Sobre la moderación
Las recientes elecciones del 28-A han sacado a
relucir un concepto que suele emerger con fuerza cuando los extremos y las
ideologías cerradas hacen acto de presencia, tal y como ha pasado entre
nosotros en los últimos comicios. Me refiero a la moderación, tan manida estos
días como huérfana de aplicación práctica, pues suele confundirse
frecuentemente con tibieza, pusilanimidad o indefinición demasiadas veces. Sin
embargo, como veremos, y como sabemos, nada más lejos de la realidad.
La moderación es, entre otras cosas, un ejercicio de relativización de
las propias posiciones políticas. Las políticas radicalizadas, extremas, sólo
se pueden ejercer desde convicciones que se alejan del ejercicio crítico de la
racionalidad, es decir desde el dogmatismo que fácilmente deviene en fanatismo, del tipo que sea.
Sin embargo, toda
acción política es relativa. El único absoluto asumible es el hombre, cada
hombre, cada mujer concretos, y su dignidad. Ahora bien, en qué cosas concretas
se traduzcan aquí y ahora tal condición, las exigencias que se deriven de
ellas, las concreciones que deban establecerse, dependen en gran medida de ese
“aquí y ahora”, que es por su naturaleza misma, variable.
La
moderación, lejos de toda exaltación y prepotencia, implica una actitud de
prudente distanciamiento, de asunción de la complejidad de lo real y de nuestra limitación. La
complejidad de lo real no es una derivación del progreso humano, de los avances
científicos y de la tecnología, por mucha complejidad que hayan añadido a
nuestra existencia. Más bien los avances de todo tipo nos han hecho patente esa
complejidad. Los análisis simplistas y reduccionistas se han vuelto a todas
luces insuficientes, no sólo para el erudito o el experto, sino para el común
de la gente. Justamente los medios de comunicación, el progreso cultural, la
información, han permitido a
una gran parte de la ciudadanía constatar de modo inmediato, con los medios a
su alcance –simplemente con la información diaria que ponen a su disposición la
prensa, la radio o la televisión-, esa complejidad:
El simplismo y la demagogia, enemigos declarados
de la moderación y del sentido del equilibrio, son el campo abonado para ese
populismo autoritario, de uno u otro signo, que hoy campa a sus anchas, sobre
todo en sociedades fácilmente manejables. Por eso, es tiempo de políticas y
políticos comprometidos con los valores democráticos, que aporten compromiso
genuino a la vida pública, es momento de personas centradas en el excelsa y
suprema dignidad humana, que tengan mentalidad abierta, metodología del
entendimiento y sensibilidad social. Que
trabajen desde la realidad, con la razón, conscientes de que el centro de la
acción política, repito, está en la dignidad humana. Eso es moderación. Sin
embargo, cuantos la ignoran o pretenden hacer un uso electoral de ella,
cuantos.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Moderación y populismo
Hoy, en pleno auge del populismo, en diferentes países y
latitudes, también entre nosotros, vuelve al candelero el pensamiento
ideológico, bipolar, y, con él, los esquemas de confrontación y enfrentamiento
que tuvieron su momento en los mejores tiempos de las ideologías cerradas y que
hoy resucitan a causa de los réditos que producen en sociedades inmaduras. Hoy,
por mor de la incapacidad de implementar reformas en el sistema de la
democracia representativa, por la creciente corrupción y la falta de ideas y de
compromiso genuino con los valores democráticos de no pocos dirigentes que se
apoltronan en el poder, la indignación se instala en el ánimo de muchos
millones de personas y el populismo, aliado con el miedo a la extrema derecha o
a la extrema izquierda, de uno u otro signo, ha terminado por conducir y
manejar el descontento general.
Ordinariamente, quienes toman estos derroteros del
radicalismo y la ideologización lo hacen porque tienen la convicción de que
disponen la llave que soluciona todos los problemas, porque disponen del
resorte mágico que cura todos los males. Esta situación deriva normalmente de
pensar que se posee un conocimiento completo y definitivo de la realidad. Para ellos, la consecuencia de sus postulados es una
acción política decidida que ahoga la vida de la sociedad y que cuenta entre
sus componentes con el uso de los resortes del control a que someten al cuerpo social.
En las antípodas de estos planteamientos se encuentra el
espacio de la moderación, del equilibrio, de la reforma razonable y humana de
la realidad. Un espacio fundado en una educación cívica sólida que suele
conducir a la senda del progreso de los pueblos. Desde la moderación se respeta
la realidad y se es consciente de que no hay fórmulas mágicas. Por supuesto que
se sabe que acciones emprender y se sabe aplicarlas con decisión, pero con la
prudencia de tener en cuenta que la realidad no funciona mecánicamente ni se
debe interpretar desde el pensamiento único y estático.
En este marco, la moderación no significa medias tintas, ni
la aplicación de medidas políticas descafeinadas, tímidas o pusilánimes, porque
la moderación se asienta en convicciones firmes y particularmente en el pleno
respeto a la identidad y autonomía de cada actor social o político. En otras
palabras, la moderación descansa en la
bondad del pluralismo y se expresa desde
las convicciones, no desde las imposiciones.
Pues bien, ante la vuelta de las ideologías cerradas, ante
el regreso del populismo, el espacio del centro, de nuevo, adquiere una gran
importancia para diseñar políticas moderadas, centradas en la mejora integral
de las condiciones de vida de las personas.
En fin, desde la moderación,
desde la contemplación de la realidad tal y como es, resulta más fácil pensar en la política como
servicio al interés general. Es más fácil porque se está liberado de la
esclavitud de la ideología cerrada, de esa cerrazón para ver la realidad que
atenaza a quienes se empeñan por atarse a perspectivas de una única dirección.
La realidad hay que conocerla, respetarla y mejorarla. La moderación, en
definitiva, invita a nuevas maneras, a
nuevos estilos de hacer política, mucho menos radicalizados; fundamentalmente
mucho más comprometidos con los problemas reales de todos los ciudadanos. Por
estos pagos, solo uso alternativo de la moderación, nada más.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Centro, dinamismo y compatibilidad
Las ideologías cerradas, que por su propia naturaleza son estáticas, provocan, en este momento de forma especial, una pasión por situarnos en la vida política y social desde las coordenadas del pensamiento bipolar: los de arriba y los de abajo, los de delante y los de atrás, los de la derecha y los de izquierda, los buenos y los malos. Estar posicionado -de un modo maniqueo- en la “izquierda, abajo y delante”, o en la “derecha, arriba y atrás”, ha traído consigo el olvido lamentable de la tradición cultural de la que procedemos y que contribuimos a crear. Los progresistas y los retrógrados, los explotadores y los explotados, los ricos y los pobres, además de términos simplistas son formulaciones que denotan una actitud de miedo a la libertad, a la riqueza plural de la gente, que no es reducible a etiquetas simplificadoras de su condición, y miedo a la búsqueda de soluciones creativas a los problemas que aquejan a nuestra sociedad.
El reencuentro necesario con las
realidades individuales, personales, de la gente -que llevan implícitas su
dimensión social- empieza por el reconocimiento de lo que no son más que
prejuicios, para poder liberarnos de las hipotecas ideológicas y apostar por
valores que nunca debieron dejar de ser comunes. Tan fuertes deben ser los
prejuicios, que Moliere en una de sus más conocidas obras, señaló que sise les quiere lanzar por la ventana, de inmediato
intentan penetrar por debajo de la puerta.
No es la simplicidad una
característica de las cuestiones sujetas al juego de la opinión. Las cuestiones
opinables suelen ser complicadas: la experiencia y la madurez fundan la
afirmación de que hay que tener en cuenta muchas circunstancias, y que a menudo
hay conclusiones acertadas enmarcadas en opiniones que se encuentran
enfrentadas. Las concepciones simplistas de la realidad son indicativas de
pobreza discursiva o de inmadurez política y humana. Pero tal tipo de
concepciones –aunque a veces disfrazadas en un aparato intelectual complejo y
con frecuencia inaprensible- se encuentran también en las formulaciones
ideológicas. Hoy están de moda, no hay más que ver los resultados electorales
en tantas latitudes.
El pensamiento dinámico y compatible,
como estilo intelectual que responde a la condición dinámica y a la complejidad
de lo real, permite superar ciertamente las ideologías cerradas. No en el
sentido de aislarlas y dejarlas sin lugar, que lo tendrán mientras haya gente
con la disposición de adoptarlas, sino más bien en cuanto abren un espacio de
pensamiento que rompe la bipolarización izquierda-derecha y que se caracteriza
además por su carácter abierto, crítico, plural y antidogmático.
Está claro, sin embargo, que no nos
separaron tanto las ideologías como la ausencia de un estilo intelectual
genuinamente democrático. Desde un marco formal de acción democrático, ya
conseguido aunque siempre construyéndose, afrontamos hoy el reto de abrir
territorios nuevos a las ideas. La confrontación democrática no puede verse
reducida a una lucha por la consecución de una cuota de mercado ideológico. La
confrontación democrática es, en primer lugar y ante todo, captación de ideas,
pero no enfrentamiento ideológico -con lo que supone de concepción de las ideas
como instrumento de poder- sino diálogo, siempre abierto al entendimiento. Algo
en lo que, sin embargo, hemos retrocedido no poco estos años.
Pues bien, un pensamiento con estas
características es necesariamente un pensamiento más complejo, más profundo,
más rico en análisis, matizaciones, supuestos, aproximaciones a lo real. Por
eso mismo el desarrollo de este discurso lleva a un enriquecimiento del
discurso democrático. La apertura del pensamiento político a la realidad
reclama un notorio esfuerzo de transmisión, de clarificación, de matización, de
información, un esfuerzo que puede calificarse de auténtico ejercicio de
pedagogía política -como he señalado- que, por cuanto abre campos al
pensamiento, los abre así mismo a la libertad. El reto no es pequeño cuando el
contexto cultural en el que esa acción se enmarca es el de una sociedad de
comunicación masiva. El problema aparece cuándo damás rédito el pensamiento
único, simple y en clave de confornatción, cuando el pensamiento bipolar
triunfa. Ese es el problema, la facilidad con la que prende de nuevo el
maniqueismo. Una cuestión vinculada a la educación y al pensamiento crítico,
hoy a la baja en todas las dimensiones de la actividad humana. Muy a la baja.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Centro político e indefinición
Con frecuencia suele calificarse el espacio de centro como el espacio de la indefinición, de la relatividad, de la volatilidad, como un espacio camaleónico o incluso como una posición geométrica de intersección entre posiciones tibias carentes de principios.
Pues bien, si analizamos la
realidad y sus problemas desde los parámetros clásicos con los que hemos
configurado la izquierda y la derecha como sistemas globales de resolución “a priori” de los conflictos sociales,
entonces juzgamos el espacio de centro,
la posibilidad de la moderación y el equilibrio
desde categorías antiguas, desde categorías incapaces de entender el
pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario. Sin embargo, esta nueva
forma de acercarse a la realidad es cada vez más necesaria para superar los
embates de ese pensamiento único que nos
conduce a todos a través de modelos y esquemas teóricos de
comportamiento que llevan a versiones del espacio público en las que se amputan
determinadas dimensiones de la realidad, fundamentalmente la de la libertad.
Para quienes el centro no
tiene personalidad política al no poder dar una interpretación global, los nuevos espacios políticos no son más que
puro pragmatismo. Esta argumentación parte de un supuesto eminentemente
ideológico: considerar que es puro pragmatismo todo lo que no sea un derivado
de las ideologías cerradas. Pero en realidad, sólo en cierto sentido podría
decirse que es así. Si tomásemos pragmatismo como sentido práctico y sentido de
la realidad, las posiciones de centro son efectivamente pragmáticas, y de nuevo
las formulaciones ideológicas se encontrarían en regiones radicalmente
contrarias a éstas, por cuanto la ideología constriñe y fuerza la realidad
hasta someterla al modelo teórico predeterminado.
En efecto, la ideología es
capaz de retorcer realidad y actuar contra ella hasta extremos que resultarían
inimaginables de no mediar las experiencias atroces de la explotación
capitalista del siglo XIX y de parte del XX o también de la opresión comunista
y de la barbarie nacionalsocialista del siglo pasado. Si embargo la asunción
serena de esas experiencias históricas propicia, entre otras cosas, la
afirmación del sentido de lo real como uno de los fundamentos imprescindibles
de toda acción política.
Es más, si por pragmatismo
hubiéramos de entender el aprendizaje a partir de la experiencia, admitiría la
calificación del centro como pragmatismo, y, quizás en este caso, con más
fundamento aún, en cuanto desde el centro se manifiesta la necesidad radical de
nuestra apertura a la experiencia. Me estoy refiriendo a que la postulación de
un espacio de centro no es el resultado de una elucubración o de un análisis
especulativo sobre la realidad política y social de nuestro tiempo.
En los
sentidos aludidos, pues, dosis de pragmatismo sí que tiene el centro; las
referencias a la realidad y a la experiencia son ingredientes imprescindibles
de las formulaciones que puedan calificarse de centristas. Otra cosa bien
distinta es la interpretación que algunos pretenden hacer del pragmatismo en el
sentido de oportunismo político. Probablemente, cuando se alude al pragmatismo
del centro se alude a que lo único que interesa de verdad, una vez declarada su
condición no ideológica, es la constitución de mayorías electorales que
garanticen la permanencia en el poder. Lógicamente, una fuerza política no
podría considerarse tal si no pretendiese permanecer en el poder, pero no podrá
pretenderlo a toda costa, prescindiendo de principios éticos y democráticos
sustanciales. En esto nuevamente la historia nos ofrece lecciones
inapreciables, como las relativas a la instalación en el poder de los
movimientos o las fuerzas políticas más fuertemente ideologizadas, casos en que
precisamente el fuerte contenido ideológico ha proporcionado el impulso
intelectual y la justificación “ética” para perpetuar la permanencia en el
poder aún a costa del propio sistema democrático.
El siglo XX nos ofreció ejemplos
que están en la mente de todos. Parece que los tiempos en que las soluciones a
los problemas políticos y sociales se extraían de los vademecums y recetarios,
de una u otra orilla ideológica, ya pasó. Ahora, en un momento de crisis en
todos los sentidos, es necesario trabajar sobre la realidad, escuchar al
pueblo, intentar mejorar sus condiciones de vida y, sobre todo, propiciar que
las energías sociales afloren e impregnen la vida social. Por eso necesitamos
volver al sentido común y a espacios políticos desde los que se aspire a
gobernar para todos, algo que es posible si las pupilas de la acción política
son dilatadas, no por el resentimiento y el complejo, sino por una mirada
abierta y positiva a la sociedad española para intentar mejorar de verdad las
condiciones de vida de los ciudadanos. Algo de lo que en España estamos muy,
muy necesitados. Cada vez más.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
El espacio de centro tras el 28-O
El 28 de abril no se ha despejado, ni mucho menos, la cuestión del centro.
Simplemente la irrupción de Vox ha provocado movimientos tácticos que algunos
con habilidad han sabido capitalizar. Nada más. La discusión sobre el espacio
del centro, más viva que nunca entre nosotros.
En efecto, desde hace
tiempo, y desde diferentes puntos de vista, el problema de la sustantividad o
personalidad del centro político es objeto de comentarios, estudios y análisis
que, en ocasiones, cuestionan la existencia misma del centro. Para unos, es la
nada, la permenente indefinición, el vacío, la relatividad.
¿Qué es el espacio de Centro? ¿Cómo se configura? ¿Cuales son
sus presupuestos? Estas preguntas, más bien propias de ser glosadas en una
tesis doctoral de Ciencia Política, admiten, sin embargo, un breve comentario que pueda aclarar las dudas
y polémicas de nuevo abiertas acerca de la existencia del centro como espacio
propio para la acción política. En este sentido, puede decirse que el centro es un espacio
desde el que se pretende dar una respuesta eficaz a las necesidades reales, a
las inquietudes, a las ilusiones de los ciudadanos, implicando a las personas
como protagonistas de la acción política. Lo importante no es el vértice, sino
la base. La clave está en las personas, no en las estructuras.
No se trata, pues, de aplicar una receta universal, no se
trata de tener una fórmula milagrosa para todo tipo de dolencias y malestares,
no se trata de convencer a nadie de que se tiene el remedio que va al origen de
todos los pesares que sufre la humanidad, como se hace desde las ideología
cerradas. En el centro se buscan soluciones concretas para los problemas de
cada sector, de cada grupo, de cada colectivo en cada momento a partir de la
centralidad del ser humano, de la racionalidad, del trabajo sobre la ealidad,
de la mentalidad abierta, de la metodología del entendimiento y de la
sensibilidad social. Por eso puede decirse que el centro no es un espacio fijo
o estático, sino que, en sí mismo, está en permanente adaptación al dinamismo
de la sociedad, y conlleva la exigencia de alumbrar, con imaginación, con
creatividad y sin miedo, nuevos planteamientos en la vida política como
respuesta a las necesidades nuevas, a los nuevos retos a los que las mujeres y
los hombres permanentemente se enfrentan.
Desde estos planteamientos puede entenderse que el centro no
se construye sobre una tarea de adoctrinamiento, ni desde una visión completa y
cerrada del mundo y de la historia, sino desde la aceptación de la limitación
del pensamiento para alcanzar un conocimiento pleno y completo de la realidad.
A partir de posiciones estrictamente ideologizadas no es lo
importante captar el sentir social, sino transmitir las propias convicciones e
imbuir el propio sentir social de las valoraciones y consignas de la propia
ideología. En el centro pasa todo lo contrario: la clave está en la capacidad
de conexión con el sentir social, y en la capacidad para dar una respuesta, o
más bien una conformación política a las aspiraciones de la sociedad. Desde el
centro se convoca permentemente al sentido de la responsabilidad cívico de la
ciudadanía para que colaboren activamente en el quehacer político.
El espacio de centro,
si se practica coherentemente, es un espacio político que permite el gobierno
moderado y plural de un país. Pero para ello es menester abrir el partido sin
miedo a la militancia, a las nuevas ideas, al pluralismo, a las diferentes
maneas de entender el proyecto político. Por supuesto, pero sin olvidar que el
centro tiene unos postulados propios, que el centro tiene principios y, sobre
todo, qe el centro exige un exigente trabajo político. Esperemos que en los
próximos días podamos reconstruir entre nosotros una opción verdaeramente
centrada. Falta nos hace.
Jaime Rodríguez-Arana Muñoz
Catedrático de Derecho Administrativo
La crisis del centro
De un tiempo a esta parte, la tendencia a la radicalización en la vida
política es uno de los fenómenos más característicos del panorama político
general. No solo en España. En Gran Bretaña, Alemania o Estados Unidos, por
ejemplo, el giro hacia el extremo por parte de algunas formaciones
tradicionales refleja una peligrosa tendencia que alimenta demagogia y
populismo por doquier. Aquí, la presencia de Vox, ha permitido al psoe lo que
parecía imposible, ser percibido por ciertos sectores, a pesar de su
radicalismo, presentarse como una opción moderada, al menos tácticamente.
Precisamente por esta razón W.B. Yats ha podido escribir, no sin cierta
exageración, que “todo se desmorona, el centro no resiste, la anarquía se
adueña del mundo”. En el Reino Unido, los tories enfrentan el espinoso problema
de la pertenencia inglesa a la Unión Europea, en Alemania Merkel tiene serios
problemas para encauzar el problema de los refugiados y en los Estados Unidos,
demócratas y republicanos están siendo cuestionados desde los extremos de sus
formaciones por argumentos populistas. Es decir, los partidos tradicionales,
también en los Estados Unidos de Norteamérica, que de una u otra forma han
practicado políticas moderadas están siendo desafiados por estrategias ideológicas de extrema derecha y extrema
izquierda. España no es una excepción.
Tal panorama es complejo y, en parte, alimentado por las políticas de los
últimos años, carentes, en buena medida, de sensibilidad social. Tiene bastante
que ver, me parece, con una determinada
forma de entender el centro político y la realización de políticas centristas.
En efecto, durante mucho tiempo se ha pensado que el centro no era más que un
talante o estilo de hacer política a partir del diálogo y el acuerdo. Sin
embargo, el centro es mucho más que pura forma. Es verdad que la metodología
del entendimiento es capital para este espacio político. El problema aparece
cuándo el consenso y el acuerdo pierden su carácter instrumental y se
convierten en el fin. En el único fin de
la política al que todo se supedita y ante el que todo se cede.
La política, desde luego,
es una de las más nobles actividades a las que se puede dedicar el ser humano.
Esta afirmación es cierta, como también la siguiente: la política tiene sentido en una democracia si
está orientada, en un marco de libertades, a la mejora integral de las condiciones de
vida de los ciudadanos. Es decir, si está diseñada para ampliar los horizontes
vitales de las personas, para que éstas puedan realizarse libremente en un
contexto solidario. En este sentido, no dudo en reconocer que la política tiene
una dimensión ética capital ya que, rectamente entendida, debe dirigirse a
devolver el protagonismo que le es propio a los ciudadanos, últimamente robado
por tecnoestructuras de diverso signo, colocando
en el centro a la persona. Y colocar en el centro a la persona consiste, entre
otras cosas, no en propugnar un desplazamiento del protagonismo propio e
ineludible de los gestores democráticos, sólo faltaría, sino en poner los medios para que la
libertad, la solidaridad y la participación de cada ciudadano pueda construirse
cotidianamente, a golpe de cualidades democráticos.
El espacio de centro no
es sólo un talante, no es solo un modo o forma de hacer y estar en la política.
Quienes así piensan, quizás lo hagan porque entienden que esta posición política, en las antípodas
del pensamiento de confrontación que trajeron las ideologías cerradas, no es susceptible
de caracterización propia y se reduce únicamente a un estilo o
modo de estar en la política de manera abierta y dialogante. No estoy de
acuerdo, sencillamente porque el espacio del centro político es algo más, mucho
más.
En efecto, reducir el
espacio de centro a la categoría de forma
o talante sería casi equivalente a
reducir la condición de demócrata a lo mismo. Claro que existe un talante
democrático. Ahora bien, presumir de ese talante es una cosa y otra bien distinta es ser
demócrata de verdad. Resulta, además, que en una sociedad en que la
configuración de la opinión tiene mucho que ver con los medios audiovisuales de
comunicación, la imagen pública lleva asociada muchas veces la categorización
política de los personajes. Por eso desde el centro es prioritaria la pedagogía,
la explicación continua de lo que se hace o de lo que se propone más allá de
gestos o aspavientos, por oportunos o convenientes que estos sean.
El talante moderado, el
espíritu conciliador y dialogante tienen
un alto valor político. Pero en el espacio de centro lo decisivo es la
realización de políticas efectivamente moderadas y el establecimiento efectivo
y real del diálogo, algo que está muy
lejos de lo postizo y artificial, del postureo del que ahora tanto se
habla. La clave no está tanto en la pose, en el gesto, sino en los hechos concretos de una acción de
gobierno o de unas propuestas de oposición que propicien realmente mayores cotas de libertad, de solidaridad y de
participación. La clave reside en realizar políticas abiertas, plurales,
dinámicas, para todos, no para algunos, por muy importantes que estos sean.
Sí, definitivamente, el
centro es algo más. Mucho más que un talante,
que una forma, que un estilo de
estar y hacer política. Precisamente porque los centristas hoy han abandonado
las convicciones profundas y escapan de los principios, por eso el centro
parece desmoronarse. Sin embargo, es tiempo de recuperar las señas de identidad
del centro, de recuperar el pensamiento abierto, la metodología del
entendimiento, la sensibilidad social, el compromiso con la dignidad del ser
humano, con la razón y con la mejora continua de las condiciones de vida de las
personas. Estamos a tiempo de parar la vuelta al pasado, a la demagogia y al
populismo, a los espacios de odio, de resentimiento
y confrontación que se han aprovechado hábilmente de la tecnocratización del
centro y de la llegada, como escribe Zakaria, de líderes aburridos y practicones, insensibles y distantes de los
problemas reales de la gente. Por eso, este es un tiempo de invertir en
moderación, en principios y valores democráticos y de buscar dirigentes y
líderes que, sin miedo y sin complejos que defiendan lo que millones de
personas normales, sensatas y moderadas, esperan en tantos países. Ojala que a
partir del 28-0 acontezca entre nosotros.
Jaime Rodríguez-Arana es
catedrático de derecho administrativo y autor del libro, prologado por Adolfo
Suárez, El espacio del centro.
Centro político y opinión pública
Los regímenes democráticos son
regímenes de opinión. Los valores de transparencia, pluralidad e independencia
informativa son componentes estructurales de una auténtica política de centro.
Las llamadas a la libertad, a la participación, a la cooperación, a la
autonomía de los ciudadanos, de los individuos, como objetivos últimos de la
acción política, serían vanas si no se estableciesen sobre el marco previo de
las libertades formales que configuran los mecanismos o espacios democráticos
de participación y libertad, y carecerían de sentido si no se fundamentasen en
una información transparente, veraz, plural e independiente.
La madurez democrática de una
sociedad, pasa necesariamente por la riqueza y pluralidad informativa. Las
políticas centristas se caracterizan por su estricta neutralidad informativa en
lo que a condicionamiento de la independencia de los medios se refiere, y por
la defensa y promoción de la pluralidad informativa real, velando por el
mantenimiento de las condiciones de competencia. Sólo una sociedad informada
puede ser libre. Y cuando en los tiempos presentes el acceso y el control de la
información se perfila del modo más claro como un instrumento de poder, la
democratización de la vida política exige el libre acceso a fuentes plurales de
información.
Pero en otro orden de cosas, las
políticas de centro deben desempeñar una acción positiva de transmisión a la
opinión pública, a los ciudadanos, de su discurso político, asumiendo una
función pedagógica, como medio de enriquecer el discurso democrático. Cuando el
escenario político ha estado dominado por los discursos de carácter ideológico,
en muchas ocasiones reduccionistas, y siempre concibiendo las ideas
prioritariamente como instrumentos de lucha política, desde el centro deben
concebirse las ideas como instrumentos para una mejor comprensión de nuestra
propia realidad. Por eso, a pesar de los pesares, el 28-0 no ha triunfado ni el
centro ni la moderación, solamente la habilidad y la táctica de quienes
utilizaron en su propio beneficio la irrupción de Vox, ni más ni menos.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
Crítica y confrontación
El ambiente general, con honrosas excepciones, de pérdida de
cualidades democráticas para el ejercicio político, reclama un comentario y una
meditación sobre la necesidad de renovar el sentido de la vida democrática
entre nosotros. Se constata mes a mes en
los sondeos y encuestas sobre de opinión pública cuándo se pregunta a la
población por los problemas más graves que percibe en la vida social. Y, sin
embargo, muchos políticos siguen erráticamente escapando de los debates argumentados
refugiándose en la descalificación, en las etiquetas y, es lo más grave, en la
ausencia de reflexión. En las elecciones del domingo lo hemos vuelto a
comprobar mal que nos pese porque el hecho de que se celebre un debate no
equivale a discusión de calidad, a exposición de argumentos razonados, ni mucho
menos.
En efecto, de un tiempo a esta parte asistimos, por mor del
imperio del pensamiento ideológico, a un conjunto de polémicas que, siendo
legítimas y necesarias desde el punto de vista de la confrontación de ideas y
proyectos, esencia y columna vertebral de la democracia, al pasar al terreno
personal dan lugar a un penoso espectáculo cainita, propio de tiempos pasados
que no debieran regresar. Probablemente, una parte de la responsabilidad la tiene
quien siembra odio y resentimiento, quien fracciona y divide, quien cierra
puertas y abre heridas, quien renuncia al debate de ideas y se concentra en la
manipulación y en la provocación. Otra parte de culpa seguramente la tiene
quien se deja llevar por la provocación y enciende a la población con arengas y
soflamas también propias de otros tiempos. Es decir, los adversarios políticos,
o tantas veces algunos correligionarios, pasan a ser enemigos a los que hay que
liquidar políticamente a cómo de lugar, al precio que sea, utilizando los
medios adecuados para tal fin. Algo, por otra parte, muy pero que muy antiguo,
como la condición humana prácticamente.
La razón de tal actitud hay que buscarla en la consideración
cerrada y estática del poder. El poder, según los nuevos maquiavelos, es el
medio para cercenar al rival. En democracia es lógico que se pretenda ganar al
adversario, pero la forma de hacerlo ha de ser venciéndole en las ideas y en el
aprecio de los ciudadanos a partir de proyectos ilusionantes capaces de
movilizar una mayoría social que percibe nuevas formas de generar espacios para
la mejora de sus condiciones de vida y un claro compromiso con una rectoría de
la cosa pública desde parámetros de servicio objetivo al interés general. En este
sentido, constituye una negación del espíritu democrático, sería pretender
ganar a base de socavar el trabajo de los demás, algo que, por otra parte, no
parece extraordinario en el maniqueo ambiente político que nos ha tocado en
suerte en este tiempo.
Los políticos han de jugar sus bazas, es obvio, pero no
pueden, ni deben, estar únicamente pendientes, como ahora acontece, de romper
el espinazo político del adversario, dentro o fuera de su formación, al que hoy
se considera lamentablemente enemigo. En la emergencia del adversario, el
político auténtico siente el acicate para buscar una respuesta más honda, que
vaya más allá y que deje a la luz la precariedad, la debilidad o la
insuficiencia de determinados aspectos de la propuesta del contrario.
Ciertamente, el juego democrático tiene aspectos
competitivos, como sucede en la concurrencia electoral. La concurrencia se
manifiesta, cómo es lógico, en el trabajo de control del ejecutivo por la
oposición. Por eso, esa frase tan manida de que un buen gobierno requiere una
buena oposición explica que sea tan perjudicial para el bien general una
oposición obstruccionista y entorpecedora de la acción de gobierno, alejada del
control y de la propuesta de alternativas que niegue radicalmente la
posibilidad de entendimiento en lo asuntos de interés general, cómo un gobierno
que se dirija torcidamente a destruir a la oposición o que sistemáticamente se
imponga por la fuerza de los voto, sin dar opciones a los adversarios políticos
para poder atender las aportaciones razonables que mejoren las condiciones de
vida de la gente.
Hoy, en España, a pesar de la crisis en que estamos sumidos,
y de disponer de una magnífica oportunidad para buscar alianzas y pactos de
Estado que nos permitan a todos salir adelante, seguimos presos de ese
lamentable pensamiento ideológico que ciega e impide a unos y otros reconocer
las buenas decisiones o las buenas propuestas. Probablemente, el ambiente de
mediocridad en el que vivimos explique mucho de lo que pasa. ¿No le parece?.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho
administrativo
Globalización y desigualdades
La globalización, lo que hoy denominamos pomposamente con
este nombre, ni es algo exclusivo de este tiempo, ni constituye, sin más, la
panacea que arregla todos los problemas como si de una varita mágica se
tratara. Allá quedan, por ejemplo, el repertorio de conocimientos de medicina o
de matemáticas que siglos atrás pudimos aprender precisamente de otras
civilizaciones, como la china, la hindú o la árabe. Y hoy, mal que nos pese,
como ha recordado recientemente el premio noble Amartya Sen, existen muy
relevantes desigualdades que todavía la globalización no ha conseguido reducir.
La existencia de desigualdades en lo que se refiere a la
prosperidad económica y en lo que atiende al poder político son obvias y no
necesitan de mayores comentarios. Los representantes del pensamiento único
anti-globalización señalarán a este fenómeno como el gran causante de esas
lacerantes diferencias entre países pobres y países ricos. Otros, los
fundamentalistas pro-globalización, afirman que este movimiento eliminará esa
tremenda brecha entre los fuertes y los débiles.
En mi opinión, la posición de Sen en esta discusión es
prudente, ponderada y anclada en el sentido común. Para este economista, que ha
pasado a los libros por sus conocidas investigaciones sobre la dimensión humana
del desarrollo, la cuestión es bien sencilla: la globalización en sí misma
podría acarrear una fuente de mejoras importantes en las condiciones de vida de
los habitantes, y a veces lo consigue. El problema está en que las
circunstancias en que la globalización podría comportar mayores beneficios para
los más pobres, no se dan estos momentos. Por eso, no parece razonable oponerse
por sistema a la globalización como si fuera la causa de todos los males del
presente. En este sentido, si parece atinado, porque precedentes hay y muy
positivos, es, en palabras de Amartya Sen, trabajar a favor de una mejor
distribución de los beneficios derivados de la integración económica a nivel
mundial. Es decir, buscar unas condiciones en las que la globalización pueda
también beneficiar a los países más pobres.
En este punto el propio Sen descalifica por errónea la
retórica que señala que la globalización hace a los ricos más ricos y a los
pobres más pobres. Esta afirmación, tan manida y cacareada con ocasión y sin
ella, parte de a prioris ideológicos bien conocidos por todos. La cuestión
clave se podría formular en estos términos: ¿podrían los países ricos haberse
enriquecido a través del mismo proceso de globalización si las circunstancias
que los gobiernan fueran distintas?. O, en otros términos, ¿podrían buscarse
otros contextos, otras condiciones en las que fuera posible que la
globalización beneficie a los países ricos y a los países pobres?. Sen opina
que es posible siempre que se introduzcan nuevas políticas estatales y locales
orientadas a promover programas educativos de calidad, a establecer asistencia
médica básica, a promover la igualdad entre hombres y mujeres, a mejorar la
agricultura…Estas medidas deberían verse acompañadas por un ambiente en el
comercio internacional más favorable al acceso de los productos de los países
pobres a los mercados de los ricos, lo que ayudaría a las naciones más pobres a
obtener mayores beneficios económicos a escala mundial. Con estos cambios, sentencia
Amartya Sen, la globalización puede convertirse en un fenómeno equitativo y
justo.
La globalización bien orientada, no sólo no empobrece a las
personas, las puede ayudar, mejorando sus condiciones de vida y posibilitando
una mayor realización de los derechos humanos. Pero para que ello sea posible
es menester conducir este proceso desde los postulados del pensamiento abierto,
plural, dinámico, humano y compatible, lo que, en los tiempos que corren, de
tanta adoración al dinero y al poder, no es sencillo.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho
administrativo.
Consenso y acuerdos
En el espacio de la deliberación pública, en el horizonte de
la aplicación y análisis de las políticas públicas, es lógico que se busque como
metodología de la acción política la participación de los sectores implicados
y, si es posible, el acuerdo, el consenso, para solucionar los problemas reales
que afectan al pueblo, a las personas, especialmente a los colectivos más
débiles e indefensos. Es decir, el acuerdo, el pacto, el consenso o la
negociación son mecanismos, instrumentos, medios, que permiten ordinariamente
la aportación de la vitalidad que late en la cotidianeidad, en la vida de las
personas, a las estrategias de solución de los problemas, impidiendo tantas
veces la el anquilosamiento tecnocrático del ambiente de unilateralidad
presente en las fórmulas autoritarias de entender el poder, por cierto hoy bien
presentes entre nosotros bajo diferentes gobiernos y administraciones de
diferentes colores políticos.
Que el acuerdo, el pacto o la negociación sean técnicas
adecuadas para la resolución de problemas colectivos en las democracias no
quiere decir, ni mucho menos, como algunos parecen entender, que, en efecto, se
conviertan en fines en si mismos. Es decir, el acuerdo, el pacto o la
negociación existen y están para que, a su través, se mejoren constantemente
las condiciones de vida de la gente, que es la expresión abierta y plural de lo
que cabe entender por interés general en un Estado democrático como el nuestro.
Cuándo, sin embargo, se empuña la negociación o el acuerdo, fuera de su
naturaleza finalista, para asestar golpes al adversario o para anularlo o
enviarlo al mundo de lo simbólico, entonces el acuerdo se desnaturaliza y
pierde inmediatamente la fuerza ética de la que está revestido, que reside en
colocar el entendimiento al servicio de la mejora de las condiciones de vida
del pueblo, al servicio de la dignidad del ser humano y de sus derechos
fundamentales.
Y, cuándo en aras de un acuerdo imposible, porque afecta al
nervio del Estado de Derecho, se renuncia a los principios para adentrarse en
el reino del oportunismo, entonces la centralidad de los derechos fundamentales
brilla por su ausencia. En su lugar, se ubica al consenso como gran fin de la
democracia y de él se harán depender los derechos que asisten a las personas.
La historia nos demuestra lo que pasa cuándo presuntas mayorías están de
“acuerdo” en determinados atentados a la dignidad del ser humano.
Hoy, como ayer, es menester recordar, aunque parezca
innecesario, que el acuerdo, el pacto o la negociación ha de estar al servicio
y en función de la dignidad del ser humano y de sus derechos fundamentales. Por
eso, por una razón esencialmente moral, el mantenimiento del aborto como
derecho es profunda y radicalmente inmoral. Primero porque el Estado debe
promover la vida, la cultura de la vida y, para ello, ayudar socialmente y
económicamente, hasta donde sea necesario, a toda cuanta mujer que quiera ser
madre y tenga dificultades para sacar adelante a un hijo. Y, segundo, y no
menos importante, porque es la dignidad del ser humano, especialmente la del
que es más débil, del más inerme, el fundamento del acuerdo o del consenso. No
al revés, pues la dignidad humana no depende de mayorías por muy amplias que
puedan ser. Las amargas experiencias del pasado, de lo que pasó en Europa en la
segunda mitad del siglo pasado, que están en la mente de todos eximen, supongo,
de mayores comentarios.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho
administrativo.