Reformismo y renovación democrática
Las encuestas, de diverso
orden y procedencia, acerca de la opinión de la gente en relación con la
política y los políticos, coinciden en poner de manifiesto la profunda
distancia que existe entre la ciudadanía y los cuarteles generales de las
diversas formaciones partidarias. Algunas encuestas, en España por ejemplo,
sitúan la política como uno de los problemas más graves que aqueja a la
sociedad actual. Los políticos y la política suelen ser con leves oscilaciones
uno de los más grave para los españoles. Si a eso añadimos que la crisis
económica y financiera que recorre el mundo trae causa, entre otras, del
deficiente funcionamiento de los entes de regulación, integrados en muchas latitudes
por domésticos y dependientes del poder, el malestar actual con la denominada
clase política encuentra alguna explicación.
Por otra parte, el
gobierno del poder judicial más o menos según momentos determinados se ha
entregado a los políticos, que dominan un escenario en el que la sumisión
partidaria e suele ser en muchos caos, no en todos por supuesto, requisito
fundamental para alcanzar estas altas responsabilidades, tal y como también
acontece, de otra manera, en el poder ejecutivo y en el poder legislativo. Es
decir, en lugar de Estado de Derecho vivimos en un Estado de partidos, cuyas
tecnoestructras tienen en sus manos el destino de los poderes del Estado. A
diario lo constatamos, también ahora.
En este ambiente, es muy
difícil, aunque no imposible, que las reformas y la renovación que precisamos
procedan del interior de los partidos porque sus dirigentes no parecen
dispuestos a renunciar a los privilegios de los que disponen y a un status quo
que les permite nombrar legiones de cargos. Hoy es menester quebrar esa partitocracia que
ahoga las iniciativas sociales que podrían aportar la vitalidad de la realidad
a un mundo dominado por el oficialismo y la artificialidad. En una palabra, por
la obsesión por el mando y por el poder.
Hoy precisamos
democratizar la democracia, renovar el sistema democrático porque la acción política
no se agota en los partidos y porque se precisa movilizar a la sociedad civil a
partir de proyectos culturales impregnados de una cultura política y cívica
participativa centrada en la de la dignidad del ser humano.
La renovación que se
precisa para abrir la participación política, para erradicar las listas
cerradas y bloqueadas, para impulsar procesos de mayor participación social en
la determinación del interés público y del interés general, reclama personas ilusionadas
con la misión de servir a la sociedad más que en servirse del poder para permanecer
como sea. El tiempo pasa.
Jaime Rodríguez-Arana es
catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es
Democracia, relativismo, pluralismo
Democracia y relativismo,
Democracia y pluralismo, son binomios importantes para desentrañar la crisis en
que se encuentra, hoy este sistema político. Es muy conocida la tesis de que es
imposible la verdad absoluta y de que todo es provisional y temporal, porque
afirmar una verdad como algo absoluto es una manifestación de intolerancia
cuando no de fanatismo o de fundamentalismo. Es el relativismo, el tan traído y
llevado relativismo, que tan bien cae en la época presente, que tantos amigos
tiene y que, sin embargo, si no me equivoco, está en la misma base de la crisis
actual. El relativismo, sin embargo, tampoco es, o puede ser, algo absoluto. Es
más, como señaló Ortega y Gasset, el relativismo es una teoría suicida porque
cuando se aplica a si misma, se mata. Lo cierto, por sorprendente, es que el
relativismo se aplica selectivamente. En efecto, pocos tolerarían que el
pensamiento relativista se extendiera a la ciencia experimental o a ciertas
normas imprescindibles de justicia y civilidad.
Tras el relativismo, el
permisivismo: el "todo vale", "prohibido prohibir". Pero, ¿
todo vale ?, ¿ no se puede prohibir nada ?. ¿ Es posible seriamente este planteamiento ? Parece obvio que el
relativismo tiene evidentes límites como los tiene la tolerancia. En la
práctica hay límites, hay prohibiciones: en Alemania se prohíben los actos
públicos de grupos neonazis, por ejemplo, y nadie sensato puede pensar que se
trata de un acto irresponsable. En fin, el propio Isaias Berlin aceptaba que el
relativismo no puede ser absoluto y que, en virtud del relativismo no se pueden
justificar todas las posturas, incluso las que suponen en si mismas atentados
evidentes a los derechos humanos como la actitud de Hitler frente a los judíos.
Por eso, no todo es relativo. No lo puede ser, es imposible. De ahí que el
propio Berlin lleguase a afirmar que no conocía ninguna cultura que carezca de
las nociones de lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. Existen valores
universales. Es decir, existe la verdad objetivamente considerada como existen
unos criterios racionales y universales que permiten juzgar los actos humanos.
El propio autor de "El nombre de la Rosa" no hace mucho reconocía que
para ser tolerante hay que fijar los límites de lo intolerante. Si solo vivimos
en un mundo de preferencias o buenos sentimientos, y no de verdades, ¿en qué
podemos basarnos para afirmar que hay opiniones que todos han de reconocer como
intolerables, con independencia de la diversidad de culturas o creencias?.
En este marco, el famoso sociólogo
francés Touraine escribió en
"Crítica de la Modernidad", que la revolución de los sesenta
del siglo pasado fracasó porque, ¿ cómo es posible decir que todo vale, que
prohibido prohibir, o que hago con mi cuerpo lo que quiero, si vivimos en un
mundo en el que hay prohibiciones efectivas ?. Es el fracaso de la
"Modernidad" del que también ha escrito Sebreli en "El asedio a
la modernidad". Para este autor, si vale todo, vale la razón del tirano,
la del torturador, o la del extorsionador o la del corrupto, algo ciertamente
inaceptable. Tan inaceptable como aceptadas son hoy algunas prácticas laborales
que todos conocemos pero que tanto nos callamos.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Prejuicios
Uno de los campos en que
todavía a día de hoy dominan un sinnúmero de prejuicios ideológicos es el de la
educación. En efecto, la libertad educativa, a pesar de los pesares, no se
comprende por quienes tienen dilatadas las pupilas del conocimiento por el
pensamiento único. Con frecuencia, confunden la obligación del Estado de
facilitar a la ciudadanía los modelos educativos posibles con la segregación,
con la promoción de la discriminación. Sin embargo, la Constitución es bien
clara: los poderes públicos deben promover las libertades y la igualdad y
remover los obstáculos que impidan su realización. Y en materia educativa, se
reconoce el derecho fundamental de los padres a que sus hijos se eduquen en
escuelas de acuerdo con sus preferencias morales o religiosas.
Promover la libertad
educativa sería lisa y llanamente facilitar que cualquier padre pueda elegir la
escuela de su preferencia para sus hijos. Sea pública, privada, en régimen de
coeducación o de inspiración diferenciada. Para ello existe el llamado cheque
escolar, una ayuda pública para hacer posible la libertad. Que tal medida pueda
dejar en mal lugar a la educación pública porque los padres mayoritariamente
prefieran escuelas privadas para sus hijos no debe invalidar este sistema. Si
la educación pública no es la preferida por los padres, lo que hay que hacer es
mejorarla. Y no se mejora potenciando los privilegios de los sindicatos,
desincentivando a los directores o impidiendo la autonomía de los centros.
Por ejemplo, en el Estado
de Washington, a pesar de los intentos de los inmovilistas, el cheque escolar
sigue su camino desde 2004. Miles de alumnos se han beneficiado de un modelo
educativo que fomenta la libertad de elección y que, dónde las autoridades
educativas están comprometidas con la mejora, propicia que la educación pública
salga de ese letargo de burocratización y politización bajo el que acampan y se
aproxime a parámetros de calidad y excelencia.
En contra de lo que el
pensamiento oficial nos dice, resulta que donde se aplica, el cheque escolar,
en las antípodas del elitismo, favorece, y de qué manera, a las familias de
escasos recursos económicos. El caso de Washington, en el que los enemigos de
la libertad han vuelto a perder, demuestra que estos padres, los que menos
tienen, consiguen llevar a sus hijos a centros privados y parroquiales en los
que la educación es de mejor calidad. La experiencia de este Estado de los EEUU
acredita también, al menos así lo demuestran las encuestas, que la educación
pública por vez primera en diez años empieza a mejorar. La competencia, cuando
es sana, razonable, mejora los servicios.
Para terminar, unas
sencillas pregunta: ¿por qué por estos pagos tenemos tanto miedo a la
libertad?. ¿Por qué no se permite que los padres elijan de verdad?. ¿Por qué se
evita que los padres de escasos recursos puedan aspirar a una mejor educación
para sus hijos?. En fin, ¿por qué tanto interés en que la educación pública
siga en los parámetros de calidad que todos conocemos?. ¿No es mejor fomentar
la libertad: que cada uno elija lo que mejor le parezca en un contexto de pluralismo?.
Jaime Rodríguez-Arana es
catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es
Ideologías cerradas
La vigencia de las ideologías cerradas, ahora bajo formas de
radicalismo reivindicativo, está más viva que nunca. La pretensión de imponer unilateralmente modelos teóricos sobre la realidad ya hemos visto dónde nos ha
conducido en la Europa del siglo pasado. A pesar de ello, el neototalitarismo
de uno u otro signos, escondido en buena parte de los nuevos movimientos que
aspiran a derribar la política tradicional, es quien lidera la lucha contra las
injusticias de la globalización y, sobre todo, quien aspira, a través del uso
fraudulento de las instituciones de la democracia liberal, a implantar un nuevo
totalitarismo.
El nacional-socialismo, erradicado felizmente de la faz de
la tierra, reaparece, en lo que atiende a la doctrina sobre la nación y la raza,
bajo los nacionalismos radicales que pretenden liberar a la nación de una
opresión que artificialmente se crea, con ocasión y sin ella. Y, por otra
parte, el comunismo y el marxismo se encuentran bajo la piel de algunos movimientos
que están sabiendo hábilmente manejar el descontento reinante hacia formas de
protesta que van dirigidas a donde todos sabemos.
La demagogia, gracias a la mala administración y gestión de
los asuntos del interés general, vuelve por sus fueros porque la capacidad de sometimiento del pueblo
a los dictados de la poderosa tecnoestructura que se ha apoderado del poder, ha
empezado a hacer agua. El poder es del pueblo, de todos y cada uno de los
ciudadanos. En ellos reside y en ellos está su justo título. Que el poder se
haya confiado temporalmente a los políticos
para que se use para la mejora de las condiciones de vida de los
ciudadanos, no quiere decir que el poder pueda ser objeto de apropiación de la llamada
clase política. Hoy, sin embargo, este fenómeno nos indica hasta qué punto
conviene regresar a las bases éticas de la democracia, tan desconocidas en la realidad, como afirmadas en
la retórica política.
En efecto, seguimos dominados por la estela de las viejas
políticas, por las políticas del odio y el resentimiento, las políticas anti,
políticas dirigidas a derrocar como sea al adversario Se trata, sencillamente,
de la hegemonía del pensamiento único, del autoritarismo intelectual: de la
nueva moda a la que lleva esa dictadura de lo políticamente correcto tan del
gusto de quienes se sienten convocados por una especial llamada a imponer los
dogmas de esa nueva política que donde gobierna no hace más que dividir,
etiquetar y fraccionar al pueblo. Pero de gestionar el espacio público para
todos y sobre todo para la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos,
nada de nada. No hay más que ver la calidad de la gestión de algunos servicios
públicos en determinados espacios territoriales para entender lo que hay detrás
de las ideologías cerradas. Mucho ruido y pocas nueces.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho
administrativo.
jra@udc.es
El entendimiento
Una de las características que mejor define los sistemas ideológicos cerrados que protagonizaron buena parte del siglo pasado, y que tanto daño provocaron a tanta gente, es el enfrentamiento como metodología de acción política. En efecto, estos sistemas pretendieron aplicar unilateralmente a la realidad determinadas teorías inspiradas en esquemas ideológicos conformados de forma abstracta que se aplicaron mecánicamente, sin contraste, a la realidad con las consecuencias que todos conocemos Incorporaron a su núcleo doctrinal el enfrentamiento como método, lo que significó, obviamente, confrontación, desencuentro y búsqueda de lo que diferencia y separa por encima de todo. Pues bien, hoy de nuevo, a veces por causa de la corrupción provocada por los partidos tradicionales, a veces ocasionada por la ausencia de convicciones firmes en la actuación pública, presentes, muy presentes en el ámbito político de tantos países entre los que España no es excepción.
En este ambiente, las normales y lógicas discrepancias
inherentes a la vida política se convierten en el centro sustantivo de la vida
democrática, desvirtuándola y desnaturalizándola gravemente. Sobre todo cuándo
semejante esquema de contrarios y oposiciones se aplica, con ocasión y sin
ella, a todos los aspectos de la vida política, económica y social.
Nuestra experiencia política reciente, la transición
política a la democracia, demuestra hasta la saciedad que tal esquematización
maniquea es tan falsa como la clasificación de los partidos políticos entre buenos
y malos. Con procedimientos de análisis de este corte, que divide a la sociedad
entre tirios y troyanos, la persona queda subordinada a su ubicación en
el espectro ideológico. De esta forma, se olvida lo más importante, que las personas normales
reclamamos es que los dirigentes se ocupen fundamentalmente de hacer posible un
ambiente político y social en el que se pueda ejercer la libertad solidaria.
Resulta en verdad dificil en una sociedad democrática pretender
la disyuntiva que algunos plantean a los ciudadanos cultos e informados de
cualquier sector: o eres de los nuestros o estás contra nosotros. En cambio,
cuándo las personas son la referencia del sistema de organización político,
económico y social, entonces aparece un nuevo marco en el que la mentalidad
dialogante, la atención al contexto, el pensamiento reflexivo, la búsqueda
continua de puntos de convergencia y la capacidad de conciliar y sintetizar sustituyen
a la obsesión por el enfrentamiento.
El método del entendimiento, que tan buenos resultados
arroja cuando se practica sin prejuicios, y cuando se funda y explica sin
miedo, es menester que vuelva a presidir la vida política, pues, de lo
contrario, nada bueno puede derivarse de esa perversa manía de cerrar puertas y
abrir heridas que ahora, desgraciadamente, ha vuelto a tomar protagonismo.
Precisamos que el método del entendimiento, compatible, solo faltaría, con las
diferencias, a veces incluso graves, sustituya en la substanciación de la vida
democrática a las bipolarizaciones dogmáticas y simplificadoras del pensamiento
único, estático y cerrado que vuelve de nuevo por sus fueros.
Para la política ideologizada lo primario y principal son
las ideas, para la política moderada lo relevante son las personas. Es verdad la afirmación tan frecuente de que todas las
ideas son respetables mientras no lesionen la dignidad humana. Claro que sí,
pero a quien es debido el respeto fundamentalmente es a la persona. Y para
expresar la fe democrática ante las opiniones, me parece más acertada la
formulación de aquel político inglés que rechazando desde la raíz las
convicciones de su adversario, colocaba incluso por encima de su vida el
derecho del contrario a defenderlas.
Las ideas son fundamentales en la vida política. Por
supuesto. Pero quienes la enriquecen, o la empobrecen son las personas que las
sustentan. Quizás no este en los grandes sistemas de ideas la solución a los
variados y complejos problemas con que se enfrenta quien está en política sino
en la prudencial aplicación de los criterios de análisis a cada situación
contraria. Y esta tarea de de aplicación será en verdad prudencial
probablemente si tiene en cuenta a las personas, si tiene bien presente la
dimensión instrumental de los sistemas de ideas sociales y políticas. Si se
trabaja desde la centralidad del ser humano, principio y fin de la acción
pública.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
La razón y el mercado
Seguramente, una de las cuestiones que más preocupa a los
teóricos de la política, es la de la incidencia del Mercado, o del Estado, en
la democracia. El Estado abierto y plural al que aspiramos va quedando atrás
mientras se gobierna, cada vez más perceptiblemente, desde esquemas de
pensamiento único alejados de las preocupaciones reales de la ciudadanía en un
intento, suave en las formas pero radical en su contenido, de un nuevo
intervencionismo que busca el control social y la perpetuación en el poder.
Por lo que se refiere al Mercado, tendríamos que empezar reconociendo
que es fundamental la existencia de posibilidades de elección lo que, al menos
teóricamente, garantiza un sistema de intercambios voluntarios. El problema es
que el Mercado no es la fuente de los derechos ni esa panacea que todo lo arregla.
Es, como señala atinadamente Amartya Sen, una institución más entre un buen
puñado de ellas, importante, por supuesto, pero ni la única relevante ni, por
supuesto, la más importante. En este contexto, hemos de tener presente la
aspiración a la democracia global que supone, entre otras cosas, la existencia
de espacios mundiales de deliberación pública en los que a través de la
racionalidad y la centralidad del ser humano se puede influir para que las
versiones de pensamiento único, tanto del mercado como del Estado, se abran a
perspectivas más plurales y más solidarias.
Promover el razonamiento público crítico es cada vez más
importante si es que de verdad queremos que las decisiones políticas y
económicas sean cada vez más justas y solidarias. Es más, gracias a la emergencia de este nuevo instrumento
mundial para fortalecer la democracia, instituciones multilaterales del orden
internacional han debido ir, poco a poco, modificando alguna de sus políticas
económicas, lo que años atrás era, sencillamente, impensable.
La libertad de prensa juega un gran papel en la creación de
un espacio abierto y libre de deliberación pública a nivel mundial. Junto a
ella, las nuevas posibilidades que hoy ofrecen las nuevas tecnologías, están
propiciando un escenario para el debate en numerosas weblog que permiten aflorar opiniones y puntos de vista que no
tienen acceso a los medios tradicionales de comunicación quizás por no
someterse a los dictados del pensamiento único, al pensamiento política y
eficazmente correcto.
Hoy cada vez está más cerca la posibilidad de que todas las
personas que quieran contribuir a que la globalización sea más justa y equitativa puedan hacerlo. La
clave está en que los que toman las decisiones sean más partidarios del
pensamiento plural, abierto y compatible y estén menos presos de esa obsesión
por el dinero, el poder, el placer o la notoriedad, tan presentes y con tantos
seguidores en este tiempo.
Un becario alemán de una institución financiera de la city
londinense fallecía no hace mucho tras
encadenar, nunca mejor escrito, una jornada de trabajo de 72 horas seguidas.
Este mercado, guiado por la maximización del beneficio en el más breve plazo de
tiempo posible, conduce a situaciones
como esta. Unas veces trascienden a la opinión pública, pero la mayor parte de
las veces pasan ocultas porque desprestigian un sistema inhumano, insolidario,
manejado por unos pocos para unos pocos.
Mientras la razón y
la sensibilidad social no impregnen también dentro del marco del beneficio,
solo faltaría, la lógica del mercado,
seguiremos sin salir de la crisis. Para ello es menester trabajar sobre los
fundamentos del orden económico, político y social. Y sobre todo, que las
convicciones sobre la centralidad del ser humano sean firmes y coherentes. Si
resulta que también son negociables o susceptibles de transacción, aviados
vamos. ¿O no?.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho
administrativo.
El centro y la izquierda (III)
Pero ¿qué es la izquierda? Eso es
lo que no queda de manifiesto por ninguna parte a lo largo de su artículo.
Cierto que no se pretende allí definir tal cosa. Pero si se pretende hilvanar
el discurso de fondo que sostiene su análisis, lo único que se encuentra es un
ovillo deshilachado, dirigido -al parecer- al consumo interno de los militantes
de izquierda.
Sin embargo hoy el discurso de
buena parte de la izquierda parece pendiente tan sólo del color ideológico. A
su adversario no cabe reprocharle que destruya puestos de trabajo, que ponga la
Seguridad Social en bancarrota, que dificulte o dinamite el diálogo social, que
enmascare la corrupción, que menoscabe las libertades ciudadanas, no cabe
reprocharle tales barbaridades, pero basta con poder echarle en cara el ser de
“derechas”, el colmo de todos los males, frente a una “izquierda” que fue, que
es y que será -por mucho que pretenda cambiar, y lo consiga o no- la agregación
de todos los bienes.
Este es -a mi juicio- el a priori
mejor conservado por la izquierda, su patrimonio más celosa y fervientemente
conservado: el nombre. Pero lo que significa pertenece al arcano. Los que se
denominan de izquierdas y se apuntan a este tipo de discurso nominalista
seguirán discutiendo sobre siglas, mientras la conciencia social nos exige
eficiencia en la gestión, rigor y coherencia en el discurso y claridad en las
cuentas. La apuesta por el centro me parece, se centra en esos objetivos, sin
alharacas ideológicas que muchas veces no esconden más que lo que presentan:
palabras, palabras.
¿Qué representa la izquierda? Desde
luego que la lucha por la justicia, y la justicia incluye la igualdad.
Ciertamente no el igualitarismo, es decir, a estas alturas no se trata de que
todos tengan lo mismo. Se trata más bien de que haya una distribución
proporcionada de la riqueza y de que unos pocos no acumulen todo, dejando en la
indigencia a todos los demás. Pero la izquierda es también la capacidad de
innovación y de cambio y de adaptación a las nuevas circunstancias económicas,
respetando la iniciativa de los ciudadanos.
La izquierda representa también la
libertad. Podría afirmarse que izquierda es libertad, porque nadie tiene un
compromiso tan importante con la libertad como la izquierda. Porque la libertad
no puede confundirse con sus sucedáneos. Y fuera de la izquierda lo que se
puede encontrar son apariencias de libertad -no la libertad auténtica- que se
defienden por ignorancia o por mezquinos intereses personales o de grupo. La
izquierda significa también la protección del débil, del desamparado, del
desprotegido, frente al opresor y al abuso del poderoso. Cuando desde fuera de
la izquierda se dice defender lo mismo, lo único que se está haciendo es
engañar, defraudar espectativas para asegurarse clientelas.
La izquierda significa el progreso,
el avance social y económico, frente al conservadurismo, el retroceso, la
defensa del interés de los ricos, que representan las formaciones que no son de
izquierdas.
Con estos supuestos desde luego que
es innegable que la inmensa mayoría de los españoles son de izquierdas, y
probablemente la parte más importante de esa mayoría sin saberlo. Yo mismo era
de izquierdas y no me había enterado.
Es más, creo que podría ir más
lejos y decir que quien no es de izquierdas -siendo eso la izquierda- es un
inconsciente, un insolidario, un incivil, incluso –si fuera capaz de decirlo
sin que sonara agrio- un imbécil. Empleando el lenguaje de algunos
izquierdistas afirmaría, para resumir, que es de derechas. Porque ¿qué queda
para la derecha? Pues el resto: la injusticia, el abuso, el autoritarismo, la
involución, el atraso, el neanderthal.
La izquierda -lo digo con el mayor
respeto a quienes han empeñado su vida en sus ideales, pero también hacia
quienes han sufrido las mayores injusticias en su nombre- no es sino una
palabra poética, llena de sugerencias para los que militan en sus filas. Pero
el trasunto de esa palabra, su sustancia, está en las soluciones, en los
programas, en los métodos. Y ahí, en ese terreno, ¿dónde está la diferencia?
Quien no pueda responder cabalmente a esa pregunta que deje de importunar a
quienes no somos de izquierdas con el discurso eterno de la derecha imaginaria
y la izquierda beatífica.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Centro y libertad solidaria
El espacio de
centro se sustenta en una concepción del ser humano, de la sociedad y de la
democracia, deudora de los ideales ilustrados pero que pretende superar de
algún modo las coordenadas del pensamiento de la modernidad, asumiendo sus
valores, pero depurándolo de sus contenidos dogmáticos.
No hace mucho,
en un coloquio sobre esta cuestión, alguno de los concurrentes expresó la idea
de que en realidad no hay partidos de centro si no hombres y mujeres de centro.
Ciertamente esta idea se encuentra cargada de sugestiones, pero no la comparto
definitivamente. Sin embargo, creo que en ella se aprecia una intuición acertada
del sentido del centro al que me refiero. Porque efectivamente las políticas de
centro que aquí propugno, tienen –o pretenden tener- una base conceptual, un
fundamento antropológico. Los sujetos últimos de la vida política son los
hombres y mujeres singulares. Son sujetos últimos activos porque es su
compromiso o su indiferencia, su capacidad o sus carencias, quienes en
definitiva –con todas las matizaciones que se quieran- conformarán el ser de la
sociedad, sus estructuras, sus lastres, su dinamismo... Pero también son
sujetos últimos pasivos –si se puede hablar así- porque serán esos mismos
hombres quienes padezcan o disfruten el resultado de las acciones de los demás
conciudadanos, entre los que ellos mismos se cuentan. Por eso me parece que una
de las expresiones que mejor definen las políticas de centro, es la que afirma
que el centro es o está en la persona. A mí me trae –con todas las matizaciones
a las que haya lugar- resonancias de aquella expresión de Kant, el teórico de
la Ilustración, cuando decía que nunca nuestras acciones han de tomar al hombre
como medio, sino siempre como fin. Y ahí está la clave de estas políticas.
En efecto, es
el individuo el sujeto de la política. Pero no el individuo del liberalismo
doctrinario, entendido como un sujeto humano completo plenamente libre,
autónomo e independiente, sino como un individuo que se humaniza progresivamente
a lo largo de su existencia con su compromiso libre a favor de sí mismo –de su
libertad y de sus capacidades- y a favor de sus convecinos y conciudadanos. De
ahí que los objetivos últimos de la acción política sean la libertad y la
participación, protección, la defensa y la promoción de la libertad solidaria.
Comprometerse
en una política así concebida obliga a poner en ejercicio lo mejor de nuestra
humanidad, hacernos humanos en el sentido más amplio de esta expresión,
aspirando, de acuerdo con la pretensión socrática, a aquel conocimiento, a
aquella acción, a aquella política, que son propias -las apropiadas- del ser
humano. Casi nada.
Jaime Rodríguez-Arana
Catedrático de
Derecho Administrativo
El cntro y la izquierda (II)
¿Dónde está la izquierda?, ¿es que
se está camaleonizando la izquierda?, ¿no está la izquierda orgullosa de sus
reivindicaciones?. Éstas y otras parecidas preguntas circulan en muchos
ambientes intelectuales como consecuencia
del desconcierto que están produciendo numerosas políticas realizadas por
gobiernos socialdemócratas o socialistas en Europa. Que se lo pregunten, sino,
a los socialdemócratas ingleses o alemanes que, superando viejos prejuicios, se
acercan al espacio de centro porque aspiran a seguir construyendo el futuro en
sus respectivos países.
Agudos pensadores como Edgar Morín advirtieron de la necesidad de
superar los viejos dogmas de la socialdemocracia para evitar el desplome de una
opción ideológica que no ha sido capaz de adaptarse a los nuevos tiempos.
Para Morín, tras la caída del
socialismo totalitario y tras el agotamiento de la socialdemocracia en muchas
latituds, lo único que sigue vivo en la izquierda son las aspiraciones de
libertad y de fraternidad que encontraron respuesta a través del socialismo.
Hoy, señala el sociólogo francés, los fundamentos cognoscitivos del pensamiento
socialista no sirven para comprender el mundo, el hombre y la sociedad. La
pretensión marxista de que la ciencia proporcionaba certeza y eliminaba el
interrogante filosófico fue desmontada en la medida de que precisamente todos
los avances de la ciencia reavivan justamente los interrogantes filosóficos
fundamentales. El determinismo marxista, por otra parte, sucumbió, pues como
recuerda Morín el hombre y la sociedad no son máquinas triviales pues,
lógicamente, son capaces de actos inesperados y creadores.
Frente a un Estado que no era más
que un instrumento en las manos de la clase dominante, la realidad demostró los
errores de ese pronóstico. Marx creía en la racionalidad de la historia y, sin
embargo, hoy sabemos que la historia no progresa en línea recta. Y así, una a
una, podríamos seguir analizando otros argumentos del pensamiento marxista,
sobre la concepción del hombre o de la sociedad, por ejemplo, que igualmente se
desintegraron como también fracasaron, dice Morín, los fundamentos de la
esperanza socialista.
¿Que queda entonces del socialismo?,
se pregunta Edgar Morín. Simplemente, no quedan más que algunas fórmulas
rituales y un evidente pragmatismo de lo inmediato. Ahora se trabaja sobre una
amalgama de tópicos en relación con la modernidad, con la sociedad o con la
gestión, de modo que la consulta permanente de los sondeos hace a veces de
compás.
Por lo que se refiere a la
apelación a la modernidad, conviene tener en cuenta que lo moderno, en su
sentido de creencia en el progreso garantizado y en la infalibilidad de la
técnica, está ya superado. Para Morín, es momento de dejar de lado toda creencia
providencial en el progreso y extirpar la funesta fe en la salvación terrenal.
Se precisa un pensamiento apto para captar las múltiples dimensiones de la
realidad, pues las necesidades humanas no son sólo económicas y técnicas, sino
también afectivas y mitológicas.
La cuestión hoy se centra, por
sorprendente que parezca, en civilizar la tierra. El desarrollo urbano trajo
consigo, además de mayores libertades, una atomización consecuencia de la
pérdida de antiguas solidaridades y de las servidumbres de las obligaciones
organizativas modernas. Sabemos que el desarrollo capitalista trajo la
mercantilización generalizada, destruyendo buena parte del tejido de la
convivencia. Por otra parte, no se puede ignorar que el desarrollo industrial
trae consigo, además de nivel de vida algunas reducciones en la calidad de vida
y que el surgimiento de nuevas técnicas, especialmente informáticas -señala
Morín- , provoca perturbaciones
económicas y desempleo, cuando debería convertirse en factor de liberación.
Para este pensador francés la
crisis del progreso afecta a toda la humanidad, provoca rupturas por todas las
partes, hace chirriar las articulaciones, determina replegamientos
particularistas, las guerras estallan de nuevo, el mundo pierde la visión
global y el sentido del interés general. En este contexto, el socialismo apenas
puede traer nada nuevo, a no ser que trate de apropiarse, como acostumbra, de
ideas de otras formas de pensamiento presentándolas como propias. En fin,
sentencia Edgar Morín, es irrisorio que los socialistas afectados de miopía,
busquen aggiornar, modernizar, socialdemocratizar, cuando el mundo debe
afrontar tremendos problemas de este final de los tiempos modernos..
La clave está en volver a confiar
en el hombre, en la persona, en impregnar de contenido humanitario al conjunto
de las realidades de hoy. Para recuperar la esperanza, concluye Morín, es
preciso repensar, reformular en términos adecuados el desarrollo humano. Casi
nada.
@jrodriguez-arana
Voz y voto
"Tenemos
voto, pero no tenemos voz". Esta afirmación, aparentemente paradójica, la
escuché hace unos días en un coloquio, tratando de la democracia en nuestro
tiempo. A unos les puede parecer excesiva y a otros les puede parecer atinada.
A mí, al menos, me hace pensar porque en la democracia se vota para estar
presente, se elijen representantes para que hagan llegar nuestra voz al
Parlamento, para que se refleje en el espacio de la deliberación parlamentaria
los distintos intereses y formas de ver la vida que configuran realmente la
sociedad. Por eso, si el voto no sirviera para que transmita la voz es que algo
grave estaría pasando.
Es frecuente, lo constatamos a diario,
que ante la existencia de un problema se tienda a situar su causa en el mundo
exterior. Pocas, muy pocas veces, se tiene la gallardía de reconocer que la
razón de algo que no funciona está en el interior de la persona o de la
institución de que se trate. Pues bien, me parece que la actual situación de la
praxis democrática hay que buscarla en el sentido de responsabilidad y de
iniciativa de la gente, en la capacidad de compromiso de las personas.
Ciertamente, es más cómodo delegar la resolución de los asuntos públicos en
unos representantes a quienes ni se conoce, alimentando esa tecnoestructura que ansía adormecer la conciencia de las
personas y suplantar sus iniciativas sociales.
En ese sentido, es imprescindible
recuperar las potencialidades que nos permiten salir del nicho de la privacidad
e irrumpir en el ágora público, que es nuestro lugar natural como ciudadanos
que somos. Porque tales potencialidades, tales fuerzas, son las excelencias que
el ser humano es capaz de alumbrar en diálogo vital con quienes le rodean.
Hoy es frecuente pensar que la solución
a todos los problemas ha de venir del
Estado o del Mercado. Sin embargo, la solución viene de nosotros mismos, de la
capacidad de articulación real de las libertades de los ciudadanos. Cuando esto
no acontece, es el caso de tantos países de influencia occidental, ese vacío es ocupado por la maquinaria
burocrática y tenocrática que, ya sea desde el Estado o desde el Mercado, se
extienden por el espacio reservado a las energías humanas.
En este contexto, poco a poco, el
conjunto de la ciudadanía debe hacer posible que los ciudadanos demuestren con
hechos que son más responsables, más comprometidos, más eficaces que todas esas
cúpulas tecnoestructurales que secuestran incluso las ideas de las personas a
quienes dicen representar con el objetivo de permanecer en la poltrona cuanto
más tiempo mejor. Ese es el drama político de este tiempo, no cuentan las personas,
si las estructuras. Es tiempo, pues, de que las personas amigas del pensamiento crítico se
rebelen pacíficamente contra este estado de cosas y colaboren con el diseño y
construcción de nuevas formas de pensar y de estar en política porque
ciertamente las hay. Más, muchas más, que las que hoy ofrece ese pensamiento
único y estático que habita ciertas burocracias.
Jaime
Rodríguez-Arana
Catedrático
de Derecho Administrativo