moderna son, es bien sabido, la participación de los
ciudadanos en la vida política y la vitalidad de los espacios de solidaridad en
los que resplandecen los valores cívicos de la convivencia. En lo que concierne
a la participación real de los ciudadanos en la vida política podemos registrar
que, poco a poco, ahora más a raíz de la
crisis integral en la que vivimos, el
pueblo va asumiendo mayor conciencia del ejercicio racional del derecho al voto
y de la expresión del derecho a manifestar sus criterios y preferencias.
Los devastadores efectos de la mentalidad intervencionista
que invadió Europa como consecuencia del vertical entendimiento de lo que se
entendió por el Estado de Bienestar estático a día de hoy están a la vista de
todos. Es decir, la tendencia de los poderes públicos a definir las políticas públicas
sin contar con la ciudadanía, es todavía, parece mentira, una lamentable
realidad que explica buena parte de la indignación reinante en la vida social.
Es paradójico, pero la dimensión estática del Estado de
bienestar, la gran conquista social del período de entreguerras, liquidó la financiación
pública al tirar del presupuesto público para ahormar y conformar, a criterio
de los dirigentes, la vida social. Por eso es fundamental recuperar cuánto
antes la perspectiva dinámica del Estado de bienestar y orientarlo en su acción
y quehacer para acabar con las desigualdades sociales y para que de verdad la
dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales constituyan el centro y la
raíz del Estado y de todas las políticas públicas sin excepción.
Por otra parte, no deja de ser preocupante la autenticidad de
la vida social en el seno de las comunidades básicas. En efecto, no deja de
llamar la atención, en este sentido, la vitalidad de los principios morales que
se ejercen en estas primeras solidaridades que, no lo olvidemos, son los
genuinos laboratorios en los que se forjan las cualidades democráticas y las
virtudes cívicas que fortalecen la convivencia colectiva.
Por eso, porque tenemos ante nosotros, como en otros momentos
de la historia, la titánica tarea de construir nuevo un Estado solidario, un Estado de
bienestar dinámico. Hemos de seguir trabajando para impulsar ambientes
abiertos, dinámicos, compatibles en los que, por encima de todo, prevalezca la
dignidad de la persona humana. Así la democracia será el gobierno del pueblo
para y por el pueblo, no el gobierno de una minoría para y por una minoría,
cómo lamentablemente acontece en tantas partes del globo. Es menester una
revolución cívica que pueda sacudir esta feroz dictadura de lo correcto, de lo
eficaz, que nos sume en un mundo de sumisión y manipulación. Cuanto antes
empecemos mejor.
Jaime Rodríguez-Arana
Catedrático de Derecho
Administrativo. jra@udc.es