Moral y actividad pública

Se ha dicho que la política es una de las tareas más honrosas entre aquellas a las que una persona puede dedicarse, cuando se desempeña con esfuerzo, saber y rectitud. Es honrosa porque desde ella se dispone de la ocasión de rendir servicios de altísimo valor a nuestra sociedad y además, cuando se practica con nobleza y al servicio de los ciudadanos, produce la mejora moral del político como ser humano.
 
 
Efectivamente, si la acción pública no mejorara efectivamente al político que la ejerce como ser humano, todo el discurso sobre la centralidad de la persona en la acción política se vendría abajo, quedaría en puro maquillaje o marketing sin más. En la vida moral no cabe estancarse, o se mejora o se empeora. Aguantar ya es mejorar, por cuanto el tiempo aumenta el caudal de nuestra experiencia. El político que no progresa en el terreno ético, corre el riesgo inminente de corromperse.
 
El compromiso solidario, el talante dialogante, la mesura, la atención a la realidad social..., engrandecen y fortalecen el ánimo del político. Las dificultades del entendimiento y -digámoslo también- las trampas de que está sembrada la cancha pública, lo mantienen alerta y aguzan su inteligencia. Los reveses –hay que contar con ellos, a diario, y en los diarios- lo templan.
 
Si en la dureza de la dedicación pública el político sabe preservarse del escepticismo y del cinismo, de la indiferencia o de la frialdad, del pragmatismo interesado y del sectarismo, y si sabe mantener viva su determinación en la mejora de las condiciones de vida –no sólo materiales, humanas- de sus conciudadanos, estará en condiciones de triunfar en la vida política, sobre todo en el momento que algunos consideran como el del fracaso –el político de valía sabe convertirlo en un éxito-, y que a todos llega, el de la retirada. En la dedicación política, sea fugaz o prolongada, la dignidad personal es el mejor timbre. Y en la dignidad del hombre público brilla la dignidad de sus conciudadanos. Por eso su talla moral es el mejor tributo que puede prestarles.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Una definición de corrupción

 
La definición del término corrupción no es sencilla porque, entre otras cosas, es necesario enfrentarse con la cuestión relativa a los criterios que se utilizan para establecer las normas de conducta a las que deben ajustarse quien ejercen poder público. Sin embargo, desde una perspectiva formal o jurídica es obvio que sólo existirá  corrupción si se vulneran las normas jurídicas. Ahora bien,  puede haber corrupción o prácticas corruptas no prohibidas expresamente por la ley pero que lesionan el servicio objetivo al interés general.
 
Uno de los peligros de la definición jurídica de corrupción puede ser que permite identificar lo legal con lo ético. Sobre este extremo hay que señalar que, en muchos casos, la complejidad de las normas jurídicas es una fuente de prácticas irregulares. Por eso, la mejor definición de corrupción es la que se plantea desde la centralidad del interés general. Corrupción, en este sentido,  es toda actuación, por acción u omisión, que lesiona el servicio objetivo al interés general.
 
Esta definición de corrupción, genérica en sí misma, obliga a precisar que se entiende por servicio objetivo al interés general. Servicio a la comunidad, al pueblo. Servicio objetivo, servicio que se pueda explicar y argumentar en razones, razones de interés general. Es decir, en razones conectadas a la protección, defensa y promoción de la dignidad humana y de los derechos fundamentales de la persona.
 
 
Jaime Rodríguez-arana
@jrodriguezarana


La crisis es moral

En el tiempo que vivimos es frecuente escuchar, o leer, que la crisis que atraviesa el mundo es, sobre todo,  de carácter moral. Tal diagnóstico lo he encontrado, por poner ejemplos elocuentes y sólidos, en dos estudios  de dos famosos pensadores franceses. Michael Crozier, en su trabajo "La crisis de la inteligencia" y Alain Touraine en una conferencia reciente sobre la fragmentación del mundo.
 
 
Para Crozier, la cuestión es clara: "la crisis que vivimos es, ante todo, una crisis moral e intelectual". Este autor plantea el tema en relación con la falta de adecuación de las élites a la realidad actual y señala que una de las claves del desarrollo futuro será precisamente la importancia creciente del hombre y de sus cualidades de comprensión, análisis, desarrollo conceptual y espíritu de investigación e innovación. Es más, termina su libro señalando que "nuestra única medida es el ser humano".
 
Alain Touraine, por su parte, reflexiona sobre la idea de que la humanidad camina hacia un mundo unitario pues la sociedad de la información parece imparable y cada vez estamos más cerca de todos y de todo. En un mundo en el que ha terminado el Estado voluntarista, en el que se ha globalizado la economía, en el que predomina la economía financiera..., resulta que el problema capital es de orden moral.
 
Ciertamente, la experiencia de estos últimos años, especialmente los de la crisis económica y financiera,  nos enseña lo que cabe esperar de planteamientos economicistas y de construir, a través del sueño intervencionista  o del ensueño abstencionista, un modelo de ser humano manipulable, sin capacidad crítica, y que constituye la justificación para la perpetuación de élites que no buscan más que su propio beneficio. En efecto, la cuestión es de orden moral y será éste el ámbito en el que puedan encontrarse las soluciones. Soluciones que aunque complejas, parece que, al menos, pasan por recuperar la confianza en el ser humano, en sus capacidades, en su libertad, en el replanteo de esos valores humanos que han hecho prosperar las civilizaciones: la equidad y la justicia.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


La crisis del capitalismo salvaje

El capitalismo actual,  no desde una perspectiva de eficacia o de eficiencia, ha supuesto una profunda decepción como fórmula de articulación social y de progreso real.  En la reciente crisis economica y financiera el capitalismo salvaje tiene su parte, importante, de culpa. La absolutización del libre mercado ha traído consigo una nueva modalidad es esclavitud, si se quiere más sutil que la socialista, pero más destructora de la capacidad de reflexión y de crítica del hombre: el materialismo consumista. A medida que se eleva el nivel material de vida, desciende el nivel de la verdadera vida ha escrito Octavio Paz. Aumenta la insensibilidad social, un conformismo pesimista se ha adueñado de no pocos ambientes y se han perdido los valores en aras de una utilidad y un precio a veces inconfesables. En este sentido, me parece interesante la aportación de lbert en su libro "Capitalismo contra capitalismo". Este autor, que denuncia la obsesión por un beneficio empresarial incapaz de generar función social, apuesta por un nuevo capitalismo que debe repensarse y se muestra partidario de la llamada economía social de mercado como fórmula  a favor del éxito colectivo y del consenso social con una visión a largo plazo de proyectos industriales generadores de empleo estable cualificado.
 
El discurso de los valores, tan importante en los tiempos que corren, procede a encubrir, si no se hace con rigor, incluso una perspectiva de falta de compromiso con la verdad de práxis materialista. ¿ Es posible ?. Claro que si. Si partimos del hecho de que hoy hablar o escribir sobre Ética es siempre bien recibido, podemos encontrarnos con que el discurso de los valores se realiza siempre que no implique compromiso personal y si compromiso para otros. Esta es una de las grandes paradojas del momento presente: se hace compatible la exaltación de los valores con la ausencia de compromiso personal. La situación actual, en unos paises más que en otros, es una situación de dominio del egoísmo del que decía Leopardi que ha sido siempre la peste de la sociedad; cuanto mayor ha sido, tanto peor fue la condición de la sociedad. Asi lo constata la historia.
 
 
Jaime  Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Las consecuencias de la corrupción pública

Un país en el que la corrupción campa a sus anchas es un país en el que se produce una quiebra muy grave de la función pública, un país en el que, en lugar de defender, proteger y promover la dignidad humana, esta se usa al servicio de los intereses más inconfesables.
En efecto, cuando la corrupción hace acto de presencia y no se la combate, trae consigo una evidente pérdida de categoría y de calidad humana en quienes ocupan o desempeñan cargos públicos con la consiguiente y progresiva desafección ciudadana.
 
La corrupción propicia la pérdida de la profesionalidad en la tarea pública y contagia una determinada forma de hacer o de "trabajar" opuesta a los valores propios del trabajo honesto e íntegro
 
La corrupción provoca un falseamiento del sistema de mercado, se socavan los principios de publicidad y de concurrencia y, también, el de acceso a la función pública de acuerdo con el mérito y la capacidad.
 
Desde el punto de vista económico, la corrupción provoca el incremento de los costes de las empresas que acuden a las prácticas corruptas, lo que lleva a elevar el precio de los bienes y servicios que producen. Y, cuando el demandante de esos bienes es la propia Administración pública, lógicamente, aumenta el gasto público. Y, si estas operaciones se llevan a cabo a través de empresas que realizan la intermediación en el ámbito de la denominada economía sumergida, entonces las arcas públicas ven reducidos sus ingresos en la cuantía en que se evaden los impuestos.
 
Por otra parte, la corrupción produce una falta de racionalización en el gasto público, tanto en su eficiencia como en su eficacia.
 
También, desde el punto de vista de los fondos públicos, se produce una clara relajación de los sistemas de control del gasto a través de fiscalizaciones "a posteriori", que ya nada pueden hacer más que constatar los desaguisados  o escándal
Otro efecto, no menos grave, es que la corrupción, desgraciadamente, aleja de las tarea públicas a aquellas personas que podrían prestar un servicio al bien común con su participación en la dirección de la cosa pública. Y, por el contrario, fomenta la partitocracia, las comisiones ilegales a los partidos políticos y, en definitiva, un clima social de engaño y mentira en el que todo se mide en función del dinero y del poder, y en el que se pierde, poco a poco, la referencia humana que, tan importante es, y que, a pesar de los pesares, es la referencia fundamental del sistema democrático: el servicio al pueblo.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Humanismo y tercera vía

 
 
 
         De un tiempo a esta parte, es bien frecuente encontrarse, para resolver algunos problemas sociales, con la atractiva apelación a la existencia de una tercera vía, de un "tertium genus", de una posicion ecléctica que se construye sobre elementos de otras perspectivas. Vaya por adelantado que la metodología de la tercera vía me parece propia de posicionamientos estáticos y rígidos que, precisamente  hoy se intentan superar. Por tanto, ¿por qué una sola tercera vía?; más bien, tantas vías cuantas surjan de la capacidad creadora de la libertad solidaria humana.
 
Es muy tentador desnaturalizar el mercado con  alguna suerte de intervención pública o liberar el Estado con determinadas dosis de mercado. Es una posibilidad. Sí. Pero me parece que está en las antípodas del pensamiento moderno. Para intentar resolver un problema, es menester esforzarse por olvidarse de viejas recetas y fijar la mirada en la realidad y en los seres humanos, en las personas concretas, en los problemas reales que tenemos los mortales. Entonces, el camino, la tarea, se torna dinámica, abierta, compleja pero atractiva y, a la vez, apasionante por la sencilla razón de que entonces se trabaja desde la razón humanitaria evitando la primacía de la razón técnica, del dictado de la razón funcional.
 
La pretensión salvadora de la tercera vía, como ha señalado en más de una ocasión Dahrendorf, encuentra su punto débil al intentar colocarse como única solución. Es la causa del ocaso de las ideologías cerradas a las que tanto se censura hoy como sistemas estáticos que no supieron sintonizar la esencia dinámica y abierta de la realidad.
 
Por eso, hemos de saludar con esperanza las nuevas ideas que hoy emergen de lo más granado y auténtico de la sociedad civil. Se trata de aportaciones novedosas que parten de la persona humana como centro de la realidad y como foco iluminador de los problemas que todavía azotan a nuestro mundo.
 
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
Catedrático de Derecho Administrativo


Democracia y corrupción

La idea democrática surge, entre otros factores, para poner coto a través de la razón al exceso de poder que caracterizó durante largo tiempo las formas de gobierno en las que existía una concentración completa del poder en la figura ordinariamente del Rey. Las relaciones, en este sentido, entre democracia y corrupción son antiguas, desde la misma aparición de este régimen político. Sin embargo, en estos años, dichas relaciones han sido analizadas desde distintos puntos de vista para llamar la atención sobre algo que hoy parece incontestable: que la democracia no garantiza sin más la erradicación de la corrupción, y lo que es más grave: que el falseamiento de la idea democrática  contribuye a difundir una clara cultura "pro corruptione"
 
Para Montanelli uno de los peores dramas de la situación de este tiempo era que quienes cuidan de la Administración pública ya no son altos burócratas con una clara conciencia del servicio público, sino empleados de los partidos políticos que con frecuencia aprovechan su posición para colaborar en las "razzias" de los partidos políticos. Que esto ocurra trae su causa de una evidente desnaturalización de la democracia que se entrega al dominio de unos partidos políticos que sólo se justifican como máquinas de influencia y de compra y venta de votos, eso sí, instrumentando en beneficio personal las legítimas aspiraciones colectivas del pueblo.
 
El intelectual francés Revel escribió en 1992 un interesante libro titulado "La renovación democrática", que trata de la caída del bloque comunista y que es un alegato a favor de una forma de entender la democracia como un mínimo vital que, junto al mercado y a los derechos humanos, ha funcionado como revolución moral contra el gigantesco campo de ruinas políticas, económicas, sociales y morales de los modelos comunistas y sociales. Revel es especialmente claro al tratar de la corrupción: cuando las costumbres se degradan, la democracia se aparta, entonces, de su vocación propia, se desnaturaliza.
 
 
El catedrático de Derecho Político Manuel Ramirez también analizó no hace mucho estas cuestiones al tratar del sentido de la democracia. La democracia no se consolida sin esfuerzo: hace falta trabajo, hacen falta hábitos; en definitiva, un espiritu en el que, gracias al impulso democrático, se estimula que la ciudadanía piense, que tenga capacidad crítica y que aspire a los auténticos valores democráticos.
 
La democracia es algo más que un sistema de gobierno, es, sobre todo un estilo de vida, una manera de estar en la sociedad. El profesor Ramirez ha señalado certeramente que, en los últimos años, la democracia se ha reducido exclusivamente a una forma de gobierno que, es lo más grave, ha traído consigo modelos de conducta en franca oposición con lo que es la idea democrática. Por eso, una sociedad que no ha asumido los valores democráticos y cuya cultura cívica sigue siendo endeble es un caldo de cultivo propicio para la corrupción. Y, lo más grave es que los ciudadanos  empiezan a desconfiar de los políticos, hoy algo evidente.
 
Esta penosa situación y exige remedios a corto plazo aunque, bien pensado, como señala el profesor Ramirez, la solución debe venir de la educación en los valores democráticos y en una cultura cívica que enseña a no engañar al Estado porque se percibe como algo propio, que enseñe el valor del diálogo, el sentido de la responsabilidad, la condena de la mentira, la primacía de las virtudes públicas y, sobre todo, una convivencia basada en un sólido ejercicio de cualidades democráticas, porque, sin el compromiso personal y la asunción de los valores democráticos, todoquedará en grandes discursos, pero todo seguirá igual en la práctica de cada día.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Tiempo y poder

 
Según parece, una duración excesiva de los cargos perjudica a la sociedad. Como escribió acertadamente Montesquieu, “EL hombre está siempre más ávido de poder a medida que lo tiene más tiempo”. Es decir, quien tiene una visión instrumental del poder, quien sueña con tener más poder, quien sólo vive para incrementarlo y exhibirlo con ocasión o sin ella, traiciona gravemente las legítimas expectativas de los ciudadanos y puede llegar a olvidarse de los grandes bienes que se pueden conseguir a través de un recto y ordenado ejercicio del poder. “No hay que fiarse nunca de un poder demasiado grande” (Tácito).
 
En este sentido, son bien famosas las palabras de Lord Acton de su carta al obispo Mandell Creighton el 5 de abril de 1887: “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Sí, el poder  tiende a corromper al hombre. Por una simple razón: o se usa para alcanzar el bien general de los ciudadanos, o se usa, más o menos disimuladamente, para el propio bien personal, del grupo o de la facción. Además, en el proceloso mundo del poder existen numerosas ocasiones para el enriquecimiento personal y para forjarse una determinada imagen, pues como escribió Revel, “ la primera de todas las fuerzas que dirige el mundo es la mentira”.
 
Normalmente, cuando hay dinero de por medio, sólo las personas con una sólida vocación de servicio público resisten la tentación del enriquecimiento fácil. Como escribió Dumas -hijo- “el dinero es el dinero;  cualquiera que sean las manos en que se encuentra. Es el único poder que no se discute  nunca”.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Cultura y subsidiariedad

 
 
 
En un mundo global, uno de los principios de estructuración social más sugerente y enriquecedor es el de la subsidiariedad. Existen en el mundo de hoy realidades que apreciamos como valiosísimas, como irrenunciables, que no serían posibles si no se hubiesen dado condiciones inequívocas de globalización.Tales realidades vienen acompañadas, sin embargo, de males repugnantes que agravan a veces las situaciones de discriminación e incluso de sometimiento que hoy, sorprendentemente, caracterizan también la globalización.
 
Pues bien, el reto  al que nos enfrentamos hoy es el de la conciliación necesaria entre los ineludibles procesos de globalización y los inconculcables derechos culturales de los pueblos.
 
Sí, estos procesos son ineludibles, si no queremos renunciar al progreso material y consecuentemente social que aportan los avances tecnológicos. Los derechos culturales de los pueblos, como es sabido, lo son de un modo derivado.En efecto, los derechos colectivos sólo se pueden comprender como derivados de los derechos personales.
 
 
Esta conciliación encuentra en el principio de subsidiariedad un factor interpretativo de gran eficacia para abordar conceptualmente esta cuestión. En efecto, al tratar la cuestión de las competencias culturales, el Tribunal Constitucional apunta en una sentencia de 24 de octubre de 1995 una línea de solución, cuando señala que del texto constitucional se concluye que “la cultura es algo de la competencia propia e institucional tanto del Estado como de las Comunidades Autónomas”, y aun podríamos añadir de otras Comunidades, pues allí donde vive una Comunidad hay una manifestación cultural respecto a la cual las estructuras públicas representativas pueden ostentar competencias, dentro de lo que, entendido en un sentido no necesariamente técnico-administrativo, puede comprenderse el “fomento de la cultura”.
 
Dejando a parte la argumentación propiamente jurídica, se reconocen distintos niveles competenciales en el campo de la cultura, sin necesidad de un reconocimiento constitucional expreso. Me interesa destacar el fondo argumental. La existencia de una comunidad social -de la extensión territorial que fuese: local, comarcal, regional, nacional o supranacional- implica la existencia también de una peculiaridad cultural, que no puede entenderse negada o en oposición con las de ámbito más extenso en las que se integra, ni con las de ámbito más restringido que se ven incluidas en ella. Cualquier interpretación distinta de esta lleva implícita alguna forma de imposición o de asimilación cultural que me parece contraria al proceso de liberación humana.
 
La identidad local, que es innegable en su rango correspondiente, no puede obviarse, aunque tampoco exacerbarse. Lo primero constituiría un atentado contra las personas, contra los vecinos que integran esa realidad social, por muy limitado que sea su espacio. Lo segundo sería un atentado también contra ellos mismos en cuanto que supondría un grave recorte de sus posibilidades de convivencia, de apertura, de integración y de participación en ámbitos más amplios. En este sentido, una cultura de ámbito regional o nacional no puede ser negadora de las diferencias o peculiaridades que en su seno se produzcan.
 
Otras apreciaciones reclaman en cambio la consideración de la cultura que caracterizamos como concepto general, relativa a lo que podemos calificar como creaciones del espíritu humano, en el campo de la investigación, del arte, de la literatura, del conocimiento, etc. Pienso que en este campo la conexión de la cultura con lo universal, su pertenencia al ámbito universal, se manifiesta, aún,  de forma más evidente.
 
La ciencia, por ejemplo, sólo admite una referencia específica a una procedencia geográfica o de una determinada sociedad de forma secundaria, porque en la ciencia un rasgo distintivo es su universalidad, no en el sentido de la extensión o validez del conocimiento científico, sino en el sentido de la validación como científico del conocimiento por parte de la comunidad científica universal -con todas las matizaciones que probablemente esto requeriría-. Así una ciencia gallega será gallega por el mero hecho de ser realizada en esta tierra - lo que no es cuestión baladí-, pero lo sustancial es que será ciencia en la medida en que como tal sea recibida por la comunidad científica universal -en una interpretación sociológica de la ciencia- o tenga validez objetiva de conocimiento científicamente asentado. Y en la ciencia, esta segunda consideración es la esencial y primera, no la de su procedencia.
 
 
Algo semejante creo que se puede decir del arte. Es  verdad que puede haber un arte gallego por sus temas, su sintaxis plástica, su estructura comunicativa, etc. Pero será arte auténtico en la medida en que sea capaz de hablar a todos los seres humanos, que sea universal. Y lo mismo se podría decir de algún modo de la literatura. Si no fuese así, si no se hablase, si no se expresase algo que pudiese llegar a todos los seres humanos, creo que no tendríamos arte, costumbrismo podríamos llamarlo, pero no arte.
 
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
Catedrático de Derecho Administrativo


Humanismo y cultura

 
La realidad por la que transita hoy el viejo continente se caracteriza, por escribirlo brevemente, por la gran mitificación de lo económico, de lo técnico, de lo funcional. El futuro que representa la juventud se resquebraja pues los nacimientos descienden a un ritmo alarmante mientras la racionalidad económica domina los hogares de tantos millones de europeos que sueñan con más bienestar material, con mayor poder adquisitivo y con mayor confort. Ciertamente, se trata de cuestiones que de plantearse complementariamente con la dimensión ética de la vida humana, el ritmo del desarrollo sería seguramente más equilibrado porque lo económico y lo moral son realidades llamadas a vivir en armonía.
 
Europa, la civilización de la libertad y la solidaridad, apuntalada sobre el derecho romano, el pensamiento griego y la solidaridad cristiana pierde a borbotones sus señas de identidad. El Estado de Derecho basado sobre el principio de juridicidad, la separación de poderes y el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona, se tambalea mientras aparece un nuevo régimen que amenaza el bienestar integral de las mayorías a manos de minorías que aliadas con determinados poderes económicos y mediáticos intentan imponer un pensamiento único que no duda expulsar del espacio de la deliberación pública todo lo que no se arrodille ante sus dictados.
 
Europa parece vacía, hueca por dentro, renuncia a sus valores y busca desesperadamente en el dinero, el poder o la notoriedad su nueva tarjeta de presentación. Cómo señaló en 2001 el entonces cardenal Ratzinger, una de las mentes más preclaras de este tiempo, Europa parece paralizada por una mortal crisis circulatoria, forzada a someterse a trasplantes que anulan su identidad.  Trasplantes que vienen de la mística asiática, de la América precolombina, del Islam, del neomarxismo o de los nuevos materialismos que hacen de la persona un objeto de usar y tirar.
 
Por eso, no está de más recordar que Adenauer, Schuman o De Gasperi pensaban que el fundamento de la integración europea se encontraba en ese patrimonio cultural que había edificado el solar europeo durante bastantes siglos. Cómo recuerda Ratzinger, para los fundadores estaba claro que las destrucciones a las que nos habían enfrentado las dictaduras de Hitler y de Stalin se basaban precisamente en el rechazo de esos fundamentos, en un monstruoso orgullo que ya no se sometía al Creador, sino que pretendía crear un hombre mejor, un hombre nuevo, y transformar el mundo de la trascendencia, en el mundo nuevo que surgiría del dogmatismo de la propia ideología.
 
El tiempo demostró que estas ideologías cerradas fracasaron dejando una estela de muerte y de corrupción sin precedentes. Hoy, quizás de manera más imperceptible, resulta que la nueva ideología, la exaltación de la racionalidad técnica y económica, poco a poco va minando los rasgos morales de una civilización que encontraba en la centralidad de la persona y sus derechos inalienables el sentido y su fundamento mismo. Mientras tanto, seguimos basando la integración europea única y exclusivamente en el elemento económico, olvidando la gran cuestión: los pilares espirituales propios de la comunidad europea. Claro, así nos va.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.


Resumen de privacidad

La página web de Jaime Rodríguez - Arana utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.
Asimismo puedes consultar toda la información relativa a nuestra política de cookies AQUÍ y sobre nuestra política de privacidad AQUÍ.