Democracia y razón

La democracia moderna, es sabido,
se establece sobre el supuesto de que los gobiernos deben tener presente que la
razón ha de presidir la discusión que alimenta la vida pública. Discusión que,
lógicamente, debe orientarse a los fundamentos mas racionales de las cosas,
independientemente de las posiciones partidistas. Es decir, es la razón humana
quien debe constituirse como guía última del discurso democrático, y no la
razón partidista, la razón estratégica, la razón técnica, o la razón de Estado.


En este sentido conviene siempre
preguntarse hasta que punto los gobiernos toman en consideración las opiniones
de los distintos interlocutores para buscar soluciones razonables que
posibiliten el consentimiento general de quienes participan -o deben
participar- en la vida política. Es igualmente pertinente cuestionarse hasta
qué extremo algunos interlocutores exageran su desacuerdo haciendo primar
criterios ideológicos o estrategias de desgaste de los gobiernos sobre el
interés general de la comunidad.


Por eso, desde la razón es preciso
llamar la atención sobre la configuración de la persona como centro del sistema
y simultáneamente señalar la referencia básica de que la democracia es el
camino idóneo para promover las condiciones necesarias para el pleno desarrollo
del ser humano y para el libre y solidario  ejercicio de sus derechos. El sistema
democrático -en el sentido más amplio de la participación ciudadana en la vida
pública- es una exigencia incuestionable de la condición personal del hombre.


En definitiva, la democracia debe
aportar en este tiempo la recuperación de sus valores primigenios, y propiciar
un ambiente de solidaridad, equidad, convivencia, tolerancia y de sensibilidad
ante los problemas de las mujeres y de los hombres de nuestro tiempo. Algo, sin
embargo, en este momento, a causa de la mediocridad y falta de ideales, que
brilla por su ausencia. Esperemos que no por mucho tiempo.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Sobre la globalización

Cuando se habla de globalización,
de internacionalización o mundialización se pretende reflejar una
característica elemental de la naturaleza de las relaciones actuales. Sin
embargo, la globalización más importante es la de las mentes de las personas,
en muchos casos atrapadas en ese atávico razonamiento de lo unilateral, de lo
único o de la verticalidad. Parece mentira pero lo decisivo para vivir con dignidad
en estos tiempos es cultivar la mentalidad abierta y esa capacidad para “ver”
personas en los diferentes campos del trabajo moderno. De lo contrario, la
globalización podría traer consigo una de las más insoportables dictaduras
jamás sospechada: el uso de las personas al servicio de esa palabra que suena
tan posmoderna


Cuando la perspectiva de la razón
humanitaria es fuerte y sólida, entonces nos podemos preguntar. ¿A quién
beneficia la globalización? ¿A quién perjudica? ¿Es compatible la globalización
con la solidaridad? ¿Y con la equidad?. Pretender ese sutil juego del
enfrentamiento o la confrontación que se produce desde posiciones estáticas y
apriorísticas es irrelevante por más que el populismo apuesta decididamente por
ello. Lo realmente importante es construir un sistema de globalización dónde la
sensibilidad humana sea un elemento esencial. O si, se quiere, que globalización
y humanismo vayan de la mano, como si fueran las dos caras de un mismo
fenómeno, como si fueran las dos caras de una moneda.


Es cierto que la globalización incide sobre la democracia. Es lógico que este panorama de los mercados abiertos, de las nuevas tecnologías y del flujo de la información afecte a la calidad de la democracia. Se debería producir una democratización permanente en todos los ámbitos de la actividad humana y un creciente humanismo en el que , efectivamente,  la dignidad de la persona se el centro de la realidad.. Sin embargo, una mirada al mundo en que vivimos, y tanto, tanto por hacer para que realmente la dignidad humana sea el centro y el fundamento del orden social, politico, económico. En 2019 la tarea sigue pendiente.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Pluralismo y tecnoestructura

El pluralismo, como sabemos, es uno de los valores
superiores del Ordenamiento juridico y expresa una de las principales
manifestaciones del principio democrático. Sin embargo, a pesar de su
relevancia, la concentración del poder que se observa en todos los ámbitos de
la vida humana impide que el espacio de la deliberación pública sea abierto y
plural.


En efecto, cuando la fundamentación
de las normas reside en la autoridad y no en la verdad, baja el nivel de la
racionalidad ética. Cuando en lugar de edificar el contrato social sobre el
humanismo, se fundamenta en una minoría tecnocrática que decide en nombre de la
neutralidad y el procedimiento lo bueno y lo malo, entonces se diluye el
respeto a la libertad y a la dignidad del ser humano. En estos casos, nos
encontramos ante un encorsetamiento de la vida real, vivimos en un ambiente
artificialmente cerrado y, es lo más grave, desaparece el valor auténtico y la
riqueza creadora de las personas. Es la situación que algún filósofo ha
calificado como inhumanismo. Lo contrario precisamente a un ambiente en el que
la fuerza vital de las energías e iniciativas de la gente sea el motor real del
cambio y la evolución social.


En un ambiente en el que se
desconfía de la capacidad vital de acuerdo con 
lo que cada uno de los ciudadanos considera como bueno para todos,
quiebra uno de los principios centrales de la vida colectiva como es el bien
general o bien común.  Se trata, me
parece, de una sutil operación orquestada por quienes no tienen empacho alguno
en negar la capacidad ética de la ciudadania, que se “expulsa” al mundo de la
conciencia individual, a la intimidad. Estos nuevos invasores que actúan
amparados por su especialización en el interés general, se erigen, sin
legitimación real, en la única fuente de lo bueno y lo malo para la
colectividad. Ellos son los que, con ocasión y sin ella, enarbolan la bandera
de la única política posible que, lógicamente, se inscribe en el triunfo de la
tecnoestructura sobre la vitalidad de la realidad.


La dictadura del tecnosistema
condena a la separación de la ética privada, enclaustrada y encadenada, al
ámbito de la conciencia individual, y la ética pública, que aparece como la única
racionalidad moral posible capaz de discernir lo que es bueno o malo para la
sociedad, o, si se quiere, lo que es correcto o incorrecto para todos. Esta
quiebra provoca uno de los más nefastos efectos que se pueden dar en una
sociedad abierta y democrática: la expulsión de la vitalidad real, de las
personas de carne y hueso, de la mayoría social, que queda supeditada a la
configuración burocrática y tecnocrática. Por eso, hay que rebelarse pacífica e
inteligentemente contra esa dictadura tecnoestructural que tanto tiene que ver
con la emrgencia del populismo y la demogogía, con la instauración de ese nuevo
autoritarismo que está poniendo en cuestión nada menos que los derechos
fundamentales del ser humano. Casi nada


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Democracia y humanismo

No hay que ser un lince para darse cuenta de que en el mundo actual es menester potenciar cualidades tan profundamente enraizadas en el pensamiento democrático como el servicio a los más necesitados, el cuidado de los más débiles, el respeto a la corporalidad decaída, la capacidad de sacrificio, el reconocimiento de la dignidad intocable de cada una de las personas, la misericordia, la ternura o el agradecimiento.En el fondo, como ha señalado Llano, el humanismo cívico requiere atender a estas diferencias inspirando un nuevo concepto de ciudadanía, que apunte hacia los derechos humanos, con un sesgo más cultural que técnico-político.


Es bien sabido que en los últimos
años se ha intentado a toda costa evitar que el proceso educativo se
caracterice por la formación integral y por el cultivo de las humanidades. No
es una casualidad. Es, me parece, una singular manera de evitar que la sociedad
disponga de hombres y mujeres libres, con una formación amplia, amigos de la
discusión y del debate, sensibles a la crítica y comprometidos con los valores
humanos y las más genuinas cualidades democráticas.


Por paradójico que parezca, los
planteamientos de corte intervencionista han intentado tener a la entera
sociedad bajo el control público y, para ello, nada mejor que contribuir a
formar -deformar- hombres y mujeres conformistas, pasivos, inertes, que todo lo
esperan del Estado; hombres y mujeres que no saben lo que es el esfuerzo y que
no quieren oír hablar de solidaridad o de compromiso. Hombres o mujeres a quien
se proporciona, desde las terminales de la tecnoestructura, una colosal
maquinaria de distracción que les hurta el pensamiento libre y crítico.


El conocimiento, por ejemplo de los
clásicos, sirve para comprender mejor el mundo, para acercarnos a la belleza, a
la esperanza, a esas las enseñanzas que hoy tanto necesitamos. Igualmente, la
literatura y la filosofía clásica siguen siendo válidas porque el ser humano,
menos mal, sigue siendo el mismo, sigue viviendo en una encrucijada de
pasiones,  intereses o prejuicios, que, a
pesar del tiempo transcurrido siguen siendo idénticos a los de los primeros
pobladosres. El día en que temas como la solidaridad, el poder, la venganza, el
honor o el amor no sean ya humanos, dejarán de ser actuales Homero, Sófocles O
Virgilio, por ejemplo.


Es importante volver a los
contenidos humanísticos en el bachillerato y en la universidad. Es importante y
urgente porque la formación humanística aumenta la sensibilidad de los ciudadanos
ante la injusticia, ante la intolerancia, ante los fundamentalismos, ante ese
despotismo blando tan de moda que acaba por ir borrando poco a poco la fuerza
de la libertad y del compromiso por los derechos humanos. Y, sobre todo, ante
ese populismo y esa demagogia que tanto éxito tienen en un mundo en el gusto
por el pensamiento y reflexión cotizan a la baja y en el que da pingues
resultados la manipulación y el control social. Por eso, la educación es tan
importante, tan importante.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana




El espacio de centro

El espacio del centro, de una u otra forma,está en el candelero porque hoy, lo estamos viendo en diversas latitudes, los partidos tienden a escorarse hacia posiciones radicales y demagógicas, en uno y otro sentido. Lo vemos a nivel global, a nivel europeo y, por supuesto en   nuestro país. Por eso, la caracterización del espacio de centro como espacio propio, con personalidad política, es una cuestión que recurrentemente asoma a la palestra cuando se aprecian esas tendencias al exceso, hacia los extremos. Hacia el populismo, hacia la demagogia.


Pues bien, la apertura, la capacidad
receptiva, el diálogo, la sensibilidad social, la racionalidad o el realismo,
son actitudes básicas  que deben
caracterizar la acción política de los partidos y de los dirigentes que
pretendan realizar políticas de centro. Estas, entre otras, son características
elementales necesarias para que los  dirigentes políticos centristas puedan
realizar la función de síntesis de los intereses y aspiraciones de la sociedad.
Síntesis que no es un proceso mecánico ni un proceso determinado por la
historia, sino que se trata de un proceso creativo, de creatividad política, de
cuyo éxito dependerá la representatividad que la sociedad otorgue a cada
partido, y la capacidad del partido para galvanizar las fuerzas y empujes
sociales en un proyecto común.


La exigencia de apertura a los intereses dela sociedad no es tampoco una apertura mecánica, una pura prospectiva, que nos haría caer en una nueva tecnocracia, que podríamos denominar sociométrica, tan denostable como la que llamaríamos clásica. La exigencia de apertura es una llamada a una auténtica participación social en el proyecto político propio, participación que no significa necesariamente participación política militante o profesional, sino participación política en el sentido de participación en el debate público, de intercambio de pareceres, de interés por la cosa pública, de participación en la actividad social en sus múltiples manifestaciones, de acuerdo con nuestros intereses, implicándose consecuentemente en su gestión con los criterios de moderación, conocimiento, apertura a que venimos aludiendo.


            El
compomiso con el centro político tiene que significar ante todo un cambio
ético. No entendido necesariamente como un cambio de los valores que uno tiene
asumidos, ni como un cambio en todos los valores imperantes en la sociedad, que
en muchos aspectos están siendo motores de nuestra mejora individual. Se trata,
en el cambio ético a que se alude, de asumir valores que hagan posible el giro o
la búsqueda que se propone.


En primer lugar, una mentalidad abierta a
la realidad y a la experiencia, que nos haga adoptar aquella actitud socrática
de reconocer la propia ignorancia, la limitación de nuestro conocimiento como
la sabiduría propia humana, lejos de todo dogmatismo, y al mismo tiempo de todo
escepticismo paralizador y esterilizador. Que nos impulsa necesariamente a una
búsqueda permanente y sin tregua, ya que la mejora moral del hombre alcanza la
vida entera.


En segundo término, una actitud dialogante, consecuencia inmediata de lo anterior, con un permanente ejercicio del pensamiento dinámico y compatible, que nos permite captar la realidad no en díadas, tríadas, opuestas o excluyentes, sino percatándonos, de acuerdo con aquel dicho del filósofo antiguo de que, en el ámbito humano y natural, todo está en todo. Percatándonos de que en la búsqueda de la pobre porción de certezas que por nuestra cuenta podamos alcanzar, necesitamos el concurso de quienes nos rodean, de aquellos con los que convivimos.


Y en tercer lugar, una disposición de comprensión, apertura y respeto absoluto a la persona, consecuencia de nuestra convicción profunda de que sobre los derechos humanos debe asentarse toda acción política y toda acción democrática. Entre nosotros, más en la hora presente, que necesario es el espacio del centro, de la moderación, de la centralidad de la dignidad humana.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Las humanidades

La separación entre la verdad y lo políticamente correcto manifiesta la profunda fractura que ha producido en la vida social la consideración totalitaria de la razón técnica. Entre otras razones, porque, aunque se postule una y otra vez, es prácticamente imposible la neutralidad moral en la ordenación de la vida pública. En cambio, es menester humanizar la razón técnica y la razón política como consecuencia del despertar de las iniciativas e impulsos vitales de las personas.


En el humanismo, el empeño por la
propia libertad es lo esencial. Es una tarea, ésta, que no se puede improvisar,
pues, como dice Llano, la libertad empeñada no es una mera libertad negativa.
Es mucho más y exige una implicación de la persona en una comunidad de
ciudadanos en la que, como señala este autor, sea posible aprender a ser
libres, a base de enseñanzas y correcciones, de cumplimiento de las leyes, de
participación en empresas comunes y de entrenamiento en el oficio de la ciudadanía,.
Para el humanismo no hay democracia sin comunidad de manera que el poder
político, como señaló Burke, se fundamente en la libertad concertada de los ciudadanos,
no en la dominación o la prepotencia, hoy por cierto tan presentes entre
nosotros.


Pues bien, en punto a la necesidad de humanizar la tecnificada y artificial realidad que nos circunda cobran una especial relevancia las Humanidades. Desgraciadamente, el interés general por la literatura, la historia, la filosofía, la teoría de la ciencia o el arte es escaso. Mientras el interés general de los ciudadanos se centra en la vida digital, en los escándalos políticos y en la libre manifestación de la intimidad de los famosos, el abandono de las Humanidades ha ido parejo con la inhibición de la ciudadanía de sus responsabilidades en la conformación del escenario público. Es lógico porque las Humanidades facilitan esa aproximación crítica ala realidad social, constituyen un foco permanente de cultura, nos recuerdan nuestra deuda con el pasado e inspiran nuestra creatividad. Por eso, deben mostrarnos más en serio las energías latentes en la sociedad y recoger el dinamismo vital del mundo de la cultura. Es mucho lo que nos jugamos.


Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana


Globalización y calidad de vida

La globalización, que duda cabe,está alterando las formas de trabajo y consecuentemente las condiciones de vida de millones de seres humanos en todo el mundo.¿ De qué manera, para mejor, para peor?. De entrada, hay que tener un poco de cuidado con el término flexibilidad. ¿Por qué? Porque, como ha apuntado recientemente el sociólogo Richard Sennet en su libro “La corrosión del carácter; Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo”, es posible que los beneficios de horarios flexibles y del tele-trabajo puedan enmascarar un control mayor de los jefes sobre los empleados y la instauración,de hecho, de jornadas de trabajo interminables.. Es decir, la oficina virtual nunca cierra, lo que abre la posibilidad de que los jefes abusen exigiendo que los empleados trabajen desde casa más allá de la jornada laboral.


La clave, por tanto, no está tanto
en los sistemas, en las estructuras o en las metodologías por buenas y modernas
que sean. La clave está en pensar en las personas una a una,  en saber como van a afectar a las personas
determinadas decisiones. Si van a ampliar su espectro de posibilidades o si,
por el contrario, se va a estrechar el cerco.


Las personas, como escribe Sennet, por duro que parezca, son hoy, tantas veces, tan de usar y tirar como los vasos de plástico de las flexibles oficinas en las que trabajan esas flexibles corporaciones. Sin embargo, es necesario volver a insistir que la sensibilidad hacia las personas debe ser una nota esencial de la globalización. Si no se da en la medida necesaria, ¿será porque estamos demasiado obsesionados con el corto plazo y no nos damos cuenta que convivimos con personas que muchas veces esperan de nosotros aliento, comprensión y estímulo?. Tenemos, ante nuestros ojos, una gran oportunidad que no debemos desaprovechar.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Sobre los derechos humanos

Europa, escenario de tantos anhelos de libertad y justicia a lo largo de la historia, encuentra precisamente en la exaltación de la libertad solidaria y en la incapacidad de soportar su carencia el nervio de su plena identificación cultural. La cultura europea se ha configurado sobre una radicalización de lo insoportable, es decir, sobre una extrema capacidad de indignación y una elevada resistencia a la privación de libertad, hoy sin embargo bajo mínimos a causa de la calculada operación de consumismo insolidaria que domina con inusitada potencia la vida de tantos millones de ciudadanos.


El Estado de Derecho es, sobre
todo, aquel modelo de Estado que se propone  mantener una situación materialmente justa
(Klein). O, como sentenció Theodor Maunz, "el Estado de Justicia".
Por eso, una de las más famosas resoluciones del Tribunal Federal
Constitucional Alemán subrayó categóricamente que una vuelta a la mentalc y
práctica jurídica.


En el fondo, la crisis del
positivismo jurídico ha venido de la mano de los mismos excesos que el respeto
a la ley trajo consigo y a las constantes infracciones del principio de
legalidad entendido formalmente. Pero quizás la razón más determinante haya
sido una mayor valoración y torma de conciencia de los criterios de justicia
material. Orientación que surge de la tendencia a sustituir el llamado
"Estado de Derecho" por un "Estado de Justicia" tal y como
aparece en la Ley Fundamental de Bonn que afirma la vinculación a la ley y al
Derecho del poder público, y también en la Constitución española en su artículo
103.


La fórmula Ley y Derecho parece
aceptar la existencia de un Derecho supralegal que vendría a colocar a los
Tribunales en una situación, hasta cierto punto autónoma respecto a la ley
escrita. Esta corriente doctrinal parte, además del párrafo 3º del artículo 20
de la Ley Fundamental del Bonn -que es el que distingue entre Ley y Derecho-,
del artículo 1 que configura a los "derechos humanos inviolables e
inalienables como base de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en
el mundo" y que declara que la dignidad del ser humano es inviolable.


Sin perjuicio de que la
Constitución española de 1978 dedique el Título Primero a los derechos
fundamentales, el preámbulo de nuestra Carta Magna ha querido dejar bien claro
uno de los objetivos colectivos más importantes: la protección de todos los
españoles (...), en el ejercicio de sus derechos humanos.


Varias consideraciones nos ofrece
la lectura de esta parte del preámbulo. Por una parte, es significativo que la
protección sea para todos. Es decir, todos los españoles gozan de la protección
de la Constitución para el ejercicio de los derechos humanos o fundamentales.
Por tanto, en la medida en que todavía hay españoles excluidos, españoles que
no pueden ejercer efectivamente sus derechos humanos, en esa medida aún está
pendiente de cumplimiento este objetivo constitucional que vincula también a
todos los poderes públicos.


La protección de la Constitución a todos los españoles en el ejercicio de los derechos humanos exige una acción positiva de los poderes públicos que el propio texto constitucional explicita en multitud de parágrafos. Sin embargo, lo que ahora me interesa destacar en este punto es que los poderes públicos tienen una función constitucional de promocionar, de promover, de facilitar que todos los españoles puedan ejercerlos derechos humanos.


En este contexto, me parece que el
artículo 10.1 constitucional cuando se refiere, desde el punto de vista
técnico-jurídico a los derechos humanos, utiliza la expresión “derechos
inviolables que le son inherentes”. Redacción que, a las claras, permite
afirmar, sin demasiadas dificultades, que la Constitución entiende que existen
derechos innatos, que nacen con la persona, que son susceptibles de una
especial protección y que el Estado debe reconocer en la medida que constituyen
patrimonio indivisible de la persona humana. Recordarlo en torno al 10 de
diciembre, día de los derechos humanos, no viene nada mal.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Derechos Humanos

El próximo lúnes 10 dediciembre  es el día de los derechos humanos. Buena ocasión para reflexionar sobre una realidad que hoy nos interpela, como siempre, viendo la situación de tantos millones de personas en el tercer mundo y también en este primer mundo en el que tantas nuevas esclavitudes mantienen en estado de sumisión y vasallaje, en jaulas de oro, a numerosas personas,


 La protección de la Constitución a todos los españoles en el ejercicio de los derechos humanos exige una acción positiva delos poderes públicos que el propio texto constitucional explicita en multitud de parágrafos. Sin embargo, lo que ahora me interesa destacar en este artículo es que los poderes públicos tienen una función constitucional de promocionar,de promover, de facilitar que todos los españoles puedan ejercer en libertadsolidaria los derechos humanos.


En este contexto, me parece que el
artículo 10.1 constitucional cuando se refiere, desde el punto de vista
técnico-jurídico a los derechos humanos, utiliza la expresión “derechos
inviolables que le son inherentes”. Redacción que, a las claras, permite
afirmar, sin demasiadas dificultades, que la Constitución entiende que existen
derechos innatos, que nacen con la persona, que son susceptibles de una
especial protección y que el Estado debe reconocer en la medida que constituyen
patrimonio indivisible de la persona humana.


En efecto, los derechos humanos o
fundamentales constituyen una de las claves hermenéuticas de la Constitución y,
como dispone el citado artículo 10.1, configuran, junto a la dignidad de la
persona, los derechos de los demás y el libre desarrollo de la personalidad el
“fundamento del orden político y la paz social”.  Es decir, hoy por hoy, en un Estado social y
democrático de Derecho, los intereses generales del pueblo español caminan
hacia el ejercicio efectivo, por parte de todos los españoles, de los derechos
humanos.


La cuestión de si las libertades y
los derechos de la persona son absolutos o no ha sido siempre un tema controvertido.
Por ejemplo, si el derecho de propiedad puede sufrir limitaciones o no. Pues
bien, este tema, afortunadamente, es pacífico desde el momento en que se cae en
la cuenta del destino universal de los bienes y de que las necesidades públicas
pueden, y a veces deben, implicar limitaciones a ese derecho individual que es
el derecho de propiedad. Por eso, todos entendemos que a veces se sacrifique
este derecho, previa indemnización, para que se construyan hospitales, colegios...
que vengan, eso si, exigidos por las necesidades colectivas.


Por tanto, los derechos
individuales no sólo no son absolutos, sino que, salvo el primario, principal y
fundante de todos ellos, el derecho a la vida, son limitados y esas  limitaciones hacen posible que más personas
disfruten de derechos. Asi es, el derecho a la vida es indisponible en la
medida que es la fuente de la dignidad humana, de esa excelsa dignidad humana
que cuando se empieza a cuartear, se acaba justificando lo injustificable. Lo
vemos a diario.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Sobre los derechos fundamentales

La constitución de 1978 ha producido evidentes impactos sobre los pilares de nuestro Derecho Público llegando, en mi opinión, al establecimiento de un Derecho Público Constitucional presidido precisamente por una necesaria interpretación del interés general en armonía con los valores constitucionales.


Por otra parte, el artículo 103
constitucional comienza señalando que “la Administración Pública sirve con
objetividad los intereses generales”. Es decir, esos intereses generales que
vienen definidos por la consolidación de los derechos fundamentales en el
Estado social constituyen, por tanto, la vocación, la razón de ser, de la
Administración Pública. El Derecho Administrativo Constitucional está llamado a
potenciar los derechos fundamentales. Es más, es lógico que así sea puesto que
el propio interés general se dirige hacia la efectividad de los derechos
fundamentales de la persona. Además, la definición del Estado social y
democrático de Derecho ha roto las artificiales barreras que separaban Estado y
Sociedad, con lo que precisamente la operatividad del Derecho Público
Constitucional debe buscarse en el necesario reforzamiento y consolidación de
los derechos fundamentales en el marco de una acción combinada Estado-Sociedad.


Los derechos fundamentales como ha
recordado el Tribunal Constitucional, “constituyen la esencia misma del régimen
constitucional”, y son “elementos esenciales del Ordenamiento objetivo de la
Comunidad nacional, en cuanto ésta se configura como marco de una convivencia
humana justa y pacífica. Por ello, “dan sus contenidos básicos a dicho
Ordenamiento, en nuestro caso al del Estado Social y Democrático de Derecho, y
atañen al conjunto estatal (...), son un patrimonio común de los ciudadanos
individual y colectivamente (...), establecen una vinculación directa entre los
individuos y el Estado y actúan como fundamento de la unidad política sin
mediación alguna”.  Recordarlo en torno
al 10 de diciembre, día de los derechos humanos no está de más.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodríguezarana


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