Libertad y participación

El camino de la libertad implica un
compromiso en el ámbito de las cuestiones sociales y económicas que no puede
verse reducido a un parcheo o a una operación de maquillaje que esconda las más
flagrantes injusticias. Las esperanzas del tercer mundo están puestas en esa
tarea, pero también la de los sectores marginados y más desfavorecidos del
poderoso mundo occidental.


La llamada de la libertad
trasciende esas operaciones superficiales. Hoy se trata más bien de liberar la
libertad, de darle a la libertad su plenitud, de devolverle el contenido que ha
venido perdiendo o que le fue arrebatado: profundizar y extender los derechos
humanos. Está claro que no se trata de aumentar el catálogo, o de “enriquecer”
la oferta de derechos humanos, como el consumismo a veces parece exigir
pretendiendo llegar más allá de lo que la condición humana permite.


Profundizar y extender los derechos
humanos significa que ese camino de liberación democrática culmine en la
libertad de conciencia de cada persona, base y fundamento del valor del hombre,
desde la que la libertad conseguirá su plena significación y la vida pública se
verá fecundada por las aportaciones libres, genuinas y creativas de los
ciudadanos. Sin auténtica libertad personal no hay participación, sino
sometimiento; sin participación no hay auténtica democracia, sino meras
formalidades sin significado. Hoy, en un mundo de dominio del formalismo y de
ausencia de convicciones firmes, no está de más, de vez en cuando, pensar en
estas cosas porque con frecuencia abdicamos de nuestra responsabilidad en la
creencia de que otros se ocuparan de los asuntos generales. Y vaya si se los
ocupan, hasta intentar a toda costa perpetuarse en ellos.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


El centro y el reformismo

Probablemente, el rasgo que mejor
define políticamente al centro es el reformismo. En efecto, en este concepto se
encuentran conjugados una serie de valores, de convicciones, de presupuestos,
que permiten delimitar con precisión las exigencias de una política que quiera
considerarse centrada, o de centro.


En este sentido, el reformismo
implica en primer lugar una actitud de apertura a la realidad y de aceptación
de sus condiciones. A partir de esta base las políticas que se proyecten deben
caracterizarse por su moderación –cualidad esta esencial del centro- y  por su realismo político. Asimismo es una
exigencia del centrismo la eficiencia, y la base primera de la eficiencia no
son las convicciones políticas, sino la competencia profesional, aunque haya de
entenderse ésta como apoyo de la labor política, ya que propiamente la
competencia o capacidad política excede los límites de la simple competencia
profesional. Y han de ser también las de centro políticas equilibradas, en el
sentido de que han de atender a todas las dimensiones de lo real y del cuerpo
social, de modo que ningún sector quede desatendido, minusvalorado o negado.


Si en cuanto a su dimensión, las
políticas de centro deben caracterizarse como reformistas, moderadas, realistas
y eficientes; en cuanto a sus objetivos el primer rasgo que las ha de
caracterizar es su contenido social, la acción social que impulsan: estar en el
centro, es estar en el mismo interés general.


Las políticas centristas son
políticas de integración y en la misma medida se trata también de políticas
cooperativas, que reclaman y posibilitan la participación de los ciudadanos
singulares, de las asociaciones y de las instituciones, de tal forma que el
éxito de la gestión pública debe ser ante todo y sobre todo un éxito de
liderazgo, de coordinación, o dicho de otro modo, un éxito de los ciudadanos.
Algo, que hoy, con tanto personalismo, con tanta falta de participación real, y
con tanta ansia de manipulación y control, brilla por su ausencia.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Dignidad y realidad

Verdad y libertad en democracia exigen la
existencia de unos criterios válidos para todos ante los que no haya discriminaciones
ni desigualdades que funden una sociedad justa y en paz. Por eso, la dignidad
de la persona y los derechos humanos constituyen el mínimo ético general y
verdadero de la convivencia entre los hombres y garantizan la libertad
solidaria.


En este sentido, una de las cuestiones
más importantes admitido el carácter central de la dignidad humana, es el de su
fundamentación. Un asunto de gran relieve  porque cuando se basa -la dignidad humana- en
el acuerdo o en el consenso, en la racionalidad, resulta, por paradójico que
parezca, que se pueden justificar conductas que lesionan la misma dignidad humana. Pensemos en la muerte de enfermos
terminales, en las torturas, en la muerte de los concebidos, en el trabajo
infantil, en la explotación laboral, y en tantas lesiones y atentados al ser
humano como hoy existen entre nosotros.


Por eso probablemente la única explicación
que garantice la existencia de ese mínimo ético imprescindible para garantizar
la dignidad de todos los seres humanos sea la aproximación trascendente al
hombre ya que, parafraseando a Mariel, la dignidad no se
puede preservar más que con la condición de llegar a explicar la cualidad
propiamente sagrada, absoluta,  que
le es propia, y esta cualidad aparecerá tanto más claramente cuando más nos aproximamos ante todo ser humano considerándolo en su desnudez y
en su debilidad, al ser humano desarmado que encontramos en el niño, en el anciano,
en el enfermo, en el pobre, en el desvalido, en el que sufre, en el abandonado
o excluido.


El ser humano, como decía Kant, es un fin en si mismo. Un fin que hoy, no hay más que asomarse a la realidad, se convierte en medio para tantos fines
demasiadas veces. Demasiadas.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Centro político y sensibilidad social

Las prestaciones sociales, las
atenciones sanitarias, las políticas educativas, las actuaciones de promoción
del empleo, son bienes de carácter básico que un gobierno centrista debe poner
entre sus prioridades políticas, de manera que la garantía de esos bienes se
convierta en condición para que una sociedad libere energías que permitan su
desarrollo y la conquista de nuevos espacios de libertad y de participación
ciudadana.


Este conjunto de prestaciones del
Estado, que constituye el entramado básico de lo que se denomina Estado de
bienestar, no puede tomarse como un fin en sí mismo. Esta concepción, hoy muy
cerca de nosotros, se traduciría en una reducción del Estado al papel de
suministrador de servicios, con lo que el ámbito público se convertiría en una
rémora del desarrollo social, político, económico y cultural, cuando debe ser
su impulsor. Además, una concepción de este tipo, en que el Estado fuese un
mero suministrador de servicios, no promovería el equilibrio social necesario
para la creación de una atmósfera adecuada para los desarrollos libres y
solidarios de los ciudadanos y de las asociaciones, sino que conduciría más
bien al establecimiento de una estructura estática que privaría al cuerpo
social del dinamismo necesario para liberarse de la esclerosis y
conservadurismo que acompaña a la mentalidad de los derechos adquiridos.


Las prestaciones, los derechos,
tienen un carácter dinámico que no puede quedar a merced de mayorías
clientelares, anquilosadas, sin proyecto vital, que pueden llegar a convertirse
en un cáncer de la vida social. Las prestaciones del Estado tienen su sentido
en su finalidad, que va más allá de subvenir a una necesidad inmediata. Por eso
las reformas que precisamos no son tanto formales, sino materiales, de índole
cultural.


Sírvanos como ejemplo la acción del
Estado en relación con los colectivos más desfavorecidos, en los que -por
motivos diferentes- contamos a los marginados, los parados, los pobres, los
mayores. Las prestaciones del Estado nunca pueden tener la consideración de
dádivas mecánicas, más bien el Estado debe propiciar con sus prestaciones el
desarrollo, la manifestación , el afloramiento de las energías y capacidades
que se ven escondidas en esos amplios sectores sociales y que tendrá la
manifestación adecuada en la aparición de la iniciativa individual y
asociativa. Justo lo contrario de esa perspectiva clientelar que todavía
persiste por el miedo a la libertad y por el deseo de control social tan de moda.


Un planteamiento de este tipo
permite afirmar claramente la plena compatibilidad entre la esfera de los
intereses de la empresa y de la justicia social, ya que las tareas de
redistribución de la riqueza deben tener un carácter dinamizador de los
sectores menos favorecidos, no conformador de ellos, como muchas veces sucede
con las políticas asistenciales del Estado. Además, permitirá igualmente
conciliar la necesidad de mantener los actuales niveles de bienestar y la
necesidad de realizar ajustes en la priorización de las prestaciones, que se
traduce en una mayor efectividad del esfuerzo redistributivo.


En este sentido, el espacio de centro
se configura también como un punto de encuentro entre la actuación política y
las aspiraciones, el sentir social, el de la gente. Bien entendido que ese
encuentro no puede ser resultado de una pura adaptabilidad camaleónica a las
demandas sociales. Conducir las actuaciones políticas por las meras
aspiraciones de los diversos sectores sociales, es caer directamente en otro
tipo de pragmatismo y de tecnocracia, es sustituir a los gestores económicos
por los prospectores sociales.


La prospección social, como
conjunto de técnicas para conocer más adecuadamente los perfiles de la sociedad
en sus diversos segmentos,  es un factor
más de apertura a la realidad. La correcta gestión económica es un elemento
preciso de ese entramado complejo que denominamos eficiencia, pero ni una ni
otra sustituyen al discurso político. La deliberación sobre los grandes
principios, su explicitación en un proyecto político, su traducción en un
programa de gobierno,  da sustancia
política a las actuaciones concretas, que cobran sentido en el conjunto del
programa, y con el impulso del proyecto.


Las políticas centristas se hacen,
pues, siempre a favor de las personas, de su autonomía -libertad y
cooperación-, dándole cancha a quienes la ejercen, e incitando o propiciando su
ejercicio -libre- por parte de quienes tienen mayores dificultades para
hacerlo. Acción social y libre iniciativa son realidades que el pensamiento
compatible capta como integradoras de una realidad única, no como realidades
contrapuestas.


Las políticas centristas no se
hacen pensando en una mayoría social, en un segmento social que garantice las
mayorías necesarias en la política democrática, sino que las políticas
centristas se dirigen al conjunto de la sociedad, y cuando están verdaderamente
centradas son capaces de concitar a la mayoría social, aquella mayoría natural
de individuos que sitúan la libertad, la tolerancia y la solidaridad entre sus
valores preferentes, y por encima de cualquier clase de dogmatismo. Justo lo
contrario de lo que acontece en estos pagos.Que pena.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Centro, confrontación y acuerdo (II)

No es incompatible, ni
contradictorio, afirmar la categoría suprema del consenso básico, en muchos
sentidos metapolítico, sobre el que ha de asentarse la vida democrática, y al
mismo tiempo el carácter ineludible de las confrontaciones que el juego
político produce. Estas confrontaciones, el juego político, no serían posibles
sin aquel consenso.


Así pues, podría decirse que el
espacio de centro no se construye allanando la diversidad presente, sino más
bien a base de anchear y expandir el espacio en el que nos hemos movido hasta
ahora. Y el nuevo espacio dará más juego, sobre todo, a los ciudadanos, que es
de lo que se trata.


El centro no es sólo un talante. La
vacuidad ideológica del centro -en tanto
el centro se sitúa en un territorio ajeno al de las ideologías- y
consecuentemente la falta de una traducción política inmediata y directa para
las posiciones de centro -cosa que no sucede con el socialismo, el fascismo o
el liberalismo doctrinal- lleva a algunos a concluir que el centro es sobre
todo un talante, un estilo o un modo de estar en la política, abierto y
dialogante, y que a esto se reduce su sustancia política.


No estoy de acuerdo. Veremos
porqué. Sencillamente, porque el centro político no es sólo un talante. Por
talante se entiende el modo o manera de ejecutar una cosa. Reducir el centro a
la categoría de un talante, sería equivalente a reducir la condición de
demócrata a lo mismo. Claro que existe un talante democrático, pero tener
talante democrático es una cosa, y ser demócrata, otra bien distinta, y mucho
más sustantiva, por cierto.


Resulta además que en una sociedad
en que en la configuración de la opinión juegan un papel esencial los medios
audiovisuales de comunicación, la imagen pública lleva asociada muchas veces la
categorización política de los personajes. Por eso, éste como muy bien se ha
apuntado, es uno de los peligros que amenaza la vida política en la sociedad
mediática. La bendición de los medios de comunicación es capaz de convertir los
exabruptos de un líder sexagenario en “desbordamientos de un ímpetu todavía
juvenil”, y la maldición de los mismos medios puede presentar las reflexiones
serenas, claras y contundentes -racionalmente- de otro político nacido tras la
instauración de la democracia como “resabios autoritarios franquistas”.


De hecho, la trascendencia en la
opinión pública de la propia imagen hace que el equilibrio en la expresión, el
tono conciliador, la actitud de escucha, pueda ser interpretada como talante
centrista. Pero tal cosa no significa ser de centro o estar en el centro, por
cuanto caben semejantes características en un político que practique la más
dura intransigencia ideológica o aún el sectarismo, y más cuando en la
actualidad nadie ignora que de la transmisión de tales características
asociadas a la propia imagen –como hemos dicho- depende, en una proporción muy
alta, la cotización política.


El talante moderado tiene, pues, un
alto valor político, igual que el talante dialogante, por ejemplo, pero el
centro político reclama la realización de políticas efectivamente moderadas y
el posibilitamiento efectivo del diálogo, muy lejos de meras actitudes
postizas. Aunque -respecto a esto del diálogo-, como me gusta observar, si bien
puede ser cierto -aunque discutible- que dos no se pelean si uno no quiere, es
incontestablemente cierto que dos no se hablan –es imposible- si uno se niega a
hacerlo. Y de esto, hay, y mucho en el presente, tiempo en el que de nuevo
domina el pensamiento bipolar. Por eso precisamos mentes abiertas y talantes
moderados.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


El centro político y la eficiencia

Las políticas centristas, que
presentan en su discurso perfiles que las singularizan, se traducen en la
búsqueda de soluciones prácticas que serán necesariamente sectoriales, y de
alcance limitado, pero susceptibles siempre de desarrollos ulteriores, porque
se encuadran en la búsqueda del bien general y son de carácter abierto, es
decir, soluciones nunca definitivas ni totales.


El trípode necesario para sostener
un proyecto político de estas características viene determinado por la buena
preparación profesional, la capacidad de diálogo y el respeto a las normas
éticas.


Sobre este triple soporte puede
abordarse una política que tiene entre sus primera exigencias la eficiencia.
Las políticas de centro son políticas de resultados pero no obtenidos de
cualquier forma. Si el objetivo último de la acción política son cotas más
altas de libertad y participación convendremos que la naturaleza de los bienes
políticos últimos es, a veces, escasamente tangible, y más si consideramos que
implica un compromiso moral del individuo, decidido a acceder a formas de vida
más humanas, de las que sólo él puede ser protagonista. Por eso estas políticas
se traducen en bienes (sanidad, educación, ...), en acceso a los bienes de la
cultura, en acceso a los asuntos públicos. Es decir, realizaciones concretas
que facilitan o posibilitan aquellos bienes en los que el ciudadano se tiene
que implicar. Escrito de otra manera, los objetivos últimos, los ideales que
alientan la vida política no son contabilizables, pero los pasos concretos de
la política de cada día, la adecuación de las reformas a aquellos objetivos, sí
son evaluables.


Este sentido práctico obliga a
orientarse a la realidad, y constituye una ayuda para la superación de los
prejuicios ideológicos. Porque el sentido práctico no comulga bien con el
sentido ideológico. Sin embargo cuando el sentido práctico se desvincula del
proyecto, de los objetivos políticos de largo alcance, se cae en el pragmatismo
y en la tecnocracia. Por eso en una política de centro que renuncia al discurso
político, el proyecto se guía sólo por las mayorías sociales y cae en el
oportunismo. En ese caso el reformismo perdería su sentido auténtico.


La eficiencia significa buscar
resultados efectivos, con el mínimo coste, y significa también rigor: en el
discurso y en las cuentas. Engordar exageradamente el déficit público no contribuirá
nunca al bienestar social, sino que tal práctica se reduce simple y llanamente
a hipotecarlo. Satisfacer las expectativas sociales mediante actuaciones
inflacionistas, no es hacer política, es practicar el ilusionismo. Decir
trabajo para todos aunque el Estado se empeñe hasta el cuello, es sencillamente
demagogia: nadie puede querer pan para hoy y hambre para mañana, a no ser que
esté en las últimas.


Por otra parte la capacidad de
diálogo es el antídoto contra la prepotencia que pueda propiciar la competencia
profesional, y el sentido ético la vacuna contra un pragmatismo que ponga los
resultados por encima de cualquier consideración. Sí, competencia, dialogo y
compromiso ético. Casi nada.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Relativismo y tolerancia

Relativismo y tolerancia, dos
grandes conceptos hoy en boga, no siempre van de la mano. Así lo demostró  nada menos que 
Norberto Bobbio en "El tiempo de los derechos", donde señalaba
que el relativismo no constituye, en contra de lo que pudiera parecer, la base
más sólida para la tolerancia.


En efecto, Bobbio distingue entre
la tolerancia en sentido positivo y negativo. En sentido positivo, es firmeza
de principios y se opone a la indebida exclusión de lo diferente. En sentido
negativo, es indulgencia culpable, condescendencia con el error. Para Bobbio
nuestras sociedades democráticas y permisivas sufren de exceso de tolerancia en
sentido negativo, de tolerancia en el sentido de dejar correr, de no
escandalizarse ni indignarse nunca por nada.


En fin, la tolerancia, en sentido
positivo, es más firme cuando se apoya en convicciones sólidas. Y, desde luego,
más volatil y manejable, cuando en su nombre vale todo, absolutamente todo, sin
que se pueda llamar a las cosas por su nombre. Entonces emerge esa dictaudura
de lo políticamente correcto o conveniente que con tanto éxito determinadas terminales
nos presentan precisamente bajo la apariencia de la tolerancia. Claro, de
tolerancia negativa. De renuncia a los principios, de primado del cálculo y de
la astucia, de sistemático olvido de las personas y de su excelsa dignidad. A
diario lo comprobamos y solo algunos, pocos, se atreven a decirlo. ¿Por qué
será?


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Las tecnoestructuras y el centro político

            La política reclama hoy equipos con
la preparación intelectual adecuada para abordar los problemas a los que se
enfrentan las sociedades desarrolladas 
en toda su complejidad. Sin embargo, una eficiencia que pretenda
apoyarse sólo en una fundamentación técnica de la actuación política está
llamada al fracaso pues  la política está
convocada esencialmente a la mejora de las condiciones de vida de las personas
en un ambiente de verdadera participación y de control efectivo del poder.


            Esta consideración está en la entraña
misma de las denominadas políticas de centro porque al fin y al cabo la
consideración de que la solución a los problemas humanos y sociales se alcanza
por una vía técnica podríamos calificarla como idea matriz de lo que se denomina
“ideología tecnocrática”, dominio de la tecnoestrutura, primado del
tecnosistema, por cierto hoy de gran actualidad.


            Esta afirmación sobre la hegemonía
de la ideología tecnocrática recuerda la versión más negativa de la ideología,
como discurso cerrado, reductivo y dogmático por cuanto se asienta en la
despersonalización del individuo y en la 
desocialización  de los grupos
humanos. Tal esquema lo podemos encontrar en los intervencionismos más intensos
como en los liberalismos más radicales.


            La eficacia de la política no se
apoya sólo –no puede hacerlo- en el rigor técnico de los análisis y sus
aplicaciones, aunque este valor deba tomarse 
siempre en consideración. Es necesario  el sentido práctico, muy próximo al realismo,
al sentido de la realidad que también desde el centro se reclama.


            Muchas veces la solución técnica más
intachable, la más correctamente elaborada es inviable, o puede incluso ser
perjudicial porque los hombres y las mujeres a los que va dirigida no son sólo
pura racionalidad, ni sujetos pasivos de la acción política, ni entidades
inertes, cuya conducta pueda ser preestablecida.


            Por eso, frente a los populismos que
expresan las más puras esencias del doctrinarismo radical de una u otra orilla
ideológica, y frente a la alianza tecnoestructural entre poder político,
financiero y mediático, que en el fondo se confunden, precisamos políticas más
humanas, más moderadas, más realistas. Hoy más necesarias.


Jaime
Rodríguez-Arana


Catedrático de Derecho Administrativo


Centro, confrontación y acuerdo (I)

Una de las principales
características del centro se refiere al recurso al consenso como procedimiento
político, ya que parece que este espacio político  es, sobre todo,  generador de diálogo, de acuerdo, de modo que
el instrumento de solución de los conflictos en la sociedad será el
entendimiento.


No es admisible entender que el
hilo conductor de la vida política sea la confrontación, de modo que,
consecuentemente, el objetivo para una fuerza política no debe ser el
aplastamiento del adversario político. Más bien, el hilo conductor fundamental
de la vida política es el acuerdo. Sin acuerdos fundamentales y profundos no
puede establecerse una vida política democrática. Cuando menos,  el acuerdo en los procedimientos, que debe
ser escrupulosamente cumplido. Aún pensando que el acuerdo va mucho más allá,
quedémonos al menos con ese mínimo.


El carácter fundante o
constituyente del acuerdo, para la vida política, no permite inferir  que toda la vida política sea puro acuerdo.
El acuerdo, el pacto, el consenso, es un momento del diálogo, no es ni su
estado ideal, ni su conclusión. Pero el consenso sistemático no es posible
cuando se afirma la fluidez y el dinamismo de la vida humana, y no ya el
dinamismo de un sistema mecánico, o evolutivo, sino de un sistema libre. El
consenso, el acuerdo es una etapa del diálogo, pero lo son también el disenso,
la divergencia, la discusión, la ruptura, la desavenencia, y la recuperación de
la concordia. Todas ellas son fases del diálogo y todas fases igualmente
valiosas. Pero lo fundamental, lo principal, no es que los interlocutores se
pongan de acuerdo en todo -ni en casi todo, ni siquiera en la mayor parte de
los temas-, sino que respeten – y tengan permanentemente presente- el acuerdo
básico, metapolítico, que hace posible el diálogo, que los convierte en
interlocutores, en conciudadanos.


Cuando el acuerdo no es posible, no
se rompe por eso el suelo político del centro, porque queda el procedimiento
democrático, la confrontación en las urnas como método de resolución de las
desavenencias que puedan producirse -y que ineludiblemente se producirán- en la
vida política.


Se ha dicho que la confrontación es
un ingrediente ineludible de la vida política. Estoy plenamente de acuerdo.
Efectivamente, ante una propuesta determinada, ante un proyecto, la masa social
fácilmente se dividirá entre partidarios y detractores -en una simplificación
que no toma en cuenta los que no saben o no contestan, o los que consideran una
tercera o cuarta opción-. Parece que en el momento presente, la sociología
manifiesta que eso, de hecho, es así. Pero es que tal fenómeno en nada
contradice la configuración del espacio político de centro a que venimos
refiriéndonos. Ni tampoco puede aducirse como apoyo argumental para mantener la
pertinencia de la división entre izquierdas y derechas.


Es más, de la reivindicación del
espacio de centro, como nuevo terreno para el juego político, no puede
colegirse que sea el único espacio político posible, porque el terreno
ideológico queda disponible -como no podía ser menos- para quien quiera seguir
instalado en él. Criticarlo por su insuficiencia no significa anatematizar –que
de nada valdría por otra parte- a quienes lo ocupan; considerar que está
históricamente superado, no significa negar la posibilidad de que se produzcan
en él nuevas virtualidades, porque si algo aprendemos del pasado es que, aunque
la historia nunca se repite, lo cierto es que da muchas vueltas.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


Las críticas al espacio de centro

El espacio de  centro, dicen muchos de sus contradictores,
con su distanciamiento, su equidistancia, de la derecha y de la izquierda, con
su neutralidad, a lo que conduce es a una especie de indefinición que quiere
tener las virtualidades de las partes, sin ser ninguna de ellas para ser todas
a la vez, y al final lo que consigue es una amalgama de propuestas débiles e
insustanciales que permiten calificar su posición fundamentalmente como
inconsistente.


Pues bien, el espacio de  centro no se establece por referencia a las
posiciones ideológicas, sino desde una crítica profunda de este tipo de
formulaciones. Las posiciones ideológicas que se critican desde el centro son
aquellas que se configuran como una interpretación completa, cerrada,
omnicomprensiva y definitiva de la realidad social e histórica. Son posiciones
que, desde el punto de vista generativo, derivan muy directamente del
racionalismo ilustrado, y que encuentran sus formulaciones más completas en dos
posiciones que desde sus primeros pasos se han visto como antagónicas y como
referentes de la confrontación política: el liberalismo y el socialismo. Está
al alcance de todos dibujar un mapa preciso de sus incompatibilidades y
oposiciones respectivas. El fascismo, por otro lado, elaborado sobre la base de
la afirmación nacionalista, se erige como una posición igualmente distante de
las dos anteriores, pero no como síntesis de ambas, sino como negación de las
dos –ni de derechas ni de izquierdas, se decía-, y se proponía como ajeno tanto
al internacionalismo derivado de las consideraciones de clase propias del
socialismo, como al individualismo liberal, ambos por negadores del ser
nacional.


El diseño de las oposiciones que
entre estas posiciones ideológicas se perfilan puede hacerse con tanta
precisión debido, precisamente, a su carácter racionalista de fondo, por más que
la raíz emotivista del fascismo -propia de toda afirmación nacionalista-
pareciera distanciarlo de la común filiación ilustrada. Y precisamente este, el
de las oposiciones, es uno de los rasgos más identificativos de las
formulaciones que hemos denominado ideológicas, en cuanto que las ideologías se
autoafirman como saberes de salvación, y sólo admiten otras posiciones como un
mal derivado de la articulación democrática de la vida política, y,
consecuentemente también, sólo conciben la vida política como confrontación,
como enfrentamiento, como antagonismo, donde el campo se divide entre dos
categorías, las de los nuestros y los demás.


En este sentido, el espacio de
centro carece de la consistencia dogmática propia de las ideologías cerradas.
Ahora bien, tal tipo de consistencia no interesa al centro porque se trata de
una consistencia falaz, aparente, establecida sobre una base reductora de la
realidad, propia de todo racionalismo.


Afirmar que nuestro conocimiento de
la realidad es parcial, y en muchos sentidos -no en todos- relativo, que en
absoluto podemos atisbar cual es la situación final a que nos conduce la
historia, que no tenemos ni podemos tener nunca a nuestro alcance los resortes
o las claves para establecer un orden social definitivamente justo y plenamente
libre, no puede equipararse a las formulaciones ideológicas. Está en sus
antípodas. Consecuentemente, desde estos presupuestos, no puede pretenderse que
el espacio de centro se defina con un posicionamiento ideológico de este
estilo, que sería –desde ese punto de vista- efectivamente inconsistente, sino
que lo que se establece es un nuevo espacio político y un nuevo discurso que
rompe con los tópicos, fórmulas y dogmas del lenguaje ideológico, en tantos
sentidos –creo no equivocarme- insuficientes. Así, el problema, lo vemos en las
últimas elecciones es que, por mor de la manipulación creciente, seguimos
presos de los esquemas bipolares. Ojala no por mucho tiempo.


Jaime Rodríguez-Arana


@jrodriguezarana


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