La crisis del sistema político
La democracia moderna, es sabido, se establece sobre el supuesto de que los gobiernos deben tener presente que la razón ha de presidir la discusión que alimenta la vida pública. Discusión que, lógicamente, debe orientarse a los fundamentos mas racionales de las cosas, independientemente de las posiciones partidistas. Es decir, es la razón humana quien debe constituirse como guía última del discurso democrático, y no la razón partidista, la razón estratégica, la razón técnica, o la razón de Estado.
En este sentido conviene siempre preguntarse hasta que punto los gobiernos toman en consideración las opiniones de los distintos interlocutores para buscar soluciones razonables que posibiliten el consentimiento general de quienes participan -o deben participar- en la vida política. Es igualmente pertinente cuestionarse hasta qué extremo algunos interlocutores exageran su desacuerdo haciendo primar criterios ideológicos o estrategias de desgaste de los gobiernos sobre el interés general de la comunidad.
Por eso, desde la razón es preciso llamar la atención sobre la configuración de la persona como centro del sistema y simultáneamente señalar la referencia básica de que la democracia es el camino idóneo para promover las condiciones necesarias para el pleno desarrollo del ser humano y para el libre y solidario ejercicio de sus derechos. El sistema democrático -en el sentido más amplio de la participación ciudadana en la vida pública- es una exigencia incuestionable de la condición personal del hombre.
En definitiva, la democracia debe aportar en este tiempo la recuperación de sus valores primigenios, y propiciar un ambiente de solidaridad, equidad, convivencia, tolerancia y de sensibilidad ante los problemas de las mujeres y de los hombres de nuestro tiempo.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Etica, valores y neutralidad
Es bastante frecuente escuchar la vieja apelación maquiavélica de que lo público y la privado son tan distintos como lo son lo político y lo ético. En otras palabras, la Ética que reine en la intimidad privada, si es que lo consigue, y que en lo público se busque ese espacio colectivo de libertad en el que nadie imponga su moral, dónde reine la máxima del prohibido prohibir y así cada uno encuentre la felicidad a su manera.
En el fondo, cuando se escuchan estas argumentaciones aparece inevitablemente esta cuestión. ¿Es que la función de la Ética es sólo establecer unos mínimos neutrales para convivir?. Cuando una sociedad baja el listón de los valores, luego pasa lo que pasa, lo que vemos a diario. Además, ¿se puede decir seriamente que la Ética es neutral? Cuando están en entredicho los derechos humanos, sea dónde sea y sean quienes sean los sujetos pasivos de los atentados, no hay neutralidad que valga. Tantas veces, detrás de esa “neutralidad intelectualoide” se esconde un miedo real a la libertad y aparece esa adicción a lo “políticamente correcto” que lo justifica todo, que tanto daño hace a una sociedad libre y solidaria.
La tendencia a vaciar de contenido ético la vida pública consigue relajar las cualidades democráticas y, lo que es más grave, conduce a la paulatina pérdida del sentido de la dignidad de la persona a favor del poder o del interés particular. Entonces, se parte, como premisa única, de que la única causa de la acción humana es el interés personal y, por ello, la ley, nada menos que la ley, se fundamenta sobre el poder, y no sobre la razón. Llegados a este punto, aparece uno de los grandes problemas de la fundamentación de la ética: el procedimiento o los principios.
Sí, aunque parezca ridículo, para no pocos lo importante en la Ética son los procedimientos y las técnicas. En definitiva, la posición de poder. Sin embargo, admitir la apertura a la verdad, la posibilidad de que, a través del diálogo, vayamos acercándonos a consensos de dimensión ética, es un buen camino. En cambio, pensar que el problema de la diversidad o de la divergencia de planteamientos se puede resolver por reglas formales o procedimientales es sencillamente falaz. Las formas, los procedimientos, en definitiva la técnica, deben estar al servicio de los derechos humanos, de la dignidad de la persona. Cuando se anteponen surge la fuerza frente al derecho, los votos tantas veces frente a la razón, el dominio de los poderosos. Hoy, desde luego, no hay mas que abrir los ojos, a la orden del día.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
El consenso (I)
Como es bien sabido, el consenso aparece en la escena de la filosofía jurídica de la mano de las modulaciones a la tesis de la racionalidad como fundamento del Derecho. En concreto, Perelman es uno de los pioneros de esta aproximación aunque él mismo admitirá que quizá fuera más eficaz utilizar el término de "lo razonable" ya que el consenso de la comunidad es normalmente el ámbito donde surge lo razonable.
La tesis consensualista no se justifica por si misma, sino por algo sobre lo que no cabe el consenso, como es la dignidad de la persona. El consenso, además, no se opone a la existencia de verdades universales, sino que trae su causa de la verdad porque si prescindimos de la objetividad, la arbitrariedad está servida. El hecho de que el consenso se fundamente en la dignidad de la persona implica que sea ilegítima la imposición por la fuerza de cualquier decisión.
Evidentemente, no todo puede consensuarse: la dignidad del hombre está por encima, incluso de la propia democracia. La dignidad de la persona trasciende la democracia de forma que el sistema democrático debe orientarse, si quiere actuar legítimamente, al servicio de la dignidad del hombre que se erige en fundamento, no sólo de los derechos humanos, sino del mismo pensamiento democrático. Pero la dignidad de la persona no se reduce, como querían los liberales del siglo XVIII, a pura libertad vacía de contenido porque así se excluye la democracia y todo Derecho abriéndose peligrosamente las puertas a la fuerza o a la utilidad, en una palabra, a la arbitrariedad.
El consenso, pues, debe partir de la dignidad humana, pues, de lo contrario, más que convivencia nos encontraríamos con la imposición del más fuerte. El consenso, sin la Ética, degenera en un cierto fundamentalismo del que el momento actual no se ha caracterizado precisamente por su ausencia. El consenso no funda la Ética sino que viene exigida por ella: es una de las más elementales exigencias de la verdad de la dignidad humana.
Como en la cuestión del relativismo, la clave para entender el consenso en la sociedad democrática, reside en el problema de la verdad. La verdad, no sólo es posible, sino que es lo más propio de la dignidad humana. Esta es la gran verdad de la idea democrática. Ahora bien, cuando nada es verdad ni mentira, sino todo lo contrario, se atenta gravemente a la esencia democrática y se posibilitan, ejemplos hay en la historia y no precisamente muy antiguos, de conductas claramente vejatorias de los derechos humanos. Así lo reconoce, por ejemplo la profesora Camps al reconocer que es éticamente inadmisible una cultura que permita el infanticidio o el genocidio, que agravie a las mujeres o admita la esclavitud. Asi es.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Ética y democracia
Parece ocioso recordar que cada vez es más importante subrayar el contenido ético de la democracia liberal. Sin embargo, el primado hoy de la demagogia y los populismos se debe, en buena medida, precisamente a la desnaturalización de los postulados básicos de la democracia liberal.
En efecto, no debemos olvidar que los padres fundadores de la democracia americana, los demócratas ingleses, los grandes clásicos del liberalismo, nunca pensaron que se podría llegar a una situación como la actual. ¿Por qué?. Porque pensaban, con razón, que es connatural a la democracia la referencia ética en la búsqueda de soluciones, en el diálogo, o en la discusión de posturas diversas o diferentes. Tocqueville vislumbró que la apertura a la verdad facilitaría el uso generoso, benevolente, solidario de la libertad personal y acrecentaría las posibilidades de establecer lazos comunitarios, de un mejor entendimiento. La realidad, empero, es que hoy, mal que nos pese, el odio y el resentimiento, de nuevo acampan en no pocos dirigentes que manifiestan un proverbial miedo a la libertad etiquetando a quienes les viene en gana como les viene en gana.
Pues bien, es fundamental que resplandezcan los principios de la democracia y que que las cualidades democráticas guien el comportamiento cotidiano de todos los ciudadanos. Para ello, la dignidad de la persona y los derechos fundamentales han de ser la piedra de toque de las decisiones del poder ejecutivo, del poder legislativo y por supuesto de poder judicial.
Tocquevielle de forma clarividente acuñó ese término tan actual que describe la enfermedad de algunas de nnuestras democracias: despotismo blando. En efecto, cuando el efecto de la acción política -oficial- consigue anular la capacidad de iniciativa de los ciudadanos y cuando la gente se recluye en lo más íntimo de su conciencia y se retrae de la vida pública, entonces algo grave pasa.
Sabemos que fruto de ese Estado de malestar que inundó Europa no hace tanto y de la actualísima creciente corrupción del presente, surge el progresivo apartamiento de la ciudadanía de las cosas comunes. Poco a poco, los intérpretes oficiales de la realidad pintan con pingües subvenciones el paisaje más proclive para los que ansían la perpetuación en el poder. Se narcotizan las preocupaciones de los ciudadanos a través de una rancia política de promesas y promesas que se entonan desde una cúpula que amenaza, que señala y que etiqueta. Quien quiera levantar su voz en una sintonía que no sea la de la nomenclatura está condenado a la marginación. Quien se atreva a poner el dedo en la llaga de lo que acontece, corre serios peligros de toda ínole.
Hay mucho miedo a la libertad, por más que esta esta se jalee, hay temor a expresar las propias ideas y convicciones cuando no son del gusto del poder, y existe una cómplice comodidad en no complicarse la vida en cosas que no den resultados u utilidades económicas. Por eso es menester recuperar la dimensión ética de la democracia. Cuanto antes mejor.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La democracia
Pensar que el sistema democrático es perfecto y que funciona sólo es un gran error. Es lo que Benjamín Constant describió tan lúcidamente en el caso del gobierno jacobino en Francia. Y es lo que advertía con proverbial clarividencia uno de los más famosos pensadores liberales como Isaiah Berlín. Precisamente, en el libro "Isaiah Berlin en diálogo con Ramón Joahnbeglod", ante la pregunta que le hace su famoso contertulio sobre el apoyo que puede dar a la democracia su teoría del pluralismo, Berlín no dudó en reconocer que en ocasiones la democracia puede ser opresiva para las minorías y los individuos, porque no es necesariamente pluralista; puede ser monista: la mayoría hace lo que quiere, por cruel, injusto o irracional que parezca.
Es más, Berlín señala que puede haber democracias intolerantes. La democracia no es pluralista "ipso facto". Más bien, la democracia debe ser plural en la medida que exige consulta y compromiso, y que reconoce las reivindicaciones -los derechos- de grupos e individuos a los cuales, excepto en situaciones de crisis extrema, está prohibido excluir de las decisiones democráticas.
La democracia, uno de los valores más preciados de la humanidad, debe ser construida y alentada todos los días. No funciona sola ni existe ninguna garantía de que sin exigencia y sin compromiso no degenere en demagocia. Lo vemos a diario, y ahora con más intensidad.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La historia del centro político (II)
Sin entrar en honduras, sí que podemos considerar como uno de los factores que determinaron el fatal desenlace de la República, el fracaso de las políticas centristas en esta época. Como es sabido, Madariaga hizo un diagnóstico preciso de esa situación cuando advertía del peligro de que a la radicalidad de la izquierda se diera una respuesta semejante desde la derecha, expresando la necesidad tan sentida, cada vez con más apremio, de organizar un centro político: ¿No habrá quienes desde el Gobierno o desde ambos sitios a la vez se preguntaba Madariaga, pongan manos a la obra, enrolando y comprometiendo en ella a la masa neutra española?.
“Ahora” –uno de los medios de comunicación de mayor difusión entre los de su época- expresaba el fracaso de su postura moderada, conciliadora y de consenso entre los dos campos en que se había dividido fatalmente la política española, calificándola como “la tragedia de todo el que se esfuerza en mantenerse en una actitud comedida y serena en un país como el nuestro, que ama los extremismos desaforados y mira con suspicacia todo término medio”.
Madariaga observaba que izquierda y derecha eran, y todavía lo son en tantas cosas, posiciones extremas y dogmáticas. Como tales, ambas ideologías no representaban ninguna relación adecuada entre la política y la realidad española, y sólo eran, en opinión del insigne coruñés, pasión activa y militante en cuanto a su extremismo y pasión intelectualizada en cuanto a su dogmatismo, siendo la izquierda nada más que una imagen de la derecha, una figura simétrica que la reproduce con toda fidelidad, aunque, claro está, en actitud contraria.
En un pasado más reciente –presente todavía por cuanto algunos de sus protagonistas se encuentran entre nosotros, aunque nos hallamos en otro ciclo histórico, podríamos encontrar aportaciones no sistematizadas como las contenidas en “Cuadernos para el Diálogo”.
Una aproximación más elaborada al pensamiento centrista la hallamos en la “Teoría del centro”, de Manuel Fraga, expresada públicamente en 1973. Su relectura es ilustrativa -implícitamente- de las coordenadas políticas y el marco social de aquellos años. Efectivamente, encontramos allí la preocupación por una conflictividad creciente en las sociedades desarrolladas, que encuentra manifestaciones en todos los campos, el social, el laboral, el político, el cultural. Particularmente se siente presente en este libro la preocupación por la conflictividad juvenil -y el encaje generacional- que se había manifestado espectacularmente en mayo de 1968. Pero la atención no queda simplemente ahí, sino que se observan también, en ese momento, los problemas derivados del desarrollo económico y las insatisfacciones que lo acompañan, se alude al impacto mediambiental de la industria, el dominio económico de las grandes potencias a través de las grandes corporaciones, al enfrentamiento latente en la llamada “guerra fría”, los conflictos bélicos regionales...
En la España de aquel tiempo encontramos, además de los problemas genéricos de una sociedad encuadrada cultural y vitalmente en el marco de las sociedades occidentales, de la predominancia absoluta de la derecha, entendida como posición conservadora -conservatismo tecnocrático-, o mejor cabría decir inmovilista o reaccionaria, la aguda polarización ideológica, que junto a la imposibilidad de expresión para la gran mayoría de los españoles, alimentaba la esperanza de abrir cauces a través del voto, y planteaba la necesidad de emprender la vía de las reformas para realizar la necesaria transición política, esa intuición preconizada ya -en la medida en que tal cosa era posible en la época- en otros escritos coetáneos del mismo autor.
La aportación intelectual de Manuel Fraga, en este terreno, es a mi juicio innegable y muy valiosa, por más que algunos, cicateramente, pretendan negársela, o que otros, obsequiosamente, la ensalcen sin conocerla.
Si la teoría del centro de Fraga fue un aldabonazo pronto reducido al silencio en un territorio político viciado, el centro político saltó al primer plano con la creación y el papel desempeñado por la Unión de centro Democrático (UCD). La UCD fue un partido centrista. Efectivamente , creo que debe calificarse así porque en él confluyeron los rasgos siguientes. El moderantismo, o la moderación, que era resultado de una exigencia social que sus impulsores supieron apreciar desde el principio y que constituyó uno de los elementos fundamentales de su éxito electoral, aparte de otras circunstancias políticas obvias. El reformismo, actitud con la que también se estableció una conexión con el sentir general del electorado preocupado por realizar una transición sin traumas ni experiencias aventuradas.
Cierto que los demás partidos -prácticamente todos los del arco político- asumieron mal que bien esas mismas pautas de conducta que posibilitaron la realización de aquellos tres pactos a los que se refiere Antonio Fontán -el pacto social, el pacto político y el pacto territorial-, aunque el protagonismo y el impulso, sea por las circunstancias históricas sea por la capacidad de sus líderes, correspondió a UCD.
A esos dos carriles por los que discurrió la política centrista de la transición debe añadirse como valor fundamental el talante, particularmente de su líder (Adolfo Suárez), que permanece en la conciencia de los españoles como un estilo de hacer política eminentemente democrático y dialogante.
Sin embargo la UCD presentó su principal deficiencia como partido de centro, no en la política que desarrolló, ni en los ejes de su política, sino en su misma constitución como partido. Posiblemente la UCD no fue capaz de superar su propia “debilidad ideológica”. Como ha señalado Javier Tusell, en el centrismo de la UCD no hubo un ideario articulado que guiara la acción, ni una concepción clara en la necesaria articulación de la estructura del partido. Además, es posible que la formación de la UCD respondiera, por supuesto a las condiciones personales de su líder, pero también a lo que podríamos denominar centrismo táctico, es decir a la confluencia en un grupo político de los sectores moderados de distintos grupos y facciones, que pretendían evitar un enfrentamiento visceral entre posturas que son de partida irreconciliables. De hecho, el consenso que se pudo articular con los de fuera no fue posible establecerlo dentro, y la pervivencia de las familias internas, de diversa procedencia ideológica, propicio el rompimiento de lo que en muchos aspectos puede considerarse como una coalición. El espacio de centro, para mayor abundamiento, fue absorbido paulatinamente por la progresiva y evidente moderación de los demás partidos políticos, abandonadas las retóricas radicales con que habían salido de la dictadura. Es el caso sin ir más lejos del PSOE de 1982.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La participación
Uno de los intelectuales más agudos de este tiempo, Charles Taylor, nos advierte contra uno de los peligros que gravita sobre la saludable cultura política de la participación, sea en el entramado político o en el ámbito comunitario. En su opinión, cuando disminuye la participación, cuando se extinguen las instituciones intermedias, las asociaciones que canalizan esta relevante propiedad de la vida democrática, el ciudadano se queda sólo ante el vasto Estado burocrático y se siente, con toda razón, impotente. Entonces, suele atrincherarse en la placidez del anonimato y cede ordinariamente su representación a los autodenominados especialstas de los asuntos comunes contribuyendo sobremanera a ese despotismo blando tan del gusto de los actuales dirigentes. No hay más que observar la realidad para constatar esta característica del tiempo presente.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Ética y política
La relación entre ética y política es, como es bien sabido, un problema intelectual de primer orden, de gran calado. En efecto, desde los inicios mismos del pensamiento filosófico y a lo largo de toda la historia en Occidente ha sido abordado por tratadistas de gran talla, desde las perspectivas más diversas y con conclusiones bien dispares. Y por mucho que se haya pretendido traducir algunas de sus argumentaciones en formulaciones políticas concretas, la experiencia histórica ha demostrado sobradamente que ninguna puede tomarse como una solución definitiva a tan difícil y ardua cuestión.
Sin pretender entrar en el fondo de esta cuestión moral y actividad publica, debe señalarse que el objetivo que toda persona debe perseguir es el bien, su propio bien, y que esa es también la finalidad de la vida política. Una afirmación de apariencia tan genérica tiene –como es sabido- implicaciones de orden ético y político notorias. No pretendo desvelarlas, sino tan sólo subrayar que en una sociedad democrática, liberal, ninguna idea de bien puede ser impuesta a nadie. La resolución de este problema, se haga desde presupuestos materiales o formales, es asunto que cada uno debe resolver personalmente, y nadie debe sustituirnos en esa tarea.
¿Significa eso que nada podemos decir sobre el bien social, sobre el ordenamiento, la estructuración social y política que debe articular nuestra sociedad? No, en absoluto. Afortunadamente, disponemos de una concepción del ser humano que, en algunas de sus líneas matrices, es coincidente para la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos, aún cuando en su fundamentación podamos discrepar. Sobre esa base, sobre ese suelo firme de nuestra común concepción del hombre –que se explicita de algún modo en la declaración de los derechos humanos-, es sobre lo que puede asentarse la construcción de nuestro edificio democrático.
La política es una tarea ética en cuanto se propone que el ser humano, la persona, erija su libre y solidario desarrollo personal en la finalidad de su existencia, libremente, porque la libertad es la atmósfera de la vida moral. Que libremente busque sus fines –lo que no significa que gratuita o arbitrariamente los invente-, libremente se comprometa en el desarrollo de la sociedad, libremente asuma su solidaridad con sus conciudadanos, sus vecinos.
No se trata de que desde la política deba hacerse una propuesta ética, cerrada y completa, que dé sentido entero a la existencia humana, pero si de afirmar, incluso con radicalidad la posición central del ser humano en la tarea pública. La persona en su circunstancia real, el individuo en su entorno social, el vecino, la vecina, con sus derechos, con su dignidad inalienable, sea la que fuese su posición y su situación, constituyen el metro para medir la dimensión de la acción política. En ningún sitio es más cierto que en la política que el ser humano es la medida de todas las cosas, en tanto en cuanto las acciones políticas tienen valor en la medida en que sirven para el el libre y solidario desarrollo humano. Y, sin embargo, ¿cuántas veces en la toma de decisiones está presente este aserto fundamental?. Buena pregunta
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Corrupción y opinión pública
Las relaciones entre corrupción y opinión pública ayudan a entender la importancia de una inteligente estrategia de lucha contra la corrupción. Si los magistrados y fiscales son conscientes de que a los ciudadanos les preocupa seriamente la corrupción porque exigen un patrón elevado de honradez y ejemplaridad ética, estarán más predispuestos a iniciar investigaciones y a aplicar con rigor la ley y el derecho.
La corrupción suele dividirse en negra, gris y blanca en función del grado de rechazo ciudadano. La negra alude a la situación de consenso general sobre la necesidad de condenar y perseguir en todo caso la corrupción. En la corrupción "gris", algunos sectores de la población, generalmente pertenecientes a la élite, son tolerantes. En los casos de corrupción blanca, la mayoría de los ciudadanos probablemente no serán partidarios de castigar rigurosamente una modalidad de corrupción que entienden como tolerable al pensar que, más importante que los valores, son los costes que podrían resultar de un cambio sustancial en la aplicación de las normas.
Toda clasificación casi siempre es, cuando menos, polémica. Y esta, también. Por ejemplo, es sabido que las actitudes durante un período de tiempo son fluctuantes. Johnston, profesor de la Universidad de Colgate, demuestró como, antes y después del "Watergate", los sondeos de opinión en Estados Unidos mostraban una preocupación por la integridad de los cargos públicos superior a la registrada anteriormente. Pero también es cierto que después de la dimisión de Nixon, el grado de preocupación volvió a disminuir. La pregunta que surge de este caso es evidente: ¿en qué momento se puede detectar mejor la opinión del público sobre la corrupción ? Quizás lo más importante es que, en momentos de crisis de corrupción, la opinión general sea de gran preocupación pues es probable que en condiciones normales, los ciudadanos darán más importancia a otros asuntos.
¿Qué piensan, en general, los ciudadanos sobre la corrupción? . Es una pregunta compleja. Sin embargo, con las cautelas propias de quien sabe que la encuestas no equivalen a la verdad, el profesor Gardiner comenta un estudio de 1966, en el que se plantea la opinión de la población de una ciudad norteamericana en la que los representantes electos y altos funcionarios de policía eran "colocados" por un siniestro sindicato del crimen. La encuesta de Gardiner no demostró que se aceptase la corrupción aunque si puso de relieve una absoluta tolerancia en relación con la situación, fuente de ingresos del sindicato del crimen. La encuesta, además, mostró que un número nada despreciable de ciudadanos toleraban algunas formas de corrupción como hacer caso omiso de los conflictos de interés o la aceptación de regalos de empresas. Sin embargo, la mayoría de la población de esta ciudad, como no podía ser menos, era partidaria de la honradez y de la aplicación de la ley contra las prácticas corruptas. Menos mal.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Historia del centro político (I)
La idea de “centro” en política, como es sabido, no es reciente. Ni mucho menos. Solo faltaría. Procede, como tras muchas realidades políticas de Aristóteles. Entre nosotros, Balmes escribió que “determinar la forma de gobierno más conveniente para un país, es encontrar el medio de hacer concurrir en un punto todas las fuerzas sociales, es hallar el centro de gravedad de una gran masa para ponerla en equilibrio”. Podría tal vez escudriñarse aquí alguna idea de las que constituyen lo que denominamos pensamiento centrista, pero no deja de ser un bosquejo germinal, insuficiente, y sobre todo, formulado en un momento en que las circunstancias socioeconómicas e intelectuales no eran las adecuadas para un desarrollo del concepto centrista.. Algunos antecedentes intelectuales puedentambién encontrarse, en la doctrina española, en Jovellanos, Canovas del castillo, Ortega y Gasset, Marañón o Fraga Iribarne.
Desde el punto de vista de la historia de las ideas políticas, Benigno Pendás ha buceado en los posibles orígenes doctrinales del llamado centro reformista. Para él existen varias y atractivas líneas de investigación, desde la clásica teoría del régimen mixto como la mejor forma de gobierno según la literatura grecorromana hasta las primerísimas figuras de Locke o Montesquieu.. Sin embargo, Pendás entiende que Jeremy Bentham y el pensamiento utilitarista bien pueden encontrarse en los fundamentos ideológicos del centro reformista, expresión que en España recibe, desde fechas muy recientes, el espacio político de centro en cuanto vinculado a un determinado partido político. En este sentido, una simplificación muy al uso del pensamiento utilitarista nos llevaría a una versión del centro como espacio político al socaire y al vaivén de los avatares y coyunturas, sin criterios y sin principios. Y, por lo contrario, como recoge Pendás, más que el utilitarismo, el “benthamismo” es un talante, un proyecto de sentido común, y no una quimera o remedio universal de todos los males, porque acepta que la naturaleza humana es falible y limitada, pero también racional y perceptible; ingredientes que, como veremos, se encuentran en los basamentos de este nuevo espacio político. Junto a ellos, según entiende Pendás, la condición natural -parafraseando a Bentham- es susceptible de mejora a través de una reforma paulatina, cuya aplicación exige que el Derecho y la Política sean establecidos a partir de bases realistas y no de técnicas ficticias. Realismo, condición limitada del hombre y uso de la razón, serán, insisto, características básicas que se encuentran en el meollo del centro político.
La tendencia a la articulación de políticas que pudieran calificarse de centro, están de algún modo presentes a lo largo de toda la historia, por cuanto la política significa entre otras cosas confrontación, y la confluencia de posiciones en el centro es una de las salidas naturales al conflicto que se larva en el enfrentamiento político polarizado. Así, sin ir más lejos, pueden detectarse, entre otras, posiciones de centro en los años de la alternativa Cánovas-Sagasta.
Sobre bases más amplias y explícitas es de subrayar el intento -merecedor de estudio más atento- de Cambó, Portela Valladares, Cabanillas y el mismo Besteiro, que, como se sabe, no llegó a cristalizar ni en un proyecto cuajado ni en políticas viables cuando los mismos Cambó (1931) y Portela Valladares (1935) formaron gobierno. Incluso órganos de expresión como “Ahora”, que quizás admitirían el calificativo de centristas, no dejan de ser expresión de los intereses de determinados grupos sociales, en este caso de la burguesía media y alta.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana