Popper y el relativismo
En su obra "El yo y su cerebro", de 1977, se recogen en la tercera parte los diálogos que POPPER y ECCLES -premio Nobel de neurofisiología- mantuvieron en 1974 en Villa Serbelloni. Pues bien, al concluir su diálogo con ECCLES, POPPER nos dice: "pienso que he de hablar por ambos al decir que, a pesar de estar en desacuerdo, tomamos en serio y respetamos nuestras respectivas opiniones sobre la materia. Creo que ambos nos alzaríamos en contra de la falta de respeto hacia la actitud de alguien acerca de estas importantísimas cuestiones".
Para lo que ahora interesa, resulta que POPPER, en la primera parte de su famoso libro "La sociedad abierta y sus enemigos" sostiene, sorprendentemente, que los que deforman la verdad no pueden ser demócratas. En este punto POPPER es de los que piensa que democracia y relativismo son dos caras de la misma moneda. Sin embargo, cuando la democracia es relativista, lo que pasa, sólo basta con asomarse al mundo en que vivimos, es que se degrada el valor de la persona humana. Se elimina toda posibilidad de transcendencia, e incluso molesta que haya personas verdaderamente coherentes y comprometidas.
¿Por qué? Porque el relativismo y el permisivismo moral aspiran a tener vocación de generalidad, de forma que toda actitud contraria molesta y debe ser atacada. Si no se admite la transcendencia, se "trascendentalizan" los principios de la libre convivencia y lo que se desea de verdad es que dirijan la sociedad los grandes de este momento: el dinero, el triunfo, el sexo... De esta manera, se tiene "secuestrada" a toda una importante mayoría de la sociedad, a la que se promete la salvación "mundana" a cambio de rendirse a una vida "sin esfuerzo" y "sin pensamiento". Prohibido pensar, prohibido esforzarse y prohibido comprometerse, como no sea con el relativismo y el permisivismo. Estas son algunas de las consecuencias de un planteamiento que ni quiere oír hablar de la verdad ni quiere oír hablar de compromiso.
Sobre el relativismo
Hoy vivimos en un contexto en el que domina un relativismo frágil que rezuma alergia a hablar de verdad y que descalifica y desprecia de inmediato al que se atreva a decir algo en relación a la verdad. En este marco, el famoso sociólogo francés TOURAINE escribe "Crítica de la Modernidad", libro en el que, entre otras cosas admite que la revolución de los sesenta fracasó porque, ¿ cómo es posible decir que todo vale, que prohibido prohibir, o que hago con mi cuerpo lo que quiero, si vivimos en un mundo en el que hay prohibiciones efectivas ?.
Es el fracaso de la "Modernidad" de la que también ha escrito SEBRELI en "El asedio a la modernidad". Para SEBRELI, si vale todo, vale la razón del tirano, la del torturador, o la del extorsionador o la del corrupto. Como, obviamente, no es posible, resulta que la ilustración racionalista ha fallado y que ese relativismo cultural que nos invade es uno de los grandes sofismas que se descubre en las discusiones de hoy: "pues para mi el aborto es un derecho humano", "pues para mi la droga aumenta la productividad", o "pues para mi la pornografía es un signo de madurez".
Incluso los llamados supervivientes del colapso marxista (HABERMAS o SABRELI, por ejemplo) no cejan de criticar ese relativismo ambiental sin darse cuenta que el relativismo tan condenado por estos pensadores procede del racionalismo, viene de la mano del fracaso de la modernidad racionalista en su mismo horizonte de materialismo. Es la consecuencia de abandonar al hombre únicamente a la razón, cortando cualquier relación con la trascendencia. Al final, la profecía del bueno de DOSTOIEVSKI se ha hecho realidad, como no podía ser menos, "si Dios no existe, todo está permitido".
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Las coordenadas del centro político
La apertura, la capacidad receptiva, el diálogo, son actitudes básicas que deben caracterizar la acción política de los partidos y de los dirigentes que pretendan realizar políticas de centro. Son características elementales para que los dirigentes políticos centristas puedan realizar la función de síntesis de los intereses y aspiraciones de la sociedad. Síntesis no es un proceso mecánico ni un proceso determinado por la historia, sino que se trata de un proceso creativo, de creatividad política, de cuyo éxito dependerá la representatividad que la sociedad otorgue a cada partido, y la capacidad del partido para galvanizar las fuerzas y empujes sociales en un proyecto común.
La exigencia de apertura a los intereses de la sociedad no es tampoco una apertura mecánica, una pura prospectiva, que nos haría caer en una nueva tecnocracia, que podríamos denominar sociométrica, tan denostable como la que llamaríamos clásica. La exigencia de apertura es una llamada a una auténtica participación social en el proyecto político propio, participación que no significa necesariamente participación política militante o profesional, sino participación política en el sentido de participación en el debate público, de intercambio de pareceres, de interés por la cosa pública, de participación en la actividad social en sus múltiples manifestaciones, de acuerdo con nuestros intereses, implicándose consecuentemente en su gestión con los criterios de moderación, conocimiento, apertura a que venimos aludiendo.
El compomiso con el centro político tiene que significar ante todo un cambio ético. No entendido necesariamente como un cambio de los valores que uno tiene asumidos, ni como un cambio en todos los valores imperantes en la sociedad, que en muchos aspectos están siendo motores de nuestra mejora individual. Se trata, en el cambio ético a que se alude, de asumir valores que hagan posible el giro o la búsqueda que se propone.
En primer lugar, una mentalidad abierta a la realidad y a la experiencia, que nos haga adoptar aquella actitud socrática de reconocer la propia ignorancia, la limitación de nuestro conocimiento como la sabiduría propia humana, lejos de todo dogmatismo, y al mismo tiempo de todo escepticismo paralizador y esterilizador. Que nos impulsa necesariamente a una búsqueda permanente y sin tregua, ya que la mejora moral del hombre alcanza la vida entera.
En segundo término, una actitud dialogante, consecuencia inmediata de lo anterior, con un permanente ejercicio del pensamiento dinámico y compatible, que nos permite captar la realidad no en díadas, tríadas, opuestas o excluyentes, sino percatándonos, de acuerdo con aquel dicho del filósofo antiguo de que, en el ámbito humano y natural, todo está en todo. Percatándonos de que en la búsqueda de la pobre porción de certezas que por nuestra cuenta podamos alcanzar, necesitamos el concurso de quienes nos rodean, de aquellos con los que convivimos.
Y en tercer lugar, una disposición de comprensión, apertura y respeto absoluto a la persona, consecuencia de nuestra convicción profunda de que sobre los derechos humanos debe asentarse toda acción política y toda acción democrática
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Sobreregulación y corrupción
La figura de la Hydra de Lerna es un buen símbolo de la potencia e intensidad de la corrupción. Como sabemos por la mitología griega, Hércules, encargado de terminar con el terrible animal, tuvo muchas dificultades a causa de sus múltiples cabezas y del veneno que supuraba cada vez que se aniquilaba una de ellas. Cada vez que Hércules cortaba una de dichas cabezas, surgían dos nuevas por lo que tuvo que pensar en algún sistema diferente a los empleados hasta el momento. Así, con el concurso de su sobrino, cada vez que cortaba una de las cabezas de la Hydra utilizaba trapos ardientes para quemar los cuellos decapitados. Hércules, como cuenta Apodoloro, cortaba las cabezas y su sobrino quemaba los cuellos degollados y sangrantes. Finalmente, Hércules acabó con la última cabeza del animal aplastándola debajo de una gran roca. Acto seguido, Hércules bañó su espada en la sangre derramada y después quemó las cabezas cortadas para que jamás volvieran a crecer. En fin, un método nada convencional pero efectivo que conjugó la potencia de Hércules con la inteligencia de su sobrino. Probablemente, la combinación de armas que se precisan para acabar con esta terrible lacra social: contundencia e inteligencia.
La corrupción, según el G-20, consume nada menos que el 5% del PIB mundial. Es decir, es la tercera “industria” más lucrativa de todas cuantas existen en este mundo. Es una lacra, señala el informe del G-20, que se ceba con las economías desarrolladas y con las subdesarrolladas. En España, la corrupción resta cada año el 0.5 % del PIB. Corrupción y deterioro institucional son nuestros dos principales problemas pues si suben los impuestos pero los ciudadanos no perciben que el Estado gasta mejor su dinero, aumentará el fraude.
En estos momentos, la corrupción es el enemigo número 1 del comercio exterior. Por sorprendente que parezca, el G-20 alerta acerca del número de normas que regulan los mercados. Tal profusión de normas en buena medida constituye el caldo de cultivo en el que nace y se desarrolla esta terrible enfermedad que aqueja a todas las economías del mundo sin excepción. La sobrerregulación o la re-regulación son, efecto, aliadas de la corrupción, así como el excesivo número de normas diseñadas para establecer el régimen del comercio interior y exterior. Se trata, pues, de elaborar las normas que sean necesarias, ni más ni menos, normas claras, previsibles y ciertas. No regulaciones confusas, continuas y que tantas veces atentan contra la misma seguridad jurídica al variar unilateralmente las reglas en función del capricho de quien gobierne en cada momento.
El informe del G-20 advierte sobre la necesidad de que las empresas se preocupen efectivamente del entrenamiento ético de sus empleados. Es decir, deben poner en marcha planes y programas exigentes de ética que vayan más allá de un simple barniz o de un uso políticamente correcto de la responsabilidad social corporativa. En efecto, no pocas veces, la RSC no es más que una forma de edulcorar la conciencia de ciertos dirigentes que pretenden, con algunas donaciones a determinadas ONGs, lavar algunas prácticas contrarias a los más elementales postulados de la ética y la moral.
En el campo de la empresa el gran desafío es sustituir el dogma de maximizar el beneficio en el más breve plazo de tiempo posible por consideraciones más abiertas como puede ser la compatibilidad entre la obtención de razonables beneficios y una creciente humanización de la empresa y de las condiciones laborales de los empleados.
El G-20 recomienda en su informe armonizar las regulaciones. Es decir, que el paisaje normativo sea compatible entre sí. También se anima a incentivar los negocios responsables, aquellos en los que se contribuya a mejorar la solidaridad social, una realidad que no debe ser opuesta a la obtención de beneficios sino complementaria. También se aboga por no sobrecargar de normas el sistema para evitar la inseguridad jurídica.
Finalmente, el G-20 solicita la creación y fortalecimiento de un sólido tejido ético desde el que se promueva una tolerancia cero con las prácticas corruptas, sean de poca o mucha intensidad. Cuándo se desprecian las pequeñas corruptelas es muy fácil, ahí está la realidad para comprobarla, iniciar el camino hacia la corrupción con mayúsculas.
La lucha contra la corrupción no es sólo cuestión de elaborar y aprobar normas y más normas. En muchas ocasiones incluso la proliferación de leyes y reglamentos lo que hace es facilitar la corrupción. La clave está en disponer de las normas que sean necesarias, claras y concretas y, sobre todo, de un compromiso ético real, constante y creciente. Casi nada: contundencia e inteligencia.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La lucha contra la corrupción
La corrupción, mal que nos pese, es una realidad. Una amarga y lamentable realidad que ha caracterizado, en determinados momentos más que en otros, la vida del ser humano, individual y colectiva. Es una experiencia universal que pese a su constatación en distintas épocas y latitudes reclama un combate que cuando afecta a los fondos públicos, al dinero de todos, debe ser constante, integral e inteligente, eliminando fundamentalmente los espacios en los que germina y crece esta lacerante semilla que acaba por pudrir cuanto toca como comprobamos a diario en tantas partes del mundo, también, y de qué forma, en España.
La corrupción, según un reciente informe del G-20, consume nada menos que el 5% del PIB mundial (2017). Es decir, es la tercera “industria” más lucrativa de todas cuantas existen en este mundo. Es una amarga realidad, señala el informe del G-20, que se ceba con las economías desarrolladas y con las subdesarrolladas.
En la actualidad, la corrupción golpea con fuerza la credibilidad de las instituciones y la confianza de la ciudadanía en la misma actividad pública. No hay más que seguir mes a mes la secuencia del CIS. Es verdad, hoy la corrupción sigue omnipresente sin que aparentemente seamos capaces de expulsarla de las prácticas políticas y administrativas. Se promulgan leyes y leyes, se aprueban códigos y códigos, pero ahí está, desafiante y altiva, uno de los principales flagelos que impide el primado de los derechos fundamentales de la persona y, por ende, la supremacía del interés general sobre el interés particular.
Un reciente informe de la Comisión Europea sobre la corrupción (2014) pone de relieve que los ciudadanos tienen una idea muy clara de cómo se manejan los asuntos públicos en el viejo continente en este tiempo. De entrada, tres de cuatro ciudadanos, según encuestas y análisis propios de la Unión Europea, estiman que viven, que vivimos, en un ambiente de corrupción generalizada. O lo que es lo mismo, que el poder público se administra al servicio, no del interés general, sino de intereses parciales, particulares. Llama la atención, sin embargo, que siendo tan elevada la sensación de que estamos instalados en un clima de corrupción general, la reacción ciudadana sea la que es.
El reciente informe sobre la corrupción en Europa refleja que en España, como era de esperar, la corrupción se fragua en el proceloso mundo de la licitación pública, de la financiación de los partidos políticos y, sobre todo, en la gestión local y autonómica del urbanismo. No hay más que hacer un rápido estudio acerca del objeto de la multitud de procesos penales y administrativos que sufren tantos y tantos cargos públicos para alcanzar esta evidente conclusión.
En este sentido, llama la atención el elevadísimo número de procesos judiciales relacionados con actos ilegales realizados en materia de urbanismo. Una materia en la que la arbitrariedad ha irrumpido con especial virulencia a la busca y captura de toda suerte de recalificaciones, alteraciones o modificación de planes urbanísticos ayudada por un tráfico de información privilegiada que trae consigo pingues beneficios en tiempo record. Una de las razones por las que la corrupción urbanística se ha instalado entre nosotros se debe a la deficiente regulación existente en materia de financiación de partidos políticos.
La corrupción en España es una de las principales causas del desapego y desafección de la ciudadanía en relación con la política y con los políticos, con los negociantes y con el mundo de los negocios. No hay que ser muy inteligente para caer en la cuenta de que la corrupción está minando los fundamentos del sistema político mientras unos y otros, políticos y financieros en general, no se atreven a proponer y adoptar las medidas que la situación reclama y que la población exige enérgica y unánimemente.
Un reciente informe de la Universidad de Barcelona resalta con toda razón que la principal arma en la lucha contra esta terrible lacra social es la transparencia. Una propiedad y característica que todavía entre nosotros brilla por su ausencia. Ni hay registros de lobbies, ni las agendas de los políticos están, en términos generales, a disposición de los ciudadanos. Todo lo más se hacen retoques en las webs, en la información oficiosa, que cuando pasa el huracán mediático pasan a mejor vida.
También se recuerda en el informe de la Universidad de Barcelona que es muy importante la libertad de prensa y un poder judicial independiente. Por supuesto. Pero lo más importante es que los hábitos y las cualidades democráticas de quienes laboran al servicio del poder público sean firmes y auténticas. De nada sirven las normas y los procedimientos si todavía habita en la mente de no pocos dirigentes una perspectiva controladora de la sociedad, una mentalidad de propietario y soberano de los asuntos públicos. Las cosas, afortunadamente, han cambiado, y mucho. Es más, la población, afortunadamente, ya no tolera la opacidad, la prepotencia y la altanería política y cuándo tiene ocasión lo expresa como puede.
La lucha contra la corrupción no es solo cuestión de leyes y normas, ni tampoco es cuestión únicamente de palabras y gestos. Es menester que el control, previo y posterior, administrativo, económico y judicial, sea independiente del poder. Y es necesario el compromiso real de los dirigentes públicos y privados con los valores y las cualidades democráticas, con los valores de la ética pública. La batalla no es sencilla ni fácil. Borrar ese magma viscoso y putrefacto que desprenden estas prácticas ilícitas reclama que brille con toda su luz el servicio objetivo a los intereses generales. Los ciudadanos nos lo merecemos, claro que sí.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Equilibrio y centro político
El equilibrio es una exigencia y una condición del espacio del centro, y quien ejerce el poder sólo podrá responder a esa exigencia si su tono ético y su inteligencia le permiten sobreponerse a las presiones, y sortear las tensiones –cuando fuere el caso- que el juego de la vida social lleva implícitas. En efecto, quien ejerce el poder no debe estar comprometido con un segmento, ni con una mayoría por amplia que fuese, sino que lo está con todos, aunque la base social que constituye su soporte serán necesariamente los sectores más dinámicos, activos y creativos del cuerpo social.
El sentir social, la conciencia social, debe ser un elemento de primer orden en la consideración del político, si realmente se admite que la ciudadanía es el elemento fundamental en la articulación de la vida política. El sentir social forma parte –podríamos decir- de las condiciones objetivas, porque es un factor que actúa realmente, que gravita sobre las situaciones reales, y debe ser tenido en cuenta en su valoración.
El sentir social es un factor relevante pero de importancia relativa en la configuración de las diferentes situaciones que pueden producirse y por tanto en la configuración de las acciones políticas. La acción política debe tener muy en cuenta la opinión pública. Sería suicida, pero sobre todo sería inadecuado e injusto, actuar de espaldas a ella. Pero la acción política no puede plantearse como un seguidismo esclavizado de esa opinión.
La atención a la opinión pública no significa sólo atención a la opinión mayoritaria, ni mucho menos. El político, la política centrista debe tener particular sensibilidad para atender a las demandas de grupos y sectores minoritarios que manifiestan un especial compromiso ético-político en la solución de graves problemas que aquejan a nuestra sociedad, y trascendiéndola, al mundo entero, y que representan, en cierto modo, aquello que se denominaba conciencia crítica de la sociedad. La conciencia ecológica, el antimilitarismo, el reparto de la riqueza, el compromiso con los desposeídos, la crítica de una sociedad consumista y competitiva, la reivindicación de la dignidad de la condición femenina, la denuncia de una sociedad hedonista y permisiva, etc., son tantas manifestaciones de una particular sensibilidad ética. A veces –es cierto- estas tomas de postura se hacen con manifestaciones desmesuradas y reduccionistas o totalizadoras, pero que nunca el político moderado debe dejar de tener presente, con el equilibrio y mesura que deben caracterizarle. Una respuesta cumplida a las demandas y expectativas de la sociedad de nuestro tiempo, requiere estar abierto también a las nuevas sensibilidades y hacer una ponderada valoración de sus diversas manifestaciones, sabiendo distinguir los compromisos auténticos de los oportunismos y de las estrategias de lucha partidista.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Sobre la tolerancia
El preámbulo de la Carta de Naciones Unidas, como es sabido, señala con toda solemnidad que es menester "practicar la tolerancia aspirando a mantener la paz, la justicia, el respeto de los derechos humanos y promover el progreso social".
Realmente, pocas expresiones son tan utilizadas en el lenguaje y en la conversación y, sin embargo, el sentido de la palabra tolerancia es, más bien, un auténtico misterio para muchas personas. Para unos significa que vale todo, que nada se puede imponer por la fuerza, para otros se trata de un término equivalente a la indiferencia e, incluso, hay quien piensa que, como todo es relativo, cada uno puede pensar lo que le venga en gana. Ahora bien, para entender lo que es la tolerancia no cabe más remedio que tener en cuenta su contrario: la intolerancia. ¿Por qué?. Precisamente porque, se quiera o no, la intolerancia es el fenómeno principal y la tolerancia aparece por oposición a ella. Por eso, el tema clave es si se puede tolerar la intolerancia ya que, en un sentido amplio, tolerancia es permitir que cualquier idea, así como su expresión y los comportamientos a que dé lugar, se desarrollen sin trabas.
Si hubiera que tolerar la intolerancia, lo cual es obvio que es un disparate, nos encontraríamos con algo en sí mismo imposible: la absolutización de la tolerancia. Por tanto, la tolerancia tiene límites, pues, como señala Umberto Eco "para ser tolerantes hay que fijar los límites de la tolerancia" ya que, de lo contrario, la tolerancia iría desapareciendo. Ejemplos de intolerancia sobran en la historia pero, como denominador común, conviene señalar que su principal característica reside en no aceptar la realidad, eliminar al adversario, estorbar su existencia, impedir su libre expresión o no darle opción para manifestarse. La intolerancia, en sí misma, implica la eliminación de quienes expresan lo que se considera un error. Las persecuciones de los romanos, las matanzas de campesinos a manos de protestantes, las deportaciones de irlandeses a causa de la intolerancia puritana en Gran Bretaña, el nazismo, el fascismo o el comunismo, etc. son algunos de los muchos ejemplos en los que se ha manifestado la intolerancia.
En pleno siglo XXI no se puede decir que la tolerancia sea una práctica habitual en el mundo actual. Todavía coexisten actitudes fundamentalistas, todavía hay personas, no pocas, que no pueden exponer libremente sus ideas, todavía hay no poca censura, todavía hay, en definitiva, actitudes que marginan a muchos seres humanos debido a sus convicciones, sean de la naturaleza que sean.
En fin, esperemos que vayamos perdiendo el miedo a la libertad y a esa apasionante tarea que es la búsqueda de la verdad. Es cada vez más urgente que el pluralismo sea real y efectivo y que todo ser humano, independientemente de su posición en la sociedad, pueda, de verdad, sentirse escuchado. Porque, como escribió Sir Francis Bacon en sus "Essays", "no existe placer que pueda compararse al de mantenerse erguido sobre el terreno de la verdad".
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
El pluralismo
Desde una perspectiva sociopolítica, la persona ha encontrado posibilidades claras para su plena realización en las sociedades estructuradas participativamente, sea cual fuera el entorno histórico y geográfico. Pero la ampliación de los horizontes para la realización de las personas se ha producido de modo muy particular en las sociedades democráticas. Las sociedades democráticas son fundamentalmente, esencialmente, sociedades plurales, hasta el punto de que un pluralismo disminuido o menoscabado puede ser interpretado como un síntoma de déficit democrático.
Esa maduración sociopolítica, del ser humano se entiende entre dos negaciones, ambas correlativas a la falta de madurez social. Nos referimos, por una parte, a lo que podríamos denominar tribalismo de cualquier clase, a las sociedades tribales, que con la afirmación de la propia condición sociocultural pueden llegar a impedir o condicionar seriamente el desarrollo de la libertad personal y consecuentemente del pluralismo. El otro caso es el de las formas diversas de autoritarismo, o mejor de tiranía, que con el pretexto de establecer una organización social más desarrollada y perfeccionada, someten las peculiaridades y los intereses de individuos y grupos a los intereses de la organización misma.
El pluralismo auténtico se traduce en diálogo. Cuando existe diversidad social, pero no hay diálogo, propiamente no deberíamos hablar de pluralismo sino de sectarismo. Aquí nos encontraríamos otra vez con la división maniquea del cuerpo social propia de todo comportamiento sectario. Al análisis de este tipo de comportamientos es al que más sensibles resultan los cuerpos políticos que adolecen de este defecto, por eso es el más difícil de practicar porque produce inmediatamente una reacción agresiva desproporcionada. Tampoco se trata de bajar aquí a los casos concretos. Digamos, no obstante, que posiblemente este tipo de comportamientos maniqueos son lo que más separa hoy, en nuestras sociedades, a algunas fuerzas políticas de las posiciones de centro.
Sobre el supuesto de un pluralismo auténtico se establece el diálogo. Posiblemente en el diálogo es donde más puede apreciarse la condición personal a la que venimos refiriéndonos. En el diálogo se ponen en juego todas las condiciones que caracterizan el talante político del centro: moderación, respeto mutuo, conciencia de la propia limitación, atención a la realidad y a las opiniones ajenas, actitud de escucha, etc.
Pero la disposición al diálogo no debe ser sólo una actitud del político, sino que el diálogo, como actitud socialmente generalizada, debe ser un objetivo político de primer orden. Una sociedad democrática no es tanto una sociedad que vota, ni una sociedad partidista, con ser estos elementos factores vertebradores fundamentales en una democracia. Una sociedad democrática es ante todo una sociedad en la que se habla abiertamente, en la que se hace un ejercicio público de la racionalidad, en la que las visiones del mundo y los intereses individuales y de grupo se enriquecen mutuamente mediante el intercambio dialógico. El diálogo auténtico entraña un enriquecimiento de la vida social y una auténtica integración, pues el diálogo supone la transformación de la tolerancia negativa ,el mero soportar o aguantar al otro, al distinto, en tolerancia positiva, que significa apreciar al otro en cuanto que no nos limitamos simplemente a existir a su lado, sino que coexistimos con él.
Una forma de ejercer el control cuando el poder se esclerotiza, se sirve sólo a sí mismo, es la preocupación central por cercenar al rival. Es lógico que se pretenda derrotar al adversario, pero la forma de hacerlo tiene que ser ganándole la partida en el aprecio de los ciudadanos, dando soluciones realistas, y también con los proyectos más ilusionantes,... Lo que constituiría una negación del espíritu democrático sería pretender ganar a base de socavar el trabajo de los demás, algo, por desgracia, muy presnte en las diferentes actividades humanas. Demasiado frecuente.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Reformismo y moderación
Con ocasión de las últimas encuestas sobre posicionamiento político vuelve a la palestra la discusión sobre el centro y dos de sus notas principales: la moderación y el reformismo. Por ello, me parece que la ocasión bien merece un breve apunte acerca de lo que implican ambas características de este siempre añorado espacio político. Veamos.
Normalmente, las posiciones dominadas por la ideología, las posiciones radicales están convencidas de que disponen de la llave que soluciona todos los problemas; que poseen el acceso al resorte mágico que cura todos los males. Tal situación deriva de la seguridad de poseer un conocimiento completo y definitivo de la realidad, y siendo consecuentes se lanzan a una acción política decidida que ahoga la vida social y que cuenta entre sus componentes con el uso de los resortes del control y dominio que sometan el cuerpo social. Es el resultado de la imposición de la teoría sobre la realidad. Cuentan, en este sentido, que una vez a Lenin le comentaron que un determinado Plan no se ajustaba a la realidad; pues que se cambie la realidad fué su decisión.
La política centrista es, por definición, moderada. El político de centro respeta la realidad y sabe que no hay fórmulas ni recetas mágicas. Por supuesto que sabe qué acciones emprender y sabe aplicarlas con decisión pero con la prudencia de tener en cuenta que la realidad no funciona mecánicamente. Es consciente de que un tratamiento de choque para solventar una dolencia cardíaca puede traer complicaciones serias en otros órganos.
La moderación no significa medias tintas, ni la aplicación de medidas políticas descafeinadas ni tímidas, porque la moderación se asienta en convicciones firmes, y particularmente en el respeto a la identidad y autonomía de cada actor social o político, es decir, en la convicción de la bondad del pluralismo. Por eso la política de centro es una política moderada, de convicciones y de tolerancia, no de imposiciones. Más que vencer le gusta convencer. Eso sí, sabe muy bien que el fundamento de la democracia reside en la dignidad de la persona humana.
Si la moderación es un rasgo distintivo de las políticas centradas, otro trazo que las caracteriza y que ayuda a comprender o a situar el equilibrio y moderación en su sitio, es que las políticas de centro son políticas reformistas y por lo tanto de progreso.
Hablar de progreso en el campo político es penetrar en otro laberinto conceptual configurado por el discurso ideológico. Si hasta hace poco el progreso significaba el acceso de sectores cada vez mayores de población a mejores niveles de renta y de consumo, hoy algunos de los sectores considerados progresistas, que ponen el acento en la preocupación ecológica, denuncian el exceso de consumo como un mal y reivindican el detenimiento o drástica limitación del crecimiento.
Las políticas centristas toman como punto de partida la aceptación de la realidad. La realidad, en sus dimensiones social, económica, cultural, se toma como un legado de nuestros antepasados, como el mejor que supieron y pudieron dejarnos. Bien como producto de su saber o de su ignorancia, bien de su iniciativa o de su pasividad, de su rebeldía o de su conformismo. Porque, )no es cierto que nuestros padres como nosotros se movieron con la intención de dejar lo mejor para sus hijos?.
Ahora bien, esa aceptación no es pasiva ni resignada. Lejos de actitudes nostálgicas o inmovilistas, las estructuras humanas se perciben como un cuadro de luces y sombras. De ahí que la acción política se dirija a la consecución de mejoras reales siempre reconociendo la limitación de su alcance. Una política que pretenda la mejora global y definitiva de las estructuras y las realidades humanas sólo puede ser producto de proyectos visionarios, despegados de la realidad de la gente. Las políticas reformistas son ambiciosas, porque son políticas de mejora, pero se hacen contando con las iniciativas de la gente y el dinamismo social.
Moderación y reformismo son pares autocompensados. El afán reformista tendrá siempre el límite que le impone la carencia de un modelo social previamente establecido “a priori” y la percepción clara de que todo proceso que reforma es siempre un proceso abierto, porque no hay nadie que tenga en la mano la llave para cerrar la historia. Eso sí, siempre que no se olvide que el espacio de centro supone la afirmación radical de la persona y sus derechos fundamentales.
Jaime Rodríguez-Arana Muñoz
Catedrático de Derecho Administrativo
Moderación y centro político
Vivimos en tiempos de radicalismo, de pensamiento único. A nivel internacional y a nivel nacional. Ha vuelto el prejuicio, y con él, ese odio y el resentimiento que anida en las mentes mediocres y cortas hoy tan numerosas en la vida pública. Por eso, se echa en falta sentido de la moderación, equilibrio, mentalidad abierta, pensamiento complementario y, sobre todo, sensibilidad social, y menos oportunismo y populismo como vemos a diario, en una u otra orilla ideológica. La moderación, pues, vuelve a estar de moda.
Sin moderación no se ocupa el centro político. Sólo la moderación no basta, pero la moderación sola centra las posiciones, aproxima al denominado espacio del centro. La moderación es, entre otras cosas, un ejercicio de relativización de las propias posiciones políticas. Las políticas radicalizadas, extremas, sólo se pueden ejercer desde convicciones que se alejan del ejercicio crítico de la racionalidad, es decir desde el dogmatismo que fácilmente deviene fanatismo, del tipo que sea. Pero toda acción política es relativa. El único absoluto asumible desde el centro político es –repitámoslo- el hombre, cada hombre, cada mujer concretos, y su dignidad. Ahora bien, en qué cosas concretas se traduzcan aquí y ahora tal condición, las exigencias que se deriven de ellas, las concreciones que deban establecerse, dependen en gran medida de ese “aquí y ahora”, que es por su naturaleza misma, variable.
La moderación, lejos de toda exaltación y prepotencia, implica una actitud de prudente distanciamiento, de asunción de la complejidad de lo real y de nuestra limitación. La complejidad de lo real no es una derivación del progreso humano, de los avances científicos y de la tecnología, por mucha complejidad que hayan añadido a nuestra existencia. Más bien los avances de todo tipo nos han hecho patente esa complejidad. Los análisis simplistas y reduccionistas se han vuelto a todas luces insuficientes, no sólo para el erudito o el experto, sino para el común de la gente. Justamente los medios de comunicación, el progreso cultural, la información, ha permitido a una gran parte de la ciudadanía constatar de modo inmediato, con los medios a su alcance –simplemente con la información diaria que ponen a su disposición la prensa, la radio o la televisión-, esa complejidad:
El simplismo y la demagogia, enemigos declarados de la moderación y el sentido del equilibrio, son el campo abonado para ese populismo autoritario, de uno u otro signo, que hoy campa a sus anchas, dividiendo a las sociedades, inoculando lo peor de la condición humana. Por eso, es tiempo de políticas y políticos comprometidos con los valores democráticos, que aporten a la vida pública, que tengan mentalidad abierta, metodología del entendimiento y sensibilidad social. Casi nada
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana