Octavio Paz
El pasado día 31 de marzo se cumplió el centenario de un intelectual de los que prácticamente ya no quedan: Octavio Paz. Un escritor que alcanzó las más altas cotas de la literatura y, también, y sobre todo, del pensamiento crítico. Además de Permio Nóbel y Premio Cervantes, su obra completa, de trece volúmenes, se caracteriza por su dominio del ensayo. Junto a dos tomos de obras de poesía, quizás por lo que es más conocido, el resto de su producción literaria la dedicó al ensayo. No sólo a reflexionar sobre el hombre, la libertad, o el Estado, sus temas preferidos, sino a la crítica literaria o a la sociología del arte, materias en las que sus reflexiones son de primera división.
Octavio Paz, como es sabido, nació en el seno de una familia revolucionaria mexicana y en su juventud apostó por el marxismo, lo que le condujo a España invitado por Pablo Neruda durante nuestra trágica Guerra Civil. Paradójicamente, a partir de entonces empezaría a desconfiar de la izquierda clásica, proceso que terminaría en 1968, tras la matanza de los jóvenes de Tetlatecolco en el DF durante los Juegos Olímpicos de 1968. Es cuándo abandona su exitosa carrera diplomática y se refugia en la soledad de su libertad. Por aquellos tiempos censura la concepción gramsciniaina del intelectual orgánico, aquel que está al servicio de una ideología y comienza su camino de independencia política para poder pensar en libertad. Abandona la izquierda tradicional e ingresa a un liberalismo intelectual alejado de sus postulados económicos buscando defender la libertad de la persona y al individuo frente al colectivismo.
Pues bien, Octavio Paz, en un mundo repleto de intelectuales orgánicos, del primado del pensamiento plano y único, nos permite reivindicar, el pensamiento crítico, el pensamiento abierto. En efecto, los llamados intelectuales, los representantes de lo postmoderno, o de lo hipermoderno, como se quiera, han encontrado un cómodo acomodo en las estructuras tecnocráticas desde las que, en muchos casos, justifican y fundan esas políticas públicas carentes tantas veces de compromiso con el pluralismo y la liberad. Hoy, la obsesión por el dinero, por el aplauso, o por el disfrute de los derechos individuales han agostado la voz y la pluma de quienes están llamados a pensar y a hablar en libertad. Nos hallamos ante un pensamiento plano, entregado al individualismo radical, beligerante contra todo lo que suponga salirse del carril de lo conveniente o eficaz en cada caso.
Por ejemplo, la critica al consumismo es hoy prácticamente inexistente, quizás porque esta ideología ha conseguido atrapar, más o menos conscientemente, a no pocos “intelectuales” que ante la eventualidad de trabajar con pocos medios, se han dejado seducir por el confort de una vida más placentera al socaire de la subvención o de la adulación permanente. Ante este panorama, podemos aprovechar el centenario del nacimiento de Octavio Paz, para reivindicar el gusto por el pensamiento crítico, por la racionalidad humana, por la centralidad de la dignidad de la persona
En efecto, en un tiempo de incertidumbre, dominio de lo mediático, miedo a la libertad, pánico a la verdad, consumismo y baja intensidad del pensamiento crítico, conviene subrayar la centralidad y radicalidad de los derechos humanos y de la dignidad personal como valores que preceden al poder y al Estado. Sabemos, y muy bien, que los derechos humanos no los crea el Estado ni los otorgan discrecionalmente los gobernantes: son derechos y libertades innatos al hombre y, por lo tanto, no sólo deben ser respetados por el legislador y el gobierno, sino promovidos por los poderes públicos y los privados. Tienen la configuración jurídica de valores superiores del Ordenamiento y deben inspirar el entero conjunto del Derecho positivo.
Son derechos que derivan de la dignidad del ser humano y fundamentan la propia condición personal. Son, por ello, intocables, inviolables, indisponibles para legisladores y gobiernos. Son valores que nadie puede ni debe manipular, que nadie puede, ni debe, violentar. Así, es claro, se garantiza la esencial igualdad de todos los hombres y se evita el racismo, la xenofobia, el fascismo, los totalitarismos todos.
Hoy, en los inicios de un nuevo siglo en el que el horizonte se vislumbra con tonalidades oscuras y ciertamente tenebrosas, estamos dominados por la dictadura de lo correcto y eficaz, tenemos miedo a la verdad, tenemos miedo a la libertad solidaria y vivimos casi presos del dogma mediático y de los sacerdotes de esa tecnoestructura que reparte a diestro y siniestro certificados de admisión al espacio público. En este ambiente, y a pesar de los pesares, debe levantarse la voz a favor de la incondicionalidad e indisponibilidad de los derechos humanos porque incluso los que afectan a la vida de las personas, están siendo duramente violados
En fin, releer algunos de los libros de Octavio Paz como pueden ser, entre otros, Alba de libertad, Respuestas nuevas a preguntas viejas, Itinerario o Un escritor mexicano ante la Unión Soviética, ponen de manifiesto la necesidad de que los intelectuales y los pensadores de este tiempo recuperen ese talento de Octavio Paz por escribir y hablar en libertad. Algo cada vez más difícil de encontrar por estos pagos. Ya lo creo.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.
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La segunda vuelta de las municipales en Francia confirma una peligrosa tendencia que se cierne sobre el viejo, y enfermo, continente. Nada menos que el avance de los populismos. En efecto, en Francia el Frente Nacional se convierte en una fuerza política a tener presente al conseguir, con once alcaldías, su mejor resultado electoral tras cuarenta y dos años de historia.Read more
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